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DESDE ULTRAMAR

Colombia y las FARC sellan la Paz

jueves 30 de junio de 2016, 20:53h

Paz con mayúsculas. Así la queremos todos. ¡Albricias! La noticia no puede ser sino un impulso a la esperanza, representa una alegría para toda América y es un triunfo que toda Iberoamérica debe asumir, porque Colombia es grande y nos significa mucho su merecida grandeza. El entendimiento alcanzado entre Colombia y las FARC supone un acontecimiento de inconmensurables repercusiones. Considero que Colombia gana más que la guerrilla de tan mala reputación, porque no la tenía salvo entre quienes la cobijaron y azuzaron para que persistiera en sus despropósitos. No nos equivoquemos: la merecedora de la paz es Colombia en primer lugar y los colombianos también y sus esfuerzos ameritan coronarse. La narcoguerrilla merece desaparecer de una vez por todas.

Desde México solo podemos saludar tan titánico esfuerzo por alcanzar el acuerdo, sin desconocer que esto ha supuesto negociar y negociar implica que las partes hayan cedido en algo, algo en que no se mancille el futuro de la nación sudamericana, que debe quedar salvaguardado por encima de los intereses facciosos siempre al acecho. Valerosa, Colombia ha dado un paso gigantesco hacia adelante. El presidente Santos y las FARC afrontaron la Historia. Aguardemos el resultado.

Todos los detalles de tal negociación deben revelarse, para que la transparencia determine su consecución y la certeza rija su determinación.

Hasta Colombia pregunté su sentir a una amiga condiscípula de nuestros felices días en La Rábida.Etty Cecilia Parra, comunicadora social, quien hoy se desempeña como emprendedora de chocolate orgánico en su país, me expresó lo siguiente:La paz de Colombia, mi paz. En un país de eterna conmoción como el nuestro, no es extraño que se dé un proceso que busca una salida a la tranquilidad en medio de tanta tormenta. Creo que hace parte de la esencia de los colombianos. Lo bueno, es que será cada vez con menos armas y con el cierre de la fábrica de víctimas, dolor y miedo. He visto envejecer a mis abuelos maternos con mucha tristeza sin poder volver a Bojayá, nuestra tierra. En sus ojos la evocación y la nostalgia sólo conducen a lágrimas ¿hasta cuándo?Soy de las que creo y me arriesgo feliz a una paz parcial e imperfecta, como somos los seres humanos, que a seguir con una guerra perfecta que tiene y cada día encuentra, medios para perpetuarse sin un rumbo y sin ningún sentido. Sin ser gobiernista agradezco la oportunidad que tiene mi generación de ver cómo lo hemos intentado en serio, y realmente espero que sea esta la única vez que tengamos que asistir a este proceso. Si no es así, que por lo menos sepamos que vamos puliendo nuestros medios para hacer y convivir en paz.”.

Desde México a pregunta expresa, mi amiga colombiana Catalina Robledo, internacionalista, apunta: “Se está viviendo un cambio social, político, y por ende económico, muy importante, después de más de 50 años de conflicto guerrillero –iniciado con la decisión de las dos partes para sentarse a discutir y llegar a acuerdos positivos– pero las inquietudes son muchas y pocas sus respuestas, porque la etapa del postconflicto será un proceso más duro, porque es enfrentarse a la realidad y no a una discusión de escritorio, siendo un momento que requiere de una excelente planeación, cuya visión contemple a todos los estamentos del país. Un error muy grave fue que solo se establecieron los acuerdos con la FARC, existiendo otros grupos guerrilleros fuertes como el ELN con presencia más sólida en sitios donde la del Gobierno es limitada. Es por esta razón que la pregunta que nos hacemos es ¿cuándo se terminará definitivamente el conflicto armado en Colombia? ¿será que era necesario que en la mesa de negociaciones estuvieran todos los frentes que conforman el país, para que así fuese una decisión general, con el compromiso de cada uno de los ciudadanos, sin importar la clase a la que pertenece? Colombia no está preparada económicamente para reinsertar dando oportunidades a todos, cuando en este momento no las hay para la gente que ha vivido dentro de unos parámetros que la sociedad le ha marcado. Bendita sea la Paz, pero más bendito el camino al postconflicto”.

Así, la gente de buena voluntad solo puede congratularse de saber que la querida nación colombiana va en aras de una reconciliación y de una necesaria consecución de condiciones que sean razonablemente aceptables, para conseguir una estabilidad y una paz justas y duraderas. Recuerdo el apremio a las dos partes de otro iberoamericano, el papa Francisco, para concluir este proceso.

Tal condición se ha alcanzado en una primera instancia tras de arduos meses de negociaciones en La Habana, en donde de cuando en cuando la posibilidad de cancelar el trascendental esfuerzo ha sido una advertencia, nutrida por el desánimo y el inexplicable aletargamiento de las conversaciones. No solo eso: ha supuesto además ser cuestionada la ronda de negociaciones por unos u otros, con el fin de no solo no marcar posibles aspectos destacables, sino a veces con un ánimo de sacar raja o de reventar el proceso intercesor que, considero, mucho más se agradece a Cuba que a Hugo Chávez, como de forma extraviada un líder guerrillero externó su agradecimiento a él.

Y hago una precisión: ¿se le debe algo a Chávez? un Chávez permanentemente confrontador con Colombia, alcahueteando a las FARC, tramposo ofreciendo a Uribe que declarara la beligerancia para que la zona ocupada por los guerrilleros a la postre, se perdiera para Colombia, como bien sabía Chávez que podría desencadenar semejante declaratoria; que era una suerte de obsequio envenenado y que fue el favorecedor de los campamentos de las FARC en naciones vecinas. Por todo eso no me parece ni de lejos, que se le otorgue mayor legitimidad al dictador venezolano para ser encumbrado como artífice serio y sincero de semejante proceso de paz. No comparto esa idea de exaltarlo en estos momentos que no requieren ser manchados con su nombre. Casualmente ya muerto Chávez, se alcanzó la paz. Solo entonces.

Así, la noticia del acuerdo alcanzado ni es menor ni mucho menos. Colombia merece la paz y el intrincado camino por alcanzarla ha llegado a una meta cierta. Por delante queda el cumplimiento de lo acordado y nuestro deseo de que sea fructífero. En México, donde hoy existe una ingente comunidad colombiana ya muy arraigada, lo celebramos y hacemos votos por la querida nación hermana.

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