Según el orientalista Bernard Lewis, varios miembros de la secta ismaelita, que aglutinó un tal Hasanibn Sabbah (s. XI-XII) en varias fortalezas naturales -y edilicias- de la Siria y la Persia medievales, pasaron a la historia del Islam con el apelativo de Los Asesinos. Veamos porqué. Fueron llamados así por el encarnizamiento con que los adeptos a la línea integrista musulmana trataron a los musulmanes “desviados”, apóstatas y “mercenarios” al servicio de los francos, o invasores de procedencia cristiana. El descubrimiento de la secta de Los Asesinos asombró a los transmisores occidentales ante la saña despiadada con que aquellos practicaban el martirio y exterminio físicos de sus víctimas.
Sin pretender apurar el paralelismo entre Los Asasiyun (adictos al hachís, o a-se-si-nos) y los guerrilleros suicidas que han desatado en la última semana cuatro catástrofes terroristas de impacto internacional, hay, sin embargo, momentos históricos que invitan a sopesar similitudes y diferencias entre comportamientos individuales -y colectivos- que se han prodigado otrora, e incluso hoy en día.
A cuatro de los más sangrientos rituales terroristas últimamente acaecidos, se referirán las cuartillas que siguen.
El 29 de junio un atentado demoledor tuvo lugar en el marco del gigantesco aeropuerto de Estambul. Sobraron víctimas mortales y se prodigaron los heridos.
No transcurrieron mucho más de veinticuatro horas, cuando varias explosiones -con ulteriores despedazamientos de algunas víctimas- hicieron estallar por los aires una conocida repostería en Daka (Bangladés). Las visitas frecuentes de bengalíes y occidentales al local de marras habían convertido el emplazamiento en un punto de encuentro muy de moda en aquella capital.
Luego, el 2 de julio, una explosión devastadora hizo que se desplomaran varias viviendas del barrio burgués de Karrada en Bagdad. Parece que las víctimas mortales ascienden a 250 (Europa Press, 6/7/2016).
Por último -y por el momento- el lunes 4 de julio tuvieron atentados destructivos en tres ciudades de Arabia Saudí. El primero en Yeda, no lejos -a propósito- del consulado de Estados Unidos; el segundo de estos ocurrió en Qatif, al borde del golfo arábigo-pérsico; y el tercero en Medina, dilecta ciudad del Profeta.
El Estado Islámico, o Daesh, ha reconocido la responsabilidad de cuatro atentados que han tenido lugar en el último tramo del mes de ayuno (Ramadán), tramo que, a su vez, corona la llamada Noche del Destino. O sea, el momento en que el Profeta fue ungido por el Corán.
La elección encadenada de las fechas, los escenarios de los atentados -un aeropuerto internacional, un local de moda, un barrio de gente acomodada, una legendaria mezquita- invitan a pensar que los fautores de estos atentados han perseguido el estremecimiento de los “malos” musulmanes del Oriente Medio y, de paso, de aquellos que cortejan el “vicio” sin recato.
Cierto es que las huestes sectarias y los aliados espontáneos que recluta la guerra de exterminio -de presunto origen yihadí- tergiversan el concepto y la praxis de yihad (esfuerzo), al atentar no solo contra judeo-cristianos, sino también contra los propios musulmanes.
El Estado Islámico, con su reciente cadena de atentados, pretende imponer la noción de que, a pesar de algunos retrocesos territoriales en su marcha triunfal por el corredor sirio-iraquí, iniciada en la etapa de primavera-verano de 2014, todavía puede seguir hiriendo de muerte a tirios y troyanos. ¿Se trata de un espasmo destructivo que presagia el progresivo agotamiento de Daesh? ¿O no será esta hipótesis de interpretación un mecanismo de desahogo mediático ante los zarpazos con que aún hiere y mata el integrismo de los nuevos Asesinos?