A finales de junio los monarcas de España cambiaban su residencia primaveral, Aranjuez, por la residencia veraniega, San Lorenzo de El Escorial. Esta costumbre pervivió hasta bien entrado el siglo XIX. El camino que entonces hacía la Corte podemos hacerlo ahora con rapidez y comodidad, gracias a la línea de cercanías que une los dos palacios o Sitios Reales.
Es bien conocida la opinión sobre El Escorial: sobrio, frío, oscuro, monótono. Todo eso está dicho con el aire de desprestigiar no tanto al edificio, sino a su creador Felipe II. La leyenda negra, creada en torno al monarca en el siglo XVIII y la centuria romántica del XIX, lo transformó en nada menos que el asesino de su hijo, el príncipe Carlos. Pero nadie conoce, o peor, nadie reconoce en el palacio de Aranjuez el hermano menor de El Escorial. Es una lástima que tras su última viudez, Felipe II desistió de acabarlo e incluso a decorarlo con mayor esmero. Así quedó el palacio de Aranjuez, llamado por algunos, el “mango de la parrilla” del monasterio escurialense. Hoy es casi imposible encontrar información sobre el papel determinante de Felipe II en la construcción de esta residencia o “villa”, destinada para pasar la estación más agradable del año en aquellos prados, donde la primavera llega antes que en Madrid. Todas las guías se centran en la época de los Borbones de ampliaciones y reestructuraciones, mientras que silencian la etapa del XVI, que es la base del palacio y el desarrollo del los estilos herreriano y posherreriano de la arquitectura madrileña. Esta influencia perduraría nada menos que dos siglos.
La historia de este palacio empieza con el castillo de los maestres de la orden de Santiago en siglo XV, pero su desarrollo se debe principalmente a Felipe II que quiso realizar el plan de su padre, el emperador Carlos V, de hacer una villa renacentista, es decir, copiar el modelo de la ciudad perfecta de las calles trazadas con una regla. Felipe II encargó el proyecto al arquitecto Juan Bautista de Toledo (1564), pero con la muerte de éste siguieron su plan su discípulo Jerónimo Gili y Juan de Herrera. Es aquí donde Herrera mostró sus dotes y empezó su fama del arquitecto preferido por el monarca.
Sin duda, el desconocimiento del palacio es considerable. Las reformas de los siglos posteriores, si no han roto la integridad del estilo por fuera, sí que han escondido varios elementos dentro de la parte del siglo XVI. Hasta hace poco, no se sospechaba la existencia de una escalera que, en realidad, fueron dos enlazadas en paralelo. Juan Bautista de Toledo creó una estructura sumamente interesante del Renacimiento: se inspiró para realizar esta doble escalera en edificios romanos desaparecidos, pero citados por Palladio en sus Quattro libri. Otro descubrimiento aconteció en 2002, durante las obras de restauración, cuando apareció una bóveda con frescos de Luca Giordano y estucos por Juan Bautista Morelli que representa a Carlos II como Jano.
Si El Escorial crece en torno a la Biblioteca y desafiando al monte, Aranjuez se incorpora en el paisaje. Gran aficionado de jardines y en general de plantas, Felipe II cuidó mucho las vistas del Palacio, como lo apuntaron muchos contemporáneos. La cúpula y el espacio que la rodea, por ejemplo, fue concebido como mirador sobre el ameno paisaje donde se juntan el Tajo y el Jarama. Por la misma época, es decir el siglo XVI, las aguas de estos ríos fueron aprovechadas para construir las presas y un sistema de canales para regar los jardines y las huertas. El Jardín de la Isla, tanto como el Jardín del Rey inmediato al Palacio también son fruto de la colaboración entre el monarca y los arquitectos. Numerosas son las aportaciones de los reyes Felipe IV y Carlos II, sin duda, de la reina Isabel II. Sin embargo, lo decorativo de estas modificaciones no debe ocultar el origen del complejo, que hasta ahora pasa desapercibido por el público en general y especializado.
Visitemos el Palacio Real de Aranjuez, un palacio menos borbónico de lo que nos dicen las guías turísticas, porque fue concebido por uno de los más grandes promotores de las artes de todos los tiempos: Felipe II.