TRIBUNA
El artículo informativo y el artículo creativo
viernes 15 de julio de 2016, 19:54h
Actualizado el: 16/07/2016 00:02h
Llevo yo en mi vida muchos artículos leídos, así como otros tantos escritos, y siempre he comprobado una cierta orfandad en según qué tipos de columnas. El escritor periodista debe encontrar, en nuestro caso celtibérico, en el lenguaje su argamasa a la hora de construir, tal cual un Tal Majal, su identidad como articulista, pues que de ahí, en rondó y con todo rigor, saldrá lo que yo defino como el artículo creativo, que no es otra cosa sino el uso del castellano –este idioma tan completo y tan poético, donde pueden hallarse las palabras más bellas que una actriz de Hollywood. Por lo tanto creo que es mi deber anunciar que todo articulista que pretenda convulsionar toda una tipología periodística es urgente que traspase esa insinuación del dato, de la información, de la noticia al más puro estilo de un redactor de periódicos. Articulismo es orfebrería.
El articulista informativo aqueja un aculturalismo que muchas veces cae en ese vacío que es la estética, el metaforismo, la palabra liminar, el adjetivo ungido. Quien pretenda organizar en torno al columnismo la égida de lo puramente noticiable corre el riesgo de convertirse en un pozo lleno de sosa cáustica, pues que al lector, a los lectores digo yo que aparte de interesarles lo informativo acostumbran a echar de menos la creatividad en el articulismo, que ya es la gleba y los monasterios benedictinos del siglo XXI. El articulista debe ser un hacedor de imágenes, de jardines llovidos, de herrumbres negras que jamás puedan esclarecerse, pues la ocultación de la noticia no es que sea quejosa o burda, sino que es el verdadero virtuosismo del que escribe en los periódicos.
Llevo, como ya he dicho, muchos años escribiendo artículos, y ya desde mis inicios –mi primer artículo, a los 20 años, fue una crónica sobre el poeta Arthur Rimbaud- siempre he atendido a lo que nos enseñaron nuestros padres putativos, esto es, Larra, Cavia, Ortega, González-Ruano, Eugenio D’Ors, Umbral y ahora últimamente Raúl del Pozo. Estos son mis maestros y con ellos he ascendido hacia los cielos con tal de incorporarme con un universo todo envenenado, como la cicuta, de palabras terribles o de vocablos que quizá ni siquiera en el diccionario de la RAE se pudieran hallar. Yo soy un creador de neologismos, porque pienso que el castellano, insisto en ello, es un idioma abierto a la formación de nuevas palabras que con su uso quién sabe si con el tiempo podrán penetrar en la Academia. Y hablando de Academia creo que es el momento de agradecer a Luis María Anson por el artículo creativo que realizó el viernes anterior sobre mi última novela publicada. Vaya para él mi especial gaudeamos igitur.
De tal modo y manera y con tal que no es de proceder desperdiciar al articulista informativo, ya que cada uno es dueño de su estilo, que no es otra cosa que el hombre, como decía Ortega. No deploro el articulismo aladrillado de datos, puesto que hay ocasiones que la noticia debe darse sin liendres y sin adjetivaciones lúgubres y barrocas, ya que lo que quizá, en algunas ocasiones, el lector de periódicos busca es la virtualidad de las ideas, un mundo de ideas con el cual se sienta o no identificado. Pero ese mundo de las ideologías quedará, a mi parecer de estilista dandístico y romántico, redondeado si en esa búsqueda del dato se embadurna con el uso pluvial y orgiástico del lirismo o el culteranismo, que es en definitiva lo que sitúa al columnista en la originalidad y en una manera de hacer muchas veces comprendida y amada por los espectadores. El público manda. Por lo tanto sigamos con la literatura a la hora de aprehender el columnismo con aquellas palabras que dijo en su día en Hiperión mi amigo Julio Llamazares: “Consumación de la leyenda. En los glaciares, la venganza. Y, en los espacios asimétricos del tiempo, un relato de amor que la distancia niega y ocas decapitadas sobrevolando mi corazón”.