www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Violencia, o educación con valores

lunes 25 de julio de 2016, 18:30h

No nacemos para ser violentos; pero, entre todos nos organizamos para lograrlo. La violencia es una actitud aprendida, bien porque la persona violenta ha sido víctima de otras personas violentas y reproduce en espejo el daño recibido, bien porque está recibiendo modelos de cómo ser violento a través de publicaciones, videos y películas, bien porque le resulta insoportable el grado de frustración que experimenta, bien porque sus creencias e ideología le han enseñado a odiar.

La violencia, aun siendo un resorte psicológico, deriva en fenómeno social, forma parte del sistema económico, se enraíza y alimenta en la cultura que practicamos, hasta tal punto que, si lográramos erradicarla, el mundo que vivimos dejaría de ser lo que es. La violencia son las heces de la sociedad que formamos.

El sistema económico se sustenta en incrementar el consumo, sea cual sea el costo ecológico para el medio y el del estrés personal para los agentes que logran satisfacer todas sus necesidades de estar en el ir…; es decir, que participan y están seducidos por el proceso de ir a trabajar, para luego ir a consumir más. Este sistema, violento para el medio y la naturaleza humana, genera torrentes de frustración de quienes no son invitados al convite, o no logran satisfacer todas sus necesidades, por muy artificiales y espurias que éstas sean. La primera reacción a la frustración es siempre violenta.

La violencia que observamos en nuestras pantallas y publicaciones de toda índole crea aprendizaje, porque da modelo de cómo actuar y enseña a despreciar a quien es distinto, o inferior, o piensa de otra manera, o pugna por un bien del que carece. La violencia contemplada asienta varios contravalores como el desprecio a la vida humana, la confabulación hostil de unos contra otros, etc., y, por omisión, no muestra que el diálogo es la única vía para resolver conflictos.

Desgraciadamente, como ocurría en la Edad Media, la violencia es jaleada desde ciertos púlpitos religiosos y tribunas políticas. El veneno de la fobia a la ideología, o credo religioso, distintos al propio, exacerba el prurito destructor terrorista. El otro es el mal a erradicar como sea, sin piedad alguna y con el máximo desprecio.

La génesis de la violencia nos pertenece; es un gigantesco y paradójico constructo humano, que se incrementa en paralelo al desarrollo tecnológico. Cuanto mayores son los logros técnicos, que vienen a suplir las insuficiencias del hombre y a liberarlo de sus servidumbres, más se empecina él en su propia agonía, más se aferra al sufrimiento que él mismo se proporciona.

Si atendemos a la teoría de las inteligencias múltiples de Gadner, la sexta, que él llama intrapersonal, nos permite conocernos a nosotros mismos, especialmente en el campo emocional, reconocernos como seres que sentimos emociones. Mientras sigamos siendo analfabetos emocionales, careceremos de capacidad de empatía, seremos ineptos para sentir compasión y el dolor ajeno nos dejará impasibles. La educación emocional, el cuidado de la higiene emocional, es una asignatura pendiente en nuestra civilización que, desde Grecia, practica la cultura del logos y desdeña cualquier referencia al pathos.

La empatía, que es un modo de comprensión total, más profunda que el entendimiento y con la distancia suficiente para separar el yo del tú, es un avisador magnífico, que nos advierte cómo es el otro y cuáles pueden ser sus reacciones. Por tanto, nos previene respecto al conflicto y nos aconseja sobre estrategias a tener en cuenta. Todo un valor, que nos acerca al otro.

La sexta inteligencia nos marca el camino de la séptima, la interpersonal, la de estar entre personas, que nos permite integrar al otro, aceptar su singularidad, compartir retos, cooperar con sus competencias y conseguir desarrollar proyectos que redunden en beneficio recíproco.

Es en éste área donde podemos desarrollar estrategias para atemperar la violencia, incardinando valores desde la raíz del proceso educador, en la familia, en el colegio, en la acción política, en el deporte, en la práctica religiosa y en los medios de comunicación.

Sobre el respeto a la dignidad de la persona, huelga recordar el grito de Schopenhauer –yo, soy los otros- porque cada ser humano, incluido el delincuente, el rival político, el feligrés de otro credo, el votante de otra formación política, el rico y el pobre, es una manifestación concreta de la humanidad que somos. Cada persona individual lleva consigo su propio drama; es innecesario jugar a incendiarios desde fuera.

La compasión exige amor. Compadecer no es tener lástima del desgraciado, sino compartir su sufrimiento, la injusticia que padece, latir con su dolor e indignación, hacer nuestra su carencia, o su tragedia y escuchar su rebeldía. Sólo la compasión hace posible la fraternidad, uno de los eslóganes de la Revolución Francesa de 1789 y abre las puertas de la solidaridad.

El respeto a la singularidad de cada uno es constituyente de la humanidad misma. Cada persona es única e irrepetible; su identidad, el sistema de adaptación que ha construido, es fruto de su empeño y esfuerzo por llevar a acto el potencial con que nació. Por tanto, la persona con quien nos cruzamos es una obra inacabada, que ella misma está desarrollando y merece, cuando menos, admiración.

Sin afán de superación no hay proyecto existencial, la novena inteligencia. La gestión del cambio, ineludible, discurre paralela a la apertura de la motivación a otras realidades, a la crecida de la curiosidad, a los torbellinos de la creatividad y al incremento de las competencias.

Estos alardes de energía no tienen por qué fluir en competencia con los demás, sino que pueden acrecentar la sinergia, redundar en beneficios múltiples, no sólo para la persona que activa su poder, sino para sus congéneres, tal vez cooperadores necesarios, directos o indirectos.

La cooperación es una forma de ser solidarios. Se tratar de consolidar, dar solidez al otro, que no otra cosa significa la palabra solidaridad. Por tanto, no consiste en dar un aguinaldo en Navidad, ni subsidios de integración, sino de compartir nuestra experiencia y saberes, dar aliento cuando el otro enfrenta una dificultad, confirmarle su valía, inseminar su creatividad y compartir su esfuerzo.

No voy a seguir desarrollando conceptos sobre valores, porque no se trata de esbozar un manual de ética, sino de sembrar una inquietud sobre las simientes que hay que poner en el proceso educativo, en todos los ámbitos del mismo y sean quienes sean los destinatarios del modelo o del mensaje, porque la educación acaba nunca.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (14)    No(0)

+
2 comentarios