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TRIBUNA

Jaime Gil de Biedma

miércoles 27 de julio de 2016, 20:46h

Creo que nunca tuvo la preocupación del dinero. Su situación económica era holgada (pertenecía a una familia de la alta burguesía española y ocupó un puesto ejecutivo en la Compañía de Tabacos de Filipinas); pero la carga existencial, de una u otra manera, la sobrellevamos todos, y el destino de Jaime Gil de Biedma fue triste. Era un sufriente de este mundo y vivía, como él confesó, “una esquizofrenia controlada”, que a menudo se desordenaba y lo llevaba en viaje hacía el infierno. Con una obra más bien breve, fue uno de los mejores poetas de la generación española de los años cincuenta. Su estilo, de una intensidad y un cuidado formal extraordinarios, abrió el camino de la actual poesía de la experiencia. Entre los libros que publicó se encuentran Versos a Carlos Barral, En favor de Venus, Poemas póstumos y, antes de refugiarse en las sombras, Diario de un artista seriamente enfermo y Happy ending (traducido como Final Feliz), un título que parece representar una gran ironía en la vida de Jaime.

A través de dos ilustres amigos catalanes que lo querían y admiraban: Carlos Barral y José Agustín Goytisolo, lo conocí en Barcelona, pero lo traté poco, diría que casi fugazmente. Recuerdo sí, la entretenida conversación que tuvimos en un café de La Rambla, vecino al mercado de La Boquería. Como corresponde, la poesía fue el tema dominante. Hablamos del Siglo de Oro y coincidimos que para ser poeta era esencial estudiarlo a fondo, pues allí, en esa retórica común, como en el Modernismo, están los fundamentos de todo. También nos ocupó Pablo Neruda; ambos conocíamos de memoria muchos poemas de Residencia en la tierra. Le gustaba Borges, pero, no sé por qué (eso fue motivo de discusión), lo veía más como un exquisito artífice de la prosa, que como poeta. Su devoción era Luis Cernuda y al evocarlo no se oponía límites; sin modestia alguna se consideraba su heredero. También amaba a García Lorca, toda la poesía española del ‘27 y, entrañablemente, a Baudelaire, que sentía como su principal maestro. Era un gran conversador y resultaba un verdadero placer dialogar con él.

Yo sigo releyendo su poesía impregnada de Cernuda y Antonio Machado. En algún momento tejió un paralelismo entre él y Constantino Kavafis. Sí que lo hay, Jaime era un aristócrata, un lord inglés, a veces divertido y con mucho sentido del humor. Eso hacía que no se tomara en serio.

Se declaraba de izquierda. Pero, como yo, pertenecía a la izquierda sentimental. “Somos marxistas de la línea Groucho”, bromeamos aquella mañana. Creo que lo demás no es difícil imaginarlo. En el fondo era un romántico incurable. El partido comunista español le había negado su afiliación por su homosexualidad. Qué hubiera opinado sobre estos hechos de violencia que hoy conmueven al mundo. Sobre el terrorismo y su constante amenaza. Sin duda se hubiera horrorizado.

Coincidimos también en que los intelectuales no deben meterse a políticos. Por aquella época Mario Vargas Llosa era candidato a la presidencia del Perú y a Jaime le parecía un verdadero disparate. Como a mí, como a Octavio Paz, seguramente lo alegró que fuera derrotado en las elecciones. Y tenía razón, una cosa son los políticos y otra los escritores. “Ya un intelectual vestido de político es un elemento peligroso, imagínate un poeta. Te lo dice alguien que, en cierto momento de su vida, fue un marxista furioso –se exaltó-. A mí me atraía mucho el análisis marxista de la historia, ese arte de anunciar el pasado que decía Valera a partir de la consideración de Marx sobre aquello de que la anatomía del mono sólo era comprensible a través de la anatomía del hombre. Pero hoy el marxismo es una doctrina difunta, una cuestión del ayer”. Agrego aquí que yo sigo estando de acuerdo con ese punto de vista.

Vuelvo a los primeros párrafos. La idea de Jaime sobre la vida era definitivamente pesimista por donde se la mire. Se consideraba un artista, un esteta desahuciado. Sólo el dandy que llevaba adentro lo justificaba y exaltaba ante la perversidad agresiva del mundo.

“No volveré a ser joven” es un gran poema, un enorme breve poema que lo dice todo. Yo lo recuerdo de memoria y me emociona recordarlo:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime nunca fue distinguido con premios por su valiente poesía, pero acaso es lo que menos importancia tiene; por lo general nunca se reconoce al mejor. Dicen que Cervantes se presentó con sus versos a un concurso floral de Madrid y le dieron el segundo o el tercer premio; el primero casi siempre es por una cuestión menos literaria que social. Con una sonrisa melancólica Don Quijote lo justifica.

Jaime Gil de Biedma fue un maestro de la poesía de nuestro tiempo, y es un clásico. Hay que leerlo y meditarlo. Sin duda queda mucho por aprender de él.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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