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TRIBUNA

Trump, ¿otro Reagan?

jueves 28 de julio de 2016, 20:03h

Comparando la época, comportamientos políticos y discursos de Ronald Reagan con los de Donald Trump, ambos del partido republicano, el primero ya en la historia como Presidente de EE.UU., por dos mandatos, y el segundo con la intención de conseguirlo como candidato en las próximas elecciones a la Casa Blanca, me pregunto si éste lo conseguirá y si tiene parecido alguno con lo que hizo Reagan.

En parte, resultan similares las formas de uno y de otro en cuanto a las maneras de dirigirse al electorado en lo que se refiere al deseo de ambos por conseguir que América sea grande, realzando el sueño americano de un Estado fuerte en todos los sentidos y, en especial, mediante la ley y el orden -como indica Trump-. No sólo en lo que se refiere a la política interior sino igualmente, o más aun, en lo que se refiere a la política exterior. De otro lado, resultan diferencias abismales entre uno y otro político. Reagan era un hombre de simpatía reconocida por todos, con un espíritu manifiestamente religioso y cristiano (véase el discurso que pronunció en 1983 sobre el imperio del Mal en la convención de la Asociación Evangélica Nacional), intercediendo por los derechos de libertad de religión y su enseñanza en la escuela pública, así como su postura en contra del aborto y la discriminación racial. Sus discursos están llenos de citas de la Biblia, al estilo tradicional de los norteamericanos que confían en la ley de Dios (In God we trust). Por el contrario, las políticas que quiere aplicar Donald Trump -a quien incluso el Papa Francisco calificó de hombre no cristiano- en contra de los inmigrantes ilegales, con la intención de levantar un muro en la frontera con México, le distancian de la política aplicada por Reagan en ese ámbito en el que abogaba por conseguir la total libertad del individuo, evitando discriminaciones y actos antirracistas.

En cuanto a la política exterior de EE.UU., me parecen más cercanos ambos líderes. Su aplicación se basa en el refrán “A Dios rogando y con el mazo dando”. Efectivamente, Reagan tenía entre ceja y ceja la idea de que la paz debía alcanzarse siguiendo el adagio latino “Si vis pacem, para bellum”, o sea, si quieres alcanzar la paz, prepárate para la guerra, evitando demostrar debilidad alguna ante la URSS. Así fue como Reagan logró que Gorbachov tirara la toalla, al no poder competir con la carrera armamentística que perseguía el Presidente de EE.UU. con la denominada “Guerra de las Galaxias”, pues Gorbachov no tenía el mismo poderío económico y se dedicaba ya a la perestroika ante una URSS debilitada y a punto de desmoronarse. De esta forma, Reagan acabó con la denominada guerra fría con la URSS sin disparar un solo tiro, –como dijo Margaret Thatcher en su funeral-. Del mismo modo consiguió el derribo del muro de Berlín, después de que, en su discurso ante la Puerta de Brandenburgo, requiriese a Gorbachov que lo derribara, si quería demostrar su acercamiento a la nueva política de las libertades. Lo que produjo la admiración de propios y extraños por su valentía para enfrentarse a tal escollo, en contra de lo que le aconsejaban sus propios asesores y diplomáticos. Reagan consiguió, además, otros sonados triunfos en política exterior. Así, Jomeini liberó de inmediato a los 52 rehenes norteamericanos que tenía retenidos en Irán, al conocer que Reagan había ganado las elecciones a la presidencia de EE.UU., adelantando así su liberación por las buenas a fin de evitar el uso de la fuerza; y a Gadafi se le acabaron las ganas de cometer más atentados terroristas, tras perder casi la vida en el bombardeo que ordenó Reagan sobre Trípoli.

Lo que queda por ver ahora es en qué aspectos se reflejarán sus políticas, si Trump llega a la Casa Blanca como el Presidente de la ley y el orden. ¿Llegará a conseguir lo mismo que Reagan en el denominado imperio del Mal, como éste decía al referirse al totalitarismo comunista de la URSS, respecto de lo que igualmente podría decirse ahora del ISIS o el Daesh con el yihadismo?

No me atrevo a predecir cuál será el próximo Presidente de EE.UU., pero creo que algo va a cambiar después de los dos mandatos del demócrata Obama, a quién le salen continuos problemas en el interior con incidentes racistas, actos de terrorismo, inmigración sin control, etc.; además del estrepitoso fallo de la candidata por el partido demócrata en las próximas elecciones presidenciales al haber usado su correo electrónico privado para cuestiones de política gubernamental, con el peligro que ello representó en relación al sigilo de los secretos del Gobierno que había prometido guardar. Muchos estadounidenses añoran otro Reagan, que intente llevar otra vez a su país hacia el éxito y la grandeza del tradicional sueño americano, pero las circunstancias han cambiado. Reagan ponía su confianza y la de su pueblo en el espíritu del cumplimiento de la ley de Dios frente al comunismo totalitario, ateo y materialista; mientras que ahora el enemigo está en el autodenominado estado islámico, con el fanatismo de su acción terrorista al grito de “!Alá es grande!”. Trump lo tiene claro. Frente a las políticas de Obama y Hillary Clinton que, según él, han conducido a la debilidad, al terrorismo y la destrucción, el candidato republicano pregona a todos los puntos cardinales que América volverá a ser grande y fuerte: “Make America great again!”, ¡Juntos haremos que EE.UU. sea grande otra vez!

¿Veremos pronto a Donald Trump y Theresa May, la nueva dama de hierro y del Brexit, bailando el vals de las mariposas en la Casa Blanca, como antaño vimos a Reagan y Thatcher? Quedan algunos meses de enconado debate electoral entre Donald Trump y Hillary Clinton. Mientras tanto, el lema de Trump va ganando fuerza: “Estados Unidos primero”. Muchos ya dan por seguro lo del “Trumpmerica”. Un poco de paciencia y la incógnita se despejará en unos meses por los votantes norteamericanos. Pronto sabremos si la trompetería de Trump anuncia su victoria a todos los vientos. Nunca un candidato a la Presidencia de EE.UU. ha tenido un nombre tan adecuado, pues Trump significa, nada más y nada menos, que “triunfo”, aunque también tiene otro significado en inglés más rimbombante, cual es el deintestinal gas, es decir, una gran ventosidad, un “pedo”. Veremos al final en qué queda todo ello.

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