www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La joven literatura española de hoy

viernes 29 de julio de 2016, 20:11h

Decía Ortega que el que no se atreva a innovar que no se atreva tampoco a escribir. Leo yo a los jóvenes narradores de esta Celtiberia de píldora anti-baby y desestructurada y me doy cuenta que últimamente se está escribiendo sin la audiencia del yo, sin el memorialismo que debe embocar en la poeticidad o en la palabra metafórica y esdrújula. No sé yo si podemos hablar en estos momentos de un novelismo de generaciones o de una historia como traída por una juvenalia sin lenguaje y sin verbosidad. Echo yo de menos aquello que decía Barthes, esto es, que escribir es un verbo intransitivo. Este amado siglo XXI está dando a los agentes literarios y a las editoriales algo parecido a un realismo/irreal que tiene su fondón de gleba el galdobarojianismo, pues que estos jovencitos con tatuaje literario afean un tiempo en que el oficio de escribir va evolucionando hacia la nadidad, hacia un vacío óptico y de sencillez ubérrima que convoca la literatura en un horizonte donde el castellano, que es el mejor idioma para escribir, se ha tornado anglófilo, desdentado y caballuno.

Recuerdo yo que la llamada generación X sólo aportó unos coños pelados de adjetivos e idioma de esplendor, dado que los narradores equis sólo se habituaron al neoyorquianismo traído por Douglas Coupland o por Kurt Cobain. La literatura anglosajona española de los 90 fue indie e india, esto es, dormida y como alucinada de tripis y de Baby Boom, algo triste e inseguro, sensibloide y con muchas balas de pistolas antiguas. Ray Loriga o José Ángel Mañas fueron los herederos del JASP –joven aunque sobradamente preparado-, pero, inmersos en el estado del bienestar hicieron uso de un lenguaje soez, abracadabrante y lisérgico. Lo mismo ocurrió con Juan Manuel de Prada, cuyos “Coños”, alabados por Umbral –el cual sería tiempo después traicionado por este curita de la prosa- quizá fuera su mejor obra, pero obtenido el Planeta se le deformó la idea e hizo uso del plagio para su paupérrima narratividad que acabaría en un plató de televisión dirigiendo unas tertulias de los pájaros de la derechona. Los 90 no dieron a Celtiberia una prosa canalla o art brut, como en pintura lo realizó en sus tiempos Dubuffet, sino una asnada de taladradoras que ocultaron la belleza del castellano arrimándola hacia los escombros.

Ahora está de moda la llamada generación Nocilla o Afterpop o La Luz Nueva, comandada por Agustín Fernández Mallo, pero este nocillismo sólo es un borrón provocado por la altiplanicie de los medios de comunicación y la literatura zapping, el collage o el blog de las computadoras, lo cual da un españolismo creativo de reciclaje y comercialismo, de tardomodernos, como algún crítico los ha llegado a definir. Estos nocilleros, como Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, Lolita Bosch, Harkaitz Cano, Milo Krmpotic, Mario Cuenca Sandoval y otros que se me quedan por los corrales únicamente han sacado solomillo de una moda pasajera que no quedará en los libros de historia.

España está en deuda con la buena prosa, donde el estilo sea el hombre –como decía Frank Sinatra: “Yo soy el estilo”-. Sin estilismo, sin barroquismo, sin ese uso cervantino y colosal que une tiempo y espacio, historia y presente, la joven literatura española no va a domeñar estos arbotantes que son ya las catedrales del castellano. La lengua castellana –académica o no- necesita de una nueva juventud que se crea poderosamente el oficio ebanista de escribir, pues que de lo contrario sólo nos encontraremos con generaciones que irán pasando maulladas por una desbelleza y por la mímesis de unos a otros. La imitación o plagio –a lo Juan Manuel de Prada- busca el psicoanálisis de unos perdedores que no han leído a Quevedo, a Valle, a Ramón, a Ortega, a Umbral, a Raúl del Pozo, sino sólo los tebeos norteamericanos y el novelismo de la horterada y la pasión de Cristo.

Apelo a que la nueva juventud se aplique y diseñe una novela en donde toda metáfora sea el puente que una la modernidad con la cultura larga, ancha, interminable, ya que, como si hiciéramos caso a la Rueda de la Fortuna, tenemos en el castellano la mejor lírica que desnude la palabra exacta, informal, neologista o gongorina. Mucho tiempo se ha perdido con los narradores de este amado siglo XXI, que está quedando como cachondo, travesti y pop. Es hora ya que los jóvenes escriban siempre observando la expresividad, el talento y el restaurante que da el idioma español. Menos neoyorquismo, nocilla, niños de la democracia y más riesgo a la hora de ponderar una literatura que conecte con el esteticismo y esa gran hermosura que es contemplar un cuadro de Picasso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(1)

+
0 comentarios