No fue sencilla la vida para los colonos españoles que habitaron en el Suroeste de los actuales Estados Unidos entre los siglos XVI y XVIII. Aislados en sus ranchos, vivieron en permanente estado de angustia, con el constante temor de un ataque indio, y ninguno de los gobernadores de la inmensa región de Nuevo México había logrado pacificar la región.
Hasta que, avanzado el siglo XVIII, llegó alguien tan excepcional como desconocido hoy en España. Se llamaba Juan Bautista de Anza, de orígenes vascos, y que ya había logrado la hazaña de dirigir una expedición colonizadora de varias decenas de familias desde Sonora hasta California, hasta entonces abastecida en sus misiones tan solo por vía marítima. Para ello atravesó las sierras y ríos intermedios y logró abrir la ruta no solo sin una sola baja, sino que en el curso de la travesía nacieron tres niños. Y a todos los depositó incólumes y seguros en una de las misiones californianas. Después de eso, plantó la semilla de lo que andando el tiempo sería la ciudad de San Francisco. Nada menos.
Las familias de colonos españoles de los aislados ranchos vivían en permanente estado de angustia, ante las continuas depredaciones de las tribus indias
Estas proezas le valieron el nombramiento de Gobernador de Nuevo México, que entonces ocupaba toda la enorme región de soberanía española situada al norte del virreinato mejicano, comprendiendo los estados actuales de Nuevo México, Arizona, Colorado y Texas.
Nada más tomar posesión de su cargo, Anza se aplicó a la tarea de tratar el empeño imposible de someter a las escurridizas tribus apaches, comanches y navajos, que en rapidísimas razziasasaltaban los ranchos, mataban a los hombres y robaban mujeres y niños, y se retiraban enseguida a sus remotos cuarteles de aquellos desiertos. Era de tal magnitud el problema, que se corría el peligro de que los colonos abandonaran esta tierra de soberanía española, ante el estado de inseguridad general. De hecho, las familias españolas estaban afectadas de cierto fatalismo: sabían que, antes o después, llegaría el ataque desolador.
Anza analizó la situación. De las tres tribus depredadoras, los más agresivos eran los comanches, y contaban con un prestigioso jefe, del que se decía que jamás había perdido una batalla. Era famoso en toda la región, y se llamaba Cuerno Verde. Su plan de pacificación pasaba primero por derrotarle.
Entrenó a fondo a las desmoralizadas tropas de los presidios españoles, hartas de salidas estériles en busca de unos indios que conocían al dedillo el territorio y siempre se escurrían. Y cuando estuvo preparado salió a la caza del gran jefe comanche. Ordenó forrar los cascos de los caballos para no levantar polvo; viajó de noche para no ser avistados en la distancia; dispuso que no se encendieran hogueras.
Así se fue acercando al área comanche. Y en un golpe de suerte capturó a un pequeño grupo de comanches junto a un río, y les obligó a delatar el lugar exacto del campamento escondido de Cuerno Verde y el grueso de las tropas comanches.
Extremando las precauciones, en total silencio, al amparo de las sombras, se aproximó al lugar. Y en la raya del amanecer del 31 de agosto de 1779, los españoles atacaron, con el propio Gobernador lanza en ristre a la cabeza. Fue una extraña escaramuza, en la que los españoles equilibraron el conocimiento comanche del territorio con el factor sorpresa, que operó a su favor. La refriega pronto se decantó del lado español, y tuvieron incluso la fortuna de que muriera el propio Cuerno Verde.
Sin su prestigioso jefe, el pueblo comanche, que tenía otros grupos diseminados por todo el territorio, quedó en estado general de desconcierto. Juan Bautista de Anza les ofreció la paz, y la aceptaron, juzgando que debían someterse a quien había sido capaz de derrotar al invencible líder.
Anza acometió entonces la segunda parte de su plan: Ofreció a los navajos, la tribu menos belicosa de las tres, la paz y el perdón, y la aceptaron. Estaban ya de su lado los comanches, los navajos y los indios pueblo, pacificados hace tiempo y amigos tradicionales de los españoles.
Y llegó entonces la parte definitiva del plan: Contando con la alianza de los comanches, navajos y pueblos, acometió en conjunto contra los apaches. Estos, viéndose rodeados por todas partes, se rindieron y pidieron la paz. Entonces, en una de las tiendas indias se firmó la paz entre España y todas las tribus indias. La firma no fue con pluma, sino fumando la famosa pipa de la paz. Fue la llamada Pax Anza, que duró hasta el final de la época española y que llevó la tranquilidad a los colonos de la vasta región.
Todos los años, los indios del suroeste americano escenifican la batalla de los españoles que acabó con Cuerno Verde y los comanches, y que motivó al cabo la pacificación definitiva de la región. El jefe indio toca su cabeza con un cuerno de color verde, el símbolo de su jerarquía. Una película aguarda sin duda la epopeya de este genio militar y estratégico español de la frontera que fue Juan Bautista de Anza.