Eran tiempos felices. Ninguno se había muerto y la vida cultural de Buenos Aires, ajena a la odiosa política, se prodigaba amablemente. En El Ateneo de la calle Florida, la librería del español don Pedro García, desde un escritorio que usaba a manera de púlpito, Francisco Gil, uno de los vendedores más ilustrados, alentaba una secreta tertulia cotidiana que tenía como concurrentes a los poetas Jorge Luis Borges,Francisco Luis Bernárdez, Olga Orozco, Carlos Mastronardi y Raúl González Tuñón, a pintores como Antonio Berni y Luis Seoane ya gente de teatro como Alberto Closas, Ernesto Bianco, Alfredo Alcón, Analía Gadé y su hermano, el dramaturgo Carlos Gorostiza, por citar algunos de los más notables. En esa década del sesenta, yo era un muchacho entusiasta de la literatura, que acompañando al generoso poeta-editor Arturo Cuadrado tuvo la suerte de conocer no sólo a esos personajes, sino también al legendario Ramón Gómez de la Serna, que vivía, después me enteré, a pocas cuadras de mi casa.
De aquellos lindos años, recuerdo en especial una tarde que se dio en el salón Birabén, cercano a El Ateneo, donde se presentó el libro de una poetisa publicada por Botella al mar, el sello editorial cuyos ilustres artífices eran los entusiastas hispanos, el pintor Luis Seoane y los poetas Lorenzo Varela y Arturo Cuadrado. Con ellos, junto a la autora que presidía la mesa, estaba Ramón Gómez de la Serna,que de pronto cuando le tocó hablar se salió del grupo, descendió del estrado y acomodó su silla de espaldas al público para empezar a dialogar con la poetisa. Al cabo de unos minutos su elocuencia despojó el acto de toda solemnidad y los desconcertados asistentes empezaron a celebrar sus ocurrencias tan amenas como profundas. Para mí fue un hecho insólito, fascinante. Creo que nunca veré algo igual.
Lo visité después en su departamento, adonde vivía con su inseparable esposa, la escritora Luisa Sofovich. Ante mi deslumbramiento, Ramón me relató las leyendas que su imaginación atribuía a los curiosos y encantadores objetos que coleccionaba: sapos de cristal, muñecas de goma y pipas descomunales que había fumado en otros tiempos; cada pieza tenía su prodigiosa historia. Las bibliotecas estaban atiborradas de volúmenes y, sin espacio en los estantes, junto a revistas y diarios, los libros restantes se apilaban hasta el techo invadiendo cada rincón. “Se nos han acumulado demasiadas cosas en este departamento -se quejó Ramón, en tono de broma, entre sonriente y preocupado-. Con Luisa estamos preparados para el desalojo inevitable. Cuando no haya más lugar para nosotros cerraremos la puerta y escaparemos por una ventana”.
Me explicó luego que en ese reducido espacio había intentado recrear el clima de su mítico “Torreón de Velázquez” madrileño. También había traído con él las extravagantes costumbres de su bohemia juvenil: levantarse hacia el mediodía, almorzar frugalmente un plato de lentejas o porotos, y ponerse a su mesa de trabajo para deambular una larga jornada de escritura forjando coincidencias de maravillosas palabras. Ramón era un titán de la lengua española, otro rey de las palabras, que nunca se alejó de ese mundo del que gustó rodearse. Si lo hacía era sólo para tomar un poco de sol en algún banco de la Plaza Congreso o para recorrer librerías de viejo y negocios de anticuarios de la Avenida de Mayo o de la calle Corrientes, donde compraba objetos y volúmenes raros que hacían prosperar su biblioteca y sus colecciones.
Este original Gómez de la Serna visitó por primera vez Buenos Aires en 1930. Lo hizo como miembro del comité organizador de la Exposición del Libro Español. Le encantó la ciudad y dejó testimonio en diversas publicaciones, pronunció conferencias y empezó a colaborar en el diario La Nación; pero, el hecho más importante del viaje fue la relación con quien sería su devota esposa, la escritora Luisa Sofovich (“Luisita”, como él la llamaba cariñosamente). Después de esa breve temporada regresó a Madrid casado y cuando estalló la Guerra Civil Española fue ella quien buscó apoyo para sacar a Ramón de su país. La pareja, ya decidida a radicarse en Buenos Aires, arribó en 1936.
Ramón conocía desde su viaje anterior a Macedonio Fernández, con quien cruzaba cartas. Pero, ya instalado en esta ciudad, debido a que Macedonio no tenía un domicilio fijo y de manera bohemia erraba de pensión en pensión, a quien frecuentó con más asiduidad fue a Oliverio Girondo y a Norah Lange; también a sus editores Gonzalo Losada y Antonio López Llausás. No demasiadas veces a Victoria Ocampo (a quien, como Borges, calificaba de “mujer autoritaria”) tampoco a la gente de la revista Sur, en la que colaboraba con dilatadas pausas.
Visitaba con regularidad a la familia de su esposa, que solía homenajearlo con comidas judías, a las que asistía provisto de un fulgurante monóculo para poder escrutarlas minuciosamente y comprobar “la individualidad de cada grano de arroz”. Si debemos referirnos con rigor a la vida de relación que mantenían Ramón y Luisa en Buenos Aires, podemos decir que casi no la tenían, o que la fueron perdiendo con el tiempo, hasta convertirse en dos lobos esteparios que compartían sus soledades. “Luisa y Ramón son bichos raros, verdaderos animales de cueva”, le oí decir al pintor Luis Seoane. Rara vez Ramón aceptaba pronunciar conferencias; tampoco iba a presentaciones de libros o a exposiciones de pintura y cuando lo hacía era por un compromiso especial, como en el caso de la mencionada presentación.
Cada tanto, muy cada tanto, alguna visita importante alteraba la rutina de Ramón y de Luisa. Quizá la más recordada fue la de Pablo Neruda, quien a su paso por Buenos Aires fue agasajado por la pareja para compartir una noche memorable de lentejas y de licores. Esa noche, el celebratorio autor de Residencia en la tierra escuchó con asombro infantil al minucioso y fantástico Ramón hablar de un Oriente imaginario, casi tan fantástico como el de Las mil noches y una noche, y de una milenaria China, ambas descriptas o soñadas con lujos de detalles. “Con esa salud de paleto -recordó Neruda en sus memorias-, el fabuloso español dio tantas paletadas en esa noche maravillosa, que todo comenzó a relumbrar, y tengo para mí que es oro todo lo que relumbra en Ramón y su palabra”.
A Oliverio Girondo, Ramón lo había conocido en Madrid en los comienzos de 1920. Esa amistad se afirmaría después en París y en Lisboa. “En esas ciudades, donde nos encontramos, compartimos las sorpresas más inauditas –cuenta Ramón en la autobiografía que le dedica-. Yo le llevaba a comer a un restaurante llamado Cascaes donde él tiraba de pez espada y hacía que el bodeguero nos despachase un vino antiguo con un gato en la etiqueta”. Ya instalado en Buenos Aires, Ramón fue muchas veces el invitado del generoso poeta. “Ante el gran Oliverio –recordaba Ramón- comprendí todo lo que se engloba en la palabra ‘amigazo’; amigazo bien argentino para la conflagración espiritual, bohemia y poética, capaz de decir la clara opinión y de tomar el partido del desinterés… He vivido en medio de los mejores hidalgos y ricos hombres de España y de fuera de España, pero tengo que confesar en esta hora de las supremas confesiones, que este hidalgo original de América, generoso seleccionador y depurado por la poesía y la bohemia, es superior a todos los que vi, como flor doble de América y de la antigua y mejor España”.
Su admiración por Macedonio Fernández merece, sin duda, otro párrafo aparte, ya que fue entusiasta y apasionada. “Lamentablemente él se murió pronto, en 1952 –se quejaba-, y no pude disfrutar de su amistad todo lo que debiera haberlo hecho”. El recuerdo que guardaba era igual de entrañable. “Lo que vi en este incomparable criollo desde que leí sus primeras líneas fue una nueva arquitectura del espíritu, una nueva arquitectura literaria para encerrarse bajo ella en un cierto tiempo y en un cierto país”. Con Macedonio se habían conocido epistolarmente y fue al primero que buscó apenas llegado a Buenos Aires. “Esa noche del año 1931 es imborrable para mí -subrayaba Ramón-. Di con Macedonio y me enfrenté con su figura pequeña, de niño que se ha disfrazado de viejecito. Él me encontró criollo y me dijo una frase que no se me olvidará como la más halagüeña para mí: ‘que yo era el representante del sentido americano de España’. A Macedonio Fernández (“digno hijo de Quevedo”, como lo proclamó) le dedicaría también una maravillosa biografía y lo frecuentará hasta el día de su muerte.
Pero, sin duda, la principal de sus historias en Buenos Aires, que asume categoría de leyenda, acaso la más conmovedora y entrañable, aunque digna de un profundo análisis psicológico, es la de su devoto amor por Luisa Sofovich, a quien se entregó de cuerpo y alma, y de quien exigiera una rendición sin condiciones. Sus amigos porteños lo recordaban como un celoso desesperado, como un Otelo irascible. Ese Ramón, quizá menos libre que apasionado, que antes había caminado pisando seguro por las calles de Madrid envuelto en la noble capa de aristócrata español, era aquí su contracara; un indeciso ensimismado que andaba por las calles de nuestra ciudad con una daga escondida en la sisa del chaleco para matar a quien osara mirar a su adorada mujer. Tales celos rotundos y enfermizos, quizá fueran parte de una concepción egocentrista del mundo, o de sus demoradas vigilias literarias que cobraron dolorosa presencia en su pasional novela La Nardo.
Ramón Gómez de la Serna nació en Madrid en 1888 y murió en Buenos Aires en 1963. Cabe añadir que amó hondamente a la ciudad que lo acogió como un hijo predilecto. Al morir dejó una ausencia que aún perdura.