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TRIBUNA

¿Qué somos?

sábado 06 de agosto de 2016, 19:23h

Buena parte de lo que nos pasa se enraíza en el materialismo que nos inunda, que ha devastado valores antiguos de eficacia demostrada, e incluso arruinado nuestro sentido de humanidad, dejándonos reducidos a una casualidad irrelevante, un cúmulo de agua y minerales, sin trascendencia alguna y enteramente prescindible.

La vida humana, la de cada persona individual, hoy no vale nada. Si alguien estorba, se le elimina; o se sacrifica a unos seres humanos pobres e indefensos, para recomponer a otros poderosos y adinerados. Las ideologías buscan la muerte de inocentes como herramienta de presión. Basta contar el número de muertos de los que habla cualquier telediario, o los modelos de cómo matar que enseñan las películas, para percatarse de este sentido nihilista.

La corrupción, en sus múltiples versiones, es un ritual practicado, profusamente, en todas las áreas de actividad económica, porque se trata de ganar. No importa cómo, ni qué.

Recientemente, la consorte de una alta magistratura española definió la naturaleza del hombre, diciendo que somos lo que comemos, lo que bebemos y lo que vestimos. Así de tosco retumbó el materialismo, mientras asombraba el simplismo mayestático y deslumbraba la metonimia triste, que reduce nuestra condición al bocadillo de calamares que ingerimos, la caña con que nos chispamos y al taparrabos.

Lutero, de haber conocido esta definición cuando comentó la Epístola a los Gálatas, no hubiera dicho que el pan que comemos, lo que bebemos, los vestidos que usamos y el aire que respiramos están dominados por el Demonio. La contradicción es hiperbólica: que todo cuanto somos esté regido por un espíritu, encima impuro, resulta abrumador e insostenible, claro.

Antiguamente, cuando los reyes sentaban cátedra, bien por exceso de celo apostólico, bien por creencias menguantes, chirriaban los pífanos, gemían las prensas al reproducir sus desahogos y temblaban los cadalsos. Hoy, afortunadamente, los reyes carecen de potestad y su autoridad es de índole moral, por paradójico que resulte. Sin embargo, necesariamente, derrapan cuando pretenden adoctrinar, porque magistratura, por muy alta que sea, no es sinónimo de magisterio. A la vista está.

Demócrito, el primer materialista de la historia y contemporáneo de Sócrates, concluyó que somos un compuesto de átomos. Se quedó corto, pero no iba descaminado. El materialismo dialéctico (Plejánov, Lenin y Trotsky), penúltimo materialismo de la historia, hace prevalecer la materia sobre la conciencia. Es más, considera que ésta última es una producción de la primera. La materia es la única realidad objetiva y todo lo demás viene a ser un cuento, más o menos burgués.

Ciertamente, aún quedan bastantes criptocomunistas nostálgicos, incluso encaramados hasta las acroteras palatinas. Pero, el materialismo de ahora es posmoderno, sin ideología, lleno de desesperanza, al pairo del medrar inmediato, ansioso de cualquier ocurrencia simpática y sensación por experimentar.

Y no, señora, ni somos lo que comemos y bebemos, ni los trapos con que nos cubrimos, aunque estos sean de alta costura exclusiva. Por lo menos, somos un sujeto bio-psico-social-espiritual. Sólo, un entendimiento confuso puede quedarse anclado en su yo material, el objeto que funciona, y hacer tabla rasa de todo lo demás.

El lujoso coche oficial que la transporta no es la gasolina que consume, ni el aceite que lubrica su motor, ni el líquido que refrigera su radiador. Lo esencial del coche no es el combustible que le ponemos para que camine. El coche condensa una sabiduría: contiene muchos saberes técnicos, empíricos y científicos. Detrás de cada vehículo, hay un complejo proceso de interacción, que arranca de una intuición, un prurito visionario, que luego aduna voluntades, intereses, necesidades y crea una concurrencia social, bastante sofisticada.

¿Sólo eso? Pues, tampoco. El coche, una vez que ha sido fabricado y marcha, adquiere valor de representación, pertenece al yo social de su dueño, a quien sitúa en el estatus pretendido, el grupo de pertenencia al que se adscribe. Son nuestras referencias. Cada quien dispone de tantos yoes sociales como grupos de pertenencia, porque el ser humano también es un actor poliédrico, que ejerce múltiples papeles: rey, periodista, padre, maestro, discípulo, lector...

Volviendo al coche, éste proviene del yo subjetivo del fabricante y del ingeniero que lo diseñó y toca al yo subjetivo del conductor. El yo subjetivo no es materia ni espíritu; simplemente, es una fuente de poder personal, que moviliza ideas, sentimientos, motivaciones, ideales, aspiraciones, esfuerzo y afán de superación.

El vestido de alta costura, con que se engalana la señora que puede hacerlo, parte de ser un trapo, pongamos que de seda salvaje. Por tanto, ya no es hojas de morera deglutidas por los gusanos. Cuando llega a cubrir sus vergüenzas, lo que fabricaron los gusanitos ha sido tejido, luego teñido, después transportado, cortado con arreglo a un diseño y, finalmente, ajustado a un patrón, su masa corporal, señora. Tal vestido surge de una cultura agrícola e industrial, acumula creatividad, imaginación, sensibilidad educada, estética. Por cierto, valores humanos que cristalizan ahí, en ese objeto, tal vez de un solo uso… ¡Tanto, para tan poco!

Sin darnos cuenta, al hablar de cultura, sensibilidad educada y estética nos hemos adentrado en el espíritu objetivo, un acervo inmaterial, realidad mostrenca, patrimonio de todos y propiedad de nadie, que acumulan los tiempos. Temporalmente, somos usufructuarios de esa riqueza que también nos constituye, es el estado Padre del yo de Berne, y, también sin pretenderlo, la mejoramos e incrementamos.

¿Somos algo más?

Si es cuestión de fe, podemos creer en el alma. En efecto, una realidad metafísica, que se sitúa a años luz del materialismo; pero, un pilar fundamental para el Arte, la poesía lírica, la mística y la religiosidad; incluso hay una espiritualidad laica, sin substancia de soporte.

En resumen, el yo material, que come, bebe, se reproduce y no necesita vestirse si la temperatura es templada, es el pilar material de la construcción. Sobre él, se apoya el yo subjetivo, personal, identificador, que piensa sobre lo que sabe y siente sobre lo que le acontece y además inventa, todavía sobre iones de sodio. A éste lo arropan los yoes sociales, que necesitan vestirse, aparentar para pertenecer y se mueven ya en el tramo etéreo del simbolismo. Luego, nos integra el espíritu objetivo, el mundo simbólico, un banco de valores éticos y estéticos, pura trascendencia de humanidad, que se afana por superarse desde que el australopitecus se cruzó con el sapiens. Por último, la corona de la construcción la ocupa el yo espiritual, nido para lo sublime, puerta de lo numinoso y jardín de la trascendencia. La espiritualidad puede ser laica para los agnósticos y metafísica para los feligreses y, en todo caso, es una dimensión del hombre.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    3642 | María Teresa Miguel Martínez - 12/08/2016 @ 20:10:09 (GMT+1)
    No se muy bien lo que somos porque somos tantos "somos" y tantos individuos en cada uno de ellos que la cosa es compleja. Además de alimentarnos y respirar dijo Walt Whitman que "somos seres llenos de pasión" y por ahí andaba Shakespeare al decir que "estamos hechos de la misma materia de los sueños ". Sí, somos algo más, tanto y tan difícil de definir que Ortega tiró por la calle de enmedio y dijo que somos: el proyecto de la vida, las circunstancias y el azar. Y ahí está todo. O casi...

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