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TRIBUNA

Mondo cane

lunes 08 de agosto de 2016, 20:13h

Fue una película atrevida, entretenida, reveladora y también provocadora. Cuando apareció en 1962 causó auténtico estupor en amplios sectores de la sociedad por sus escenas fuertes y descarnadas. El documental de Gualtieri Jacopetti, amenizado por la música de Riz Ortolani y Nino Oliviero y también por la grata presencia del galán Rossano Brazzi, muy pronto se convirtió en culto y dio pie a un nuevo género cinematográfico, al documental “mondo”. “Mondo cane – o Perro Mundo” es un viaje palpitante por la crueldad de este mundo; un brillante relato de las costumbres, desde lo meramente ocioso y exótico a lo simplemente salvaje, pasando por un inacabable catálogo de atrocidades, rituales atávicos y más curiosidades chocantes y a veces indigestibles.

Más de medio siglo después no es que este mundo desbaratado camine por derroteros muy esperanzadores. Sin embargo, por un instante soñábamos encontrarnos en un mundo mejor, más civilizado, más prometedor, más equitativo y más justo. La crisis, esta crisis que ya dura demasiado, cuya superación aunque parezca cercana aún es incierta, nos ha hecho despertar bruscamente de un sueño imposible. De la globalización de las oportunidades nos hemos situado en la globalización de los problemas y de la desazón. Y cunde el pánico. Es natural, ante la ausencia de liderazgos claros, ante la pérdida de valores y tradiciones que suponían nuestro andamiaje cultural, espiritual e intelectual. La globalización que es imparable no puede significar el imperio del más fuerte, del mejor preparado sobre el más débil. El proceso de la globalización no puede campar a sus anchas en clave de verso suelto, precisa ser embridado por instituciones globales, por una auténtica gobernanza mundial. De lo contrario causará continuos estragos y muy especialmente en las sociedades avanzadas, creando nuevas e inaceptables bolsas de desigualdad y pobreza. No podremos mantener nuestro nivel de vida, nuestro modelo de sociedad, nuestras instituciones políticas si no somos capaces de pilotar este proceso, de crear nuevas élites comprometidas con la excelencia. Este año bisiesto y avieso nos está mostrando una nueva versión de “mondo cane”, una adaptación más bronca, aciaga y cruel: los hitos del fanatismo despiadado del yihadismo tienen ya nombres propios, como la barbarie de la parroquia de Ruan, la masacre de Niza, en fin, el terrorismo indiscriminado que ha dejado en estos últimos meses una estela de sangre y desesperación por media Europa, empero también en Estambul y Bagdad. Es el retorno de la ira, como denuncia el filósofo Peter Sloterdijk. Y hablando de Europa, las cosas no van bien. Después de inyectar durante muchos años billones y billones de dinero a coste cero en el sistema financiero, ahora resulta que la banca vuelve a tambalearse, o sea que el dispendio gigantesco del Banco Central Europeo tan sólo ha servido para ganar tiempo, no mucho. La sorpresa de los bancos italianos y alemanes puede ser a la vuelta del verano morrocotuda. El Brexit entrará en los anales de la historia como una hazaña de hybris y frivolidad. El famoso eje Paris-Berlín, anclaje durante muchos decenios de la Unión es hoy una entelequia que ya no puede servir de motor dinamizador de una refundada Unión Europea. Alemania que por fin ha recobrado el sentir patrio está llamada – por razones obvias – a liderar Europa hacia nuevos horizontes de prosperidad y seguridad. Sin embargo, aún no se atreve, de momento aplica una política de mínimo riesgo, de andar por casa. El desafío de los refugiados, una seria amenaza para Europa, es una buena muestra de la falta de liderazgo en nuestro viejo continente. Pero como decía Indro Montanelli: “Questa vecchia puttana di Europa sopravvivrà”. Sí, pero Europa vive momentos peligrosos, confusos, vaga sin norte, confortablemente instalada en la sociedad nihilista. La Unión Europea ha sido uno de los mayores inventos de todos los tiempos de la civilización occidental. Una historia de éxito inacabada. Anhelábamos los “Estados Unidos de Europa”, como reclamaba Salvador de Madariaga y estamos en los “Estados Unidos del envejecimiento físico y mental, del bostezo, la rutina y la vulgaridad”. Y en España que también por motivos obvios está llamada a jugar un papel mucho más activo en una nueva Europa, seguimos deshojando margaritas, que si son galgos o podencos. Falta un proyecto común, ilusionante, una política nacional de altura.

Seguimos con el espectáculo del postureo y de los farsantes. Mientras, como bien dice el insigne académico, Luis Maria Anson: “La España asqueada contempla con desprecio creciente el espectáculo de los tres grandes partidos constitucionalistas, paralizados por los personalismos internos, mientras el Parlamento catalán ha lanzado su órdago secesionista en desafío a más de cinco siglos de la unidad nacional de España”. España y su circunstancia. ¿Será posible de una vez por todas aunar voluntades, deparar en lo que nos une que es mucho más, crear un país de oportunidades, de ciudadanos realmente libres y unidos por un proyecto común e ilusionante? Haciéndolo así, España volvería a ser ejemplo de vigor en Europa y en el mundo. España tiene que recuperar con urgencia la capacidad de diálogo, a todos los niveles. Será menester despolitizar la vida pública para que avance la sociedad civil. No puede ser que tengamos que desayunarnos a diario con el político de turno. Seguirán los sobresaltos como el golpe de Estado en Turquía, el tobogán de las bolsas, el desplome o el alza de los precios de ciertas materias primas, verbigracia el petróleo, seguirá la batalla contra la vergüenza del paro, se producirán nuevos cataclismos económicos más o menos importantes y seguirán amargándonos los fanáticos de siempre que en un “mondo cane”, en el que nadie parece saber hacia dónde vamos, encuentran su caldo de cultivo. Es también una época compleja y atractiva en la que vivimos, fascinante, en vísperas de la cuarta revolución industrial, o sea digital, que ya está en marcha y que cambiará profundamente nuestro concepto del trabajo y por ello nuestra forma de vida. Quizás estemos en el final de un proceso en el que ya es posible detectar elementos de una nueva época, ulterior a la globalización. Si la historia de la globalización es fundamentalmente la superación de las distancias, o sea, una doble conquista, de la tierra y de la subjetividad, como dice Sloterdijk, ha llegado el momento en que ambas expansiones se han encontrado y se han fusionado en un espacio denominado mercado. Y añade el filósofo alemán: “Después de la toma del medio metafísico y del medio terrestre, la tercera globalización se nos antoja como la colonización de nuestro interior. Hemos pasado de un reino de la necesidad a un reino de la libertad, donde la tele-comunicación ya no es una herramienta sino un constitutivo ontológico de las relaciones sociales”. Reforcemos la sociedad civil y soñemos, pues, un mundo mejor.

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