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TRIBUNA

Thatcher & Theresa May

martes 09 de agosto de 2016, 19:56h

El Reino Unido de Gran Bretaña, aunque haya sido uno de los miembros fundadores de la UE en 1992 y, anteriormente, miembro de la CEE desde 1973, nunca se ha sentido totalmente identificada como parte integrante de la Unión Europea; en especial, cuando el objetivo de ésta pasó no sólo de conseguir la unidad económica entre sus miembros, sino a intentar una unidad política con la armonización legislativa sobre los Estados integrantes e incluso llegar a formar un Estado federal de la Unión, cediendo soberanía hasta alcanzar la integración completa, según propuesta de Barroso en 2012. Para darse cuenta de ello basta con leer el discurso que Margaret Thatcher pronunció en 1988 en Brujas, como vamos a desmenuzar a continuación. Pero, antes, quiero recordar algunos de los acontecimientos históricos que dan fe de que los británicos siempre se han sentido como algo aparte y distinto de Europa, habiéndose enfrentado contra naciones del continente europeo precisamente para salvar su independencia y honor ante las amenazas invasoras a la isla de Gran Bretaña. Recordemos, sino, la batalla contra la Armada invencible de Felipe II, al sentirse los ingleses acosados tras haber recibido éste, en herencia de Carlos V, las tierras de Flandes frente a las costas de Inglaterra. Lo mismo contra Napoleón, al sentirse los británicos en peligro frente a la imparable expansión del imperio francés. Y en el siglo XX, tuvieron que defenderse a trancas y barrancas contra los bombardeos de Hitler sobre Londres, solicitando ayuda urgente a EE.UU. para poder frenar el terrorífico nazismo que les apabullaba. No resulta nada raro, pues, que los británicos se sientan poco atraídos por los cánticos de sirena de Europa, y se hayan sentido siempre más cerca de EE.UU., con quienes fundaron el Tratado de seguridad común UKUSA.

El “Brexit” tenía ya sus antecedentes predispuestos en el referido discurso de Margaret Thatcher que dijo, refiriéndose entonces a la Comunidad Económica Europea -ahora convertida en la Unión Europea-, entre otras cosas lo siguiente: “La Comunidad no es un fin en sí mismo. La Comunidad Europea es un medio práctico mediante el cual Europa puede asegurar la prosperidad y la seguridad futuras de su pueblo en un mundo donde hay muchas otras naciones poderosas y grupos de naciones.” Pero, dicho esto, indicó una serie de principios rectores, que Gran Bretaña consideraba esenciales para formar parte de la Comunidad Europea, tales como: “La cooperación voluntaria y activa entre estados soberanos independientes es el mejor modo de construir una Comunidad Europea con posibilidades de éxito. Tratar de suprimir el carácter de la nación y concentrar el poder en el centro de un conglomerado europeo sería sumamente perjudicial y pondría en peligro los objetivos que pretendemos alcanzar.”

Con ello ya está dicho todo. Gran Bretaña no quería ser dirigida desde Bruselas como centro del poder de Europa. Según la opinión de Thatcher, que reflejaba la de todos los británicos conservadores, no se pueden eliminar sus tradiciones y costumbres que le confieren su propia identidad. “Sería un desatino –decía Thatcher- tratar de ajustar (las naciones de la CEE) dentro de una especie de retrato robot de una personalidad europea.” No confiaba en absoluto en que el porvenir de Gran Bretaña estuviera condicionado a la centralización del poder en Bruselas, donde una burocracia designada tomara las decisiones comunes. “Quiero expresarme con claridad, –decía Thatcher- no hemos reducido con éxito los poderes del Estado en Gran Bretaña, para verlos reimpuestos al nivel europeo con un super Estado que ejerza un nuevo dominio desde Bruselas.”

Ante tales premisas, fue un absurdo que David Cameron probara suerte, con el fin de asegurarse la reelección como Primer Ministro, prometiendo un referéndum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Así le ha ido, con el fracaso absoluto que le ha llevado a dimitir ante tal descalabro del “Brexit”. Han resucitado otra vez los fantasmas de la independencia de Escocia y otras reivindicaciones nacionalistas, que han hecho que la Reina Isabel II y Theresa May, como nueva Primera Ministra, se hayan apresurado a viajar de inmediato a Escocia para apaciguar los ánimos, ante una temida reacción separatista con el quebrantamiento que puede conllevar para “United Kingdom”.

Los británicos nunca se han sentido parte de Europa, sino un imperio independiente. Sus tradiciones son distintas hasta en lo referente a conducir por la izquierda. No tienen por qué comprar a Europa los vehículos, cuando sus fábricas tienen la garantía de poder venderlos a sus nacionales y a sus miembros de la Commonwealth con el volante dispuesto al revés que los europeos. Este es sólo un paradigma del resto de la política económica y no económica que lleva a cabo Gran Bretaña para sus adentros con todo el orgullo de su tradición, como Thatcher echó en cara a sus anfitriones europeos cuando en su discurso les dijo que “Hace mucho tiempo que la ciudad de Londres ha dado la bienvenida a instituciones financieras de todas partes del mundo; por eso es el centro financiero más grande y con más éxito de Europa.” En cuanto a la libre circulación les espetó lo siguiente “Claro que queremos facilitar que las mercancías crucen fronteras. Claro que debemos facilitar que las personas viajen por la Comunidad. Pero es una cuestión de sentido común elemental que no podemos eliminar totalmente los controles fronterizos, si también hemos de proteger a nuestros ciudadanos del delito y frenar el movimiento de drogas, terroristas e inmigrantes ilegales.”

Al final, Thatcher resumió de esa guisa su idea sobre la Comunidad Europea: “Dejemos que Europa sea una familia de naciones; que se entiendan mejor entre sí; que se aprecien más unas a otras; haciendo más cosas juntas, pero sin saborear menos nuestras identidades nacionales que nuestro empeño europeo común”. Está claro que no preconizaba formar parte de una Unión Europea donde Gran Bretaña perdiera su idiosincrasia y su soberanía. Incluso se dice que la reina Isabel II se mostró euroescéptica al preguntar al respecto: “Dadme tres buenas razones para seguir en la Unión Europea”. Los británicos siempre han añorado aquellos tiempos de “Pompa y circunstancia” -marcha compuesta por sir Edward Elgar, con la letra propia de la Oda “Land of Hope and Glory”-. Más difícil lo tendrá la nueva Primera Ministra, Theresa May, para conseguir, de una parte, un buen convenio con la Unión Europea y, de otra, apaciguar y contentar los ánimos de Escocia y otros problemas que le surgirán en la propia Gran Bretaña, que podrían dividir al país. May tendrá que convertirse en una segunda dama de hierro, al estilo Thatcher cuando dijo a Europa “Yo me mantengo firme”. Todo se andará con el transcurso del tiempo, al que son muy aficionados de sacar como tema los ingleses cuando hay algo de lo que no les interesa hablar.

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