Hasta Freud, todas las proyecciones eran euclidianas, geometría de líneas rectas, pura lógica y matemáticas de exactitud. Después de 1895, Freud rompió las regularidades, con el concepto de proyección psicológica. Éste desenmascara una trampa vieja: la atribución a otros de características, cualidades, defectos y aun carencias propias. Con tal de no afrontar la angustia del acontecer personal, el proyectante se sustrae de todo protagonismo que, generosamente, cede a otro, para que sea él quien cargue con la pena externa, porque la interna, una vez hecha la proyección, desaparece como por ensalmo.
Desde pequeñitos, aprendemos a utilizar esta estratagema. El hermano mayor, o el más hábil y seductor, carga culpas sobre el más indefenso, o que tiene menos posibilidades de gozar de la benevolencia paterna, siempre sesgada de forma oblicua. Acusa para defenderse. Y, efectivamente, la proyección psicológica es un mecanismo de defensa de la propia neurosis, psicosis, o perversión.
Ya en el siglo XX, Rorschach demostró que toda interpretación de la realidad es de carácter proyectivo, porque cada uno ve lo que está predispuesto a ver. Esta columna no pretende ser una excepción. Por tanto, no aspiro más que a proyectar mis propios demonios, los que despiertan mi rabia y desesperación, confinándome a la impotencia.
En el miserable teatro de la política nacional, escuchamos todos los días una salmodia repugnante y emética: “el vacío de gobierno es responsabilidad del otro”. Evidentemente, cuanto más echan encima del otro la responsabilidad, más se despojan de la propia, hasta quedar en simples, o irresponsables. De ese modo, cuantas veces oigamos –la responsabilidad es del otro- hemos de escuchar: yo soy absoluto irresponsable, por mi real simpleza.
Uno de los protagonistas habla en circunloquios, dando rodeos y generando perífrasis crípticas. Actúa como las perdices, cuando una serpiente se acerca a su nido con intenciones de supervivencia: la perdiz sale del nido dando aletazos, simulando estar mal herida y no poder correr ni volar. Así, engaña a la culebra que acude a atraparla y se aleja del nido. Al final, la bicha no come huevos, ni perdiz escabechada. Tampoco la perdiz se libra de su depredador, porque sus martingalas son una aplicación excelente de la fórmula yo pierdo-tú pierdes-ellos pierden. A éste actor, negación de lo que es un líder, lo único que le entendemos es que la responsabilidad es de los otros, mientras él vive y deja vivir…, en su partido y aledaños, pequeño Nicolás incluido.
Otro interviniente, más orgulloso que don Rodrigo en la horca, con el narcisismo a galope tendido, presume de posición, de criterio incólume, fidelidad máxima y altiva a quienes supone son sus electores. Simula haberse encriptado en sus propias creencias, porque su narcisismo, el individual y el de su grupo pretoriano, no le permite asumir su realidad de fracasado persistente. Anda enfurruñado y solo aspira a colocarse en la oposición, con tal de seguir de figurante. Sin embargo, está de acuerdo con el anterior en que la responsabilidad es de los otros, mientras lame sus heridas enrrocado en su rencor.
De un hiperactivo se puede esperar cualquier precipitación. Improvisar le resulta más fácil que reflexionar, aun a costa de contradecirse. Hablar de corrido, si respeta la sintaxis, es más fluido que escribir. Este último trabajo, además de sintaxis, exige tener ideas que no sean ocurrencias de bisoño desatado. Impactó con su desnudez de veinteañero y ha convertido su nudismo en tribunal de Dios. Corre, va y viene en cueros, pregonando que la responsabilidad es de los otros.
Hay un cuarto aprendiz de líder, agazapado y furtivo. Aparentemente, está muy ocupado en el laberinto de la mezquindad y el oportunismo, tapando goteras, apagando fuegos y haciendo bricolajes en varias averías. Con el rabillo del ojo contempla la tragicomedia que se desarrolla en el escenario, a la espera que se produzca un cataclismo sonado y estrepitoso, cuando los espectadores, definitivamente hartos de escuchar la monserga de que la responsabilidad es de los otros, se decidan a actuar, cambien de rol y, como actores, conviertan el drama en una gran catarsis nacional.
La catarsis colectiva es un crisol que depura la realidad; produce dolor, hay mucho griterío de rabia, llanto de impotencia y desesperación; se montan guillotinas y tribunales populares; se suceden reacciones destructoras y daños colaterales sin cuento, puesto que nos sitúa en el preámbulo del caos. Por eso, aconseja el sabio: deja dormir al perro que duerme.Afortunadamente, las revoluciones tampoco se hacen con masas adiposas.
Pero, una Nación es una realidad sagrada, con la que no pueden jugar matuteros y saltimbanquis. Sin el estruendo estrepitoso y trepidante de la catarsis, es más operativo desmontar la proyección, que cada agente asuma su propia irresponsabilidad y se apreste a curar su neurosis, su psicosis, o su perversión. Imaginemos qué ocurrirá si cada periodista, tras oír aquello de –la responsabilidad es de los otros- reincidiera en la pregunta diciendo: ¿entonces, si la responsabilidad es de los otros, ustedes son irresponsables? Basta con hacer de espejo para situar a cada quien ante su realidad. Luego, hay que esperar la resiliencia.
El líder que va de ala es responsable del rechazo que despierta entre sus iguales. En una democracia tan imperfecta como la que sufrimos, teóricamente, los del pueblo llano votamos un programa, apadrinado por las siglas que encabezan una lista cerrada. Hay quienes sólo votan siglas y desconocen hasta el programa. En todo caso, no votamos personas. Por ello, no es cierto que éste o aquél incremente o pierda tantos o cuantos apoyos. Mientras las listas sean cerradas y hayamos de votar una retahíla de nombres, de cuyos titulares desconocemos todo, su historia, su intrahistoria, su vida y milagros, los votos serán ciegos.
Los elegidos se conocen entre sí con mayor profundidad, aunque les falte exactitud por aquello de la proyección interpretativa de Rorschach. Pero, bien pueden revalidar o no el voto ciego de la ciudadanía. Por tanto, responsablemente, ya sin perífrasis, el líder que va de ala ha de asumir su rechazo y, definitivamente, remontar el vuelo hacia un Marquesado con Grandeza de España. Que no quede por falta de oropeles. Las siglas PP disponen de una cantera abundante para reponer la ausencia. No nos dejará huérfanos.
Ya puestos a evacuar, el figurante es absolutamente prescindible, puesto que es responsable de fracasos clamorosos y sonados. Pretendió hacer un triple salto mortal y se estrelló. Pues, váyase, por fin, y deje de reincidir en su penuria. También las siglas del PSOE tienen recambios prometedores, masculinos y femeninos, que no dan alharacas y pueden aportarnos sensatez.
Los hiperactivos, si vienen en cueros, es porque no tuvieron tiempo para vestirse. Así pues, es mejor que se tranquilicen, que maduren, que se sedimenten en una buena cava y dejen paso franco a otros ciudadanos que ya estén hechos y bragados para la brega. Los tenemos.
Una Nación siempre se tiene a sí misma, mal que le pese a cualquier Fernando VII.