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ORIENT EXPRESS

Maximiliano Kolbe

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 14 de agosto de 2016, 19:53h

A Maximiliano Kolbe lo mataron los nazis el 14 de agosto de 1941 en Auschwitz I, el antiguo cuartel del ejército polaco que los invasores habían convertido en campo de prisioneros. Tenía 47 años. Las imágenes de este lugar de dolor y muerte son famosas por el célebre letrero que reza “Arbeit macht frei” (“El trabajo os hará libres”) y por debajo del cual cada día desfilaban las cuadrillas de trabajadores forzados que se dirigían a los distintos lugares de los alrededores a ejecutar tareas que los consumirían en pocos meses. El esclavismo era parte de la maquinaria de exterminio nazi.

Kolbe había nacido en 1894 en la parte de Polonia que había quedado bajo dominio de los zares durante el proceso de partición del país entre 1772 y 1795. Su padre era alemán -algo muy habitual en Polonia y otros países eslavos- y su madre era polaca. Cuando tenía 13 años entró en el seminario menor franciscano de Lvov, que entonces contaba con una importantísima población polaca y pertenecía al imperio austrohúngaro. Entre 1910 y 1914 hizo sus votos. En 1918 se ordenó sacerdote. En 1919 se doctoró en Teología en Roma. Repárese en este detalle. Kolbe apenas tiene 25 años y el mundo que ha conocido en su niñez -los viejos imperios, el “mundo de ayer” del que hablaba Stefan Zewig- ha desaparecido del mapa. Kolbe dedica todo su tiempo a propagar y profesar la devoción mariana. En ese mismo año de1919 estallan la Revolución Espartaquista en Alemania y la Guerra Polaco-soviética. La Guerra Civil Rusa está en pleno desarrollo. En medio de los terremotos de la Historia, solo la Iglesia y la fe brindan a la humanidad un asidero firme. Kolbe regresa a la Polonia que ha renacido tras la I Guerra Mundial. Enseña en el seminario de Cracovia, la ciudad donde estudió Copérnico y en la que se está formando un joven, Karol Józef Wojtyła. Funda un semanario: El Caballero de la Inmaculada. Dirige publicaciones periódicas. Se dedica a la prensa. Lleva el Evangelio al nuevo areópago de su tiempo: los medios de comunicación.

En 1930, se marcha de misionero a Asia. Pasará allí seis años. Pasa por China y se establece en el Japón. El militarismo japonés está en su apogeo. El imperio ocupa Corea desde 1910 y está preparando el asalto definitivo a China. Iris Chang ha descrito esa sociedad que condujo a la masacre de Nanjing y la invasión de toda Asia. Este polaco de 37 años funda un monasterio en una montaña a las afueras de Nagasaki y allí abre una imprenta. Publica una edición en japonés de “El caballero de la Inmaculada”. Cuando en 1945 la aviación estadounidense arroje la segunda bomba atómica sobre Nagasaki, la imprenta y el monasterio quedarán incólumes gracias a la protección del impacto brindada por la montaña. En 1932 se marcha a la India. Allí funda otro monasterio. Este hombre de energía admirable, sin embargo, está agotado. En 1936 debe regresar a Polonia porque su salud se está resintiendo.

Hay algo fascinante en este Kolbe que funda revistas, monasterios e imprentas. De regreso en Polonia, también cultiva la radiofonía. En 1938 abre una estación de radio en Niepokalanów. Tiene su propia licencia de radio: la SP3RN. La modernidad le da las herramientas necesarias para llevar una palabra de esperanza y salvación que no dependa de los embates de la Historia. Uno debe imaginar qué hubiese hecho este doctor en Teología con la televisión o con internet. Kolbe lidera, mueve a otros a actuar, pone en marcha proyectos consistentes, sólidos, perdurables. Es un hombre conservador, tradicionalista en sus ideas. A veces, lo han acusado de antisemita, aunque en realidad el judaísmo desempeñó un papel más bien menor en sus escritos, que se refieren a la conversión de los judíos -un tema habitual en el discurso de la época- y no tanto al discurso racista del antisemitismo moderno.

El 1 de septiembre de 1941 las tropas del Tercer Reich invaden Polonia. El ejército polaco combate con arrojo. Los nazis deben pelear por cada palmo de terreno, pero avanzan rápido. Los alemanes cuentan con superioridad aérea. Los “stukas” siembran el terror. Hitler ha enviado un millón y medio de soldados, 2.750 tanques, 9.000 cañones y 2.315 aviones. El Führer ha decretado la destrucción de Polonia y el sometimiento de su pueblo a la esclavitud. Toda la intelectualidad polaca debe ser exterminada. Sus universidades y centros de estudios deben ser clausurados. Sus medios de comunicación silenciados y cerrados. Bajo el dominio nazi, la cultura polaca debe ser borrada de la faz de la tierra.

Kolbe organiza un hospital en su monasterio. Los nazis lo arrestan el 19 de septiembre -los soviéticos han invadido Polonia dos días antes- pero lo liberan en diciembre. Se niega a beneficiarse del estatuto que le daría ser hijo de alemán. Pensemos un segundo en esta ruptura con los nazis, porque Kolbe podría haberse salvado de todo lo que vendrá a continuación. Podría haberse acomodado al nuevo orden del Reich reconociendo y haciendo valer su ascendencia alemana. Ahora bien, este sacerdote no quiere. No solo se niega, sino que actúa, se revuelve contra esta invasión abyecta y este orden de muerte y violencia. En su monasterio han quedado algunos hermanos. Junto a ellos, Kolbe da protección, alimento y refugio a los desplazados; entre ellos, hay unos dos mil judíos. El Kolbe de 1941 no parece tener problema alguno en ayudar a los judíos. Consigue un permiso para seguir publicando en su imprenta del monasterio, pero saca materiales antinazis. En febrero de 1941, los ocupantes cierran el monasterio. En mayo, lo mandan a Auschwitz.

El campo lleva funcionando desde mayo de 1940. Le dan el número de prisionero 16670. Allí Kolbe sigue ejerciendo de sacerdote. Sufre palizas. Lo azotan. Una vez sus compañeros lo introducen de forma clandestina en la enfermería para que reciba asistencia médica. Su destino no es diferente del de los otros presos. En julio de 1941, se fugan tres reclusos. El castigo colectivo es atroz: por cada fugado, diez de sus compañeros serán condenados a morir de hambre. Entre los escogidos para la muerte por inanición está el sargento polaco Franciszek Gajowniczek, que se lamenta a gritos “¡Mi mujer”, ¡Mis hijos!”. Entonces Kolbe, que lo escucha, se ofrece voluntario para reemplazarlo y morir de hambre en su lugar.

En un tiempo de palabras e imágenes, a veces hay que detenerse a contemplar. Guardemos, pues, un instante de silencio.

Kolbe ha dado un paso decidido hacia la muerte para salvar a otro. No es un suicidio. Es un sacrificio inspirado por el amor a Cristo. He aquí al Kolbe sacerdote que ha seguido a Cristo por Europa y Asia. He aquí al hombre que ha crecido con la convicción de que quien quiera salvar su vida la perderá y quien la pierda la ganará para siempre. Es alguien que sabe que no hay mayor amor que el de quien da la vida por sus amigos. Encierran, pues, a Kolbe en la celda subterránea donde ha de morir de hambre junto con los otros prisioneros.

Los testigos cuentan que en sus últimos días Kolbe dirigía las oraciones. Dicen que rezaba arrodillado a la Virgen María. Al cabo de dos semanas, solo él seguía vivo.

Los nazis necesitaban la celda -nótese lo espantoso de esta necesidad- así que decidieron matar a Kolbe con una inyección de ácido carbólico. Lo mataron el 14 de agosto de 1941. Sus restos fueron incinerados al día siguiente. Era la fiesta de la Asunción de María.

La vida y la muerte de Maximiliano Kolbe imponen sobre nosotros algunas preguntas esenciales sobre el significado profundo de la fe de los cristianos y sobre aquellos que murieron para salvar a otros durante la ocupación nazi en Europa. Más aún, Kolbe muestra bien a las claras el sentido del seguimiento de Cristo y de la fidelidad al Evangelio. Recuérdese que su destino, tal vez, podría haber sido otro -quizás podría haberse adaptado como hijo de alemán al nuevo orden nazi- pero hubiese pagado un precio inasumible.

Frente a un Estado totalitario que pretendía controlar todos los aspectos de la vida de las personas-desde su nacimiento hasta su educación, su sexualidad, su pensamiento político o la forma de su muerte, la vida y la muerte de Kolbe brindan un ejemplo de libertad y coherencia evangélica cuya dimensión trascendental es ineludible. Hay en la historia de Kolbe algo profético que nos interpela y nos pregunta por la profundidad de aquellos en lo que cada uno cree. También nos pregunta por el tipo de orden social que él conoció y al que se enfrentó con la fuerza del Evangelio.

En 1982, Juan Pablo II canonizó a Maximiliano Kolbe, santo y mártir. Se lo representa con su hábito franciscano y el traje de recluso sobre él portando la palma del martirio y un ejemplar de la revista “El caballero de la Inmaculada”. Es patrono de los radioaficionados, los presos políticos, los prisioneros, los periodistas y de los esperantistas.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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