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WELTPOLITIK

Good bye, Fidel

miércoles 17 de agosto de 2016, 20:14h

Más que los noventa años de edad del comandante en jefe Fidel Castro, la cifra mágica que debe interesar es la de sesenta y tres, casi dos tercios de siglo en los que la mano dura, personal, militar, represiva y vengativa de Fidel ha dominado la vida política de la pequeña isla de Cuba y de Iberoamérica. La Cuba de hoy está en peores condiciones que las que existían en 1953 cuando pronunció su famoso alegato “la historia me absolverá”.

Castro, el castrismo y la revolución cubana fueron un movimiento cultural, ideológico y simbólico. El eje rector de su influencia social no fue en realidad la utopía del comunismo --el mundo se embarcó en la guerra fría no sólo con el Muro de Berlín de octubre de 1961-- sino el repudio continental a los gobiernos imperiales de dominación y explotación de los EE.UU. en Iberoamérica. Castro lo supo y convirtió a Washington en el “perro del mal” iberoamericano y en su lucha contra el Leviatán habrían de justificarse los más graves errores del socialismo cubano: la represión, el cierre de fronteras y la pobreza.

El perfil de liderazgo de Fidel construyó una leyenda alrededor de su lucha y de su gobierno. La irrupción de la guerrilla cubana 1953-1958 en la lucha contra el dictador Batista sostenido por los estadunidenses consiguió un efecto cultural porque los primeros y más activos promotores de la leyenda castrista fueron los intelectuales progresistas. Iberoamérica estaba saliendo en la segunda mitad de los cincuenta de la ola populista --Lázaro Cárdenas en México, Getúlio Vargas en Brasil, Perón en Argentina-- y los estamentos militares como poderes fácticos a través de golpes de Estado.

El verdadero liderazgo político de Fidel y Cuba ocurrió después de su definición comunista en 1961. Los guerrilleros barbudos llegaron al poder pero fracasaron al administrar el gobierno. El mejor ejemplo fue el argentino Ernesto Che Guevara: ministro de Industria y director del Banco Central, abandonó el gobierno para abrir en Iberoamérica a “crear dos, tres, muchos Vietnam”, según su afortunada y simbólica frase de 1966, precisamente antes de partir hacia Bolivia a construir una guerrilla, aunque al final fracasó, fue traicionado y asesinado por militares en octubre de 1967. Vietnam y Cuba ilustraron el sentimiento anti norteamericano en el mundo.

La historia real de Fidel y de la revolución cubana está por escribirse; no es fácil combatir a un monstruo de la popularidad simbólica: Castro como héroe existencial porque la existencia precede a la esencia, un héroe carlyliano, un punto de referencia que se agota en sí mismo y no en la evaluación de sus resultados. Como en cámara lenta, cuadro a cuadro, esta parte del simbolismo de Castro comienza a desdibujarse por las relaciones diplomáticas de La Habana a la diplomacia geopolítica del dólar: sin Washington como el enemigo semiótico, el pueblo cubano y la izquierda mundial han comenzado a percatarse que Fidel fue un engaño revolucionario.

En todo caso, Fidel ha sido el referente de gobernantes como carta de negociación frente a los EE.UU. La revolución cubana no se hizo autoritaria sino que nació autoritaria. En julio de 1959, con siete meses en el poder, el ex presidente mexicano Lázaro Cárdenas estuvo en la plaza central de la Habana para recibir el homenaje por haber encabezado una fase de la revolución mexicana, pero a esa misma hora, en el Palacio de Gobierno, el comandante Huber Matos estaba siendo arrestado por la policía castrista, paradójicamente al mando de un titubeante Camilo Cienfuegos, acusado de denigrar a la revolución cubana acusándola de comunista. Luego de abril de 1961 y por la invasión fracasada de abril de 1961, Fidel Castro anunció a la revolución cubana como una revolución comunista. Cienfuegos, el más carismático líder de la revolución, desapareció en el mar y Matos estuvo más de veinte años en la cárcel.

Los intelectuales que construyeron la imagen mítica de Castro se percataron del autoritarismo de la revolución diez años después de su victoria, en 1971 cuando el gobierno arrestó al poeta Heberto Padilla y al estilo soviético lo obligó a una auto confesión incriminatoria; pero los intelectuales del boom literario que criticaron y rompieron con Castro por Padilla --con excepción de Gabriel García Márquez. Sin embargo, Castro mostró muy temprano su perfil dictatorial: en el segundo trimestre de 1961 censuró el documental P.M. que mostraba la vida nocturna de La Habana y provocó críticas de los intelectuales cubanos. El 20 de junio Fidel se reunió con ellos para fijar el límite autoritario del poder: “con la revolución, todo; contra la revolución, ningún derecho”. Desde 1961 Cuba fue una dictadura personal, militar y familiar.

Los noventa años de edad fueron celebrados en La Habana con fiestas desangeladas, con Fidel teniendo al lado al dictador venezolano Nicolás Maduro y con los últimos intelectuales procubanos felicitándolo por telegrama. Pero fuera de los recintos, la pobreza de Cuba es inocultable, luego de cincuenta y siete años de control castrista del gobierno. Las pocas informaciones veraces sobre esas fiestas mostraron una versión caribeña de Good Bye Lenin, del alemán Wolfgang Becker de 2003, en la que un alemán de la vieja Alemania comunista ya inexistente por la caída del muro le construye a su mamá escenas de la vieja patria socialista.

El grito de batalla de Fidel ha sido corregido: del “Cuba sí, yanquis no”, se ha pasado al “Cuba sí, yanquis… también”. Como en tiempos de Batista, Cuba es un centro de recreo para ricos, con auge de la prostitución y los cubanos con sus tarjetas de racionamiento y sin acceso al dólar. Fidel, en su senilidad de los noventa inviernos, aparece como el personaje central de El otoño del Patriarca, la novela de García Márquez que por cierto sigue estando prohibida en Cuba por decisión del propio Fidel.

indicadorpolitico.mx

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@carlosramirezh

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