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TRIBUNA

80 años de la muerte de Lorca

viernes 19 de agosto de 2016, 20:15h

El 18 de agosto la envidia y la vesania asesinaron a Federico García Lorca en el barranco de Víznar, ayer mismo se cumplían los 80 años de aquella muerte producto de una malquerencia aguerrida a la homofobia y a la crueldad que siembre lleva como xerografiada una guerra civil. Federico –del cual por cierto en estos días me han hecho una entrevista por IB3 Radio- fue un hombre que a sus 37 años había dicho en los periódicos de Granada que allí mismo se encontraba la peor burguesía de toda España. Federico era un rojo pero sin comunismo, un poeta republicano que sólo hizo que escribir contra la guardia civil en su “Romancero gitano” y soldar sus filiaciones por el Frente Popular. Nunca fue un militante de la izquierda republicana, ni siquiera realizó mítines, tal y como hicieran sus amigos Alberti o Miguel Hernández en aquellos tiempos ominosos y ahítos de vulcanismos. Federico era un homosexual libre que amó a hombres casi tanto como a sus metáforas, a sus cráteres abiertos tras el estreno de sus obras de teatro –veamos “Mariana Pineda”- o a la hora de defender a los oprimidos que primero fueron los gitanos –los romances- y más tarde los negros de Nueva York –leer “Poeta en Nueva York”-.

Yo recuerdo que leí a Federico en mi adolescencia y quedé oloroso como un botafumeiro tras sus poemas neoyorquinos, pues que aquel surrealismo tan español y tan 27 me enseñó a escribir en vanguardia y a entender que la poesía sólo es una cuestión de la forma, de la estética, del adjetivo sorprendente, de las palabras que hieren cuanto más alejados estén lo real de la imagen, que ya es el metaforismo llevado a sus últimas consecuencias. La metáfora en Lorca es voltereta de una óptica abisal que sólo se puede ver mediante prismáticos, pues se halla tan escondida y tan visillo de la vivilidad que hay que buscarla en un surrealismo puramente español muy alejado del francés de Breton, Jarry, Eluard, Aragon, Ponge, Soupault, Desnos y toda la ristra de ajos de aquel afrancesamiento que tuvo en la pintura su más alto grado de evaporación lírica, así Magritte, Ernst, Man Ray, Duchamp, Delvaux, De Chirico, Dalí, Miró y así todo seguido. El surrealismo lorquiano debe entenderse desde un fondón de trazos de amargura más un significado de casidas y palomas, más la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías.

Como digo el asesinato de Federico fue tan absurdo como el de los dos banderilleros y el maestro de escuela que rezaron el Padrenuestro en la Colonia en la misma madrugada en que todos fueron pasados por las armas. Fue un informe escrito por el ex diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso, en el que se vertían todo tipo de falsedades e iracundias –como que Federico era un espía ruso, que era comunista, que había arengado a los obreros en las fábricas de Madrid, y tantos otros disparates-, el que produjo que el comandante José Valdés Guzmán llamara a Queipo de Llano, entonces ojo de Sevilla, quien dijo aquella famosa frase de “a ése lo que a los demás, café, mucho café”.

Han aparecido últimamente nuevos informes en los que se detallan cómo fue exactamente el asesinato de Federico García Lorca. Un documento del Ministerio de Gobernación desclasificado en 1965, cuando Manuel Fraga era ministro de la cosa, nos alerta que aquello fue solamente un asesinato ideológico, necesario para ejemplarizar lo que a los “maricones” y a los “rojos” se les venía encima en aquellos tres años visionarios de una guerra civil que se oteó como vesícula del odio. El odio fue lo que asesinó a Lorca, porque el odio es un veterinario que rasga vestidos –Lorca iba trajeado de blanco y con pajarita cuando lo enterraron a flor de tierra- cuando la urticaria ideológica se emulsiona por encima del civismo, de la cordura o de la democracia. Lorca sólo era un poeta que quería vivir en libertad y al cual le dejaran escribir sus amores en sus sonetos últimos o su última obra dramática no estrenada en vida del poeta, “La casa de Bernarda Alba”.

Las ideas, que son montones de excrementos de perros vagamundos, dieron el balazo a Federico, quien fue una letra versal de un tiempo en que las revoluciones comunistas y anarquistas encendieron las venganzas entre las dos Españas que aún hoy siguen existiendo. Federico fue producto de los pastos de los vernáculos ideológicos, como digo, y es así cómo únicamente se puede entender su muerte. Ni los Rosales ni su fama internacionalista pudieron evitar aquella crónica de una muerte anunciada, como diría Gabo.

Lorca es el mejor poeta del siglo XX y yo diría que, junto al barroco español, de toda la historia de la literatura española. Usó la palabra como verja para airear el tradicionalismo y revertirlo en modernidad, tanto en su teatro como en su poesía. Yo tengo un ensayo y una obra de teatro –ésta última sobre sus últimos días en Granada- todavía inéditos. Mi lorquianismo es vesánico y carnal. Tardará mucho en nacer un andaluz tan lúcido de metáforas y de palabras halladas entre los jardines juanramonianos de la Residencia de Estudiantes.

Federico entendió que al verdín hay que rociarlo de canícula de rinconeras o de horóscopos valladares que escriban en presente de indicativo el verbo “pulverizar”. Que no busquen su cadáver, que yo no quiero ver los huesos de Federico como éste tampoco quiso ver la sangre de Ignacio Sánchez Mejías. Federico sigue siendo la walkiria de los radiadores evolucionando en sus rallies.

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