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Burkinis en libertad, igualdad y fraternidad

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
martes 23 de agosto de 2016, 20:15h
Actualizado el: 23 de agosto de 2016, 20:32h

El burkini es una prenda que enraiza con el machismo y la sociedad patriarcal que rige a lo ancho y largo del mundo. Con esta afirmación por delante, la prohibición en varias localidades francesas de esta prenda -el bikini integral que usan, fundamentalmente, las mujeres musulmanas para cubrir su cuerpo mientras se bañan en playas y piscinas públicas- parece responder más a una especie de golpe en la mesa que a un razonamiento lógico en un contexto de crispación, miedo y tendencia a la división tras los últimos atentados yihadistas en Francia.

En este debate, delicado y con razonamientos de peso a uno y otro lado, entran en juego diversos conceptos como seguridad, religión y libertad individual. Pero, primero, el propio término de burkini llama a engaño. Quizás sería más correcto llamarlo chadorkini. Suena peor, lo sé, pero la diferencia entre el burka y el chador es que el primero cubre la cara de la mujer y el segundo no, siendo más parecida la forma del ‘burkini’ a la del chador, cuyo uso no está prohibido en Francia como sí lo está en el caso del burka.

Ahora sí, vamos por partes. El concepto de seguridad ha sido esgrimido por los defensores de la prohibición. Escribo y borro porque no encuentro la manera –será el recién regreso vacacional- de repasar la vestimenta –incluso las armas o los ‘modus operandi’ del horror- de los terroristas que han atentado durante el último año en Francia sin sonarme frívola a mí misma. Así que paso palabra y confío en el lector.

Luego está el asunto de la religión. Los regidores de las localidades en la que se ha prohibido el burkini han aludido a la demostración “ostentosa” de la pertenencia a una religión siendo Francia un país laico. Pero, por un lado, los estados laicos respetan cualquier confesión religiosa sin favorecer ninguna desde las instituciones públicas, sin cuestionar o decidir sobre las manifestaciones religiosas individuales. Y, por otro, la calificación de lo que es o no es “ostentoso” entra dentro de una subjetividad peligrosa cuando se habla de normativas que regulan la libertad de los ciudadanos.

Por último, el asunto mismo de la libertad, probablemente el más espinoso. Porque algunas defensoras del uso del burkini expresan su voluntad de vestirlo, mientras que los/las detractores/as cuestionan que el deseo sea real, argumentando la educación machista en el mejor de los casos y presiones o amenazas en el peor.

Si hay una parte de las mujeres musulmanas que cubren su cuerpo por imposición de sus maridos y contra su propia voluntad, la prohibición de vestir el burkini podría defenderse como una medida de protección de las mujeres en un contexto de desigualdad. Pero la reprensión pública, la estigmatización y, en lo más tangible, la multa es para ellas. De modo que, hasta que a alguien se le ocurra la manera de saber quiénes se cubren por coacciones y cómo castigar a los responsables, la prohibición parece lejos de solucionar el problema.

Sobre el dominio masculino que subyace a las decisiones “libres” de las mujeres cabe un amplio debate que abarca también a Occidente y la vestimenta y comportamiento femeninos de manera transversal a todas las culturas, países y religiones. La interpretación del Islam que dicta una determinada manera de vestir a las mujeres, como propiedades del hombre que hay que preservar de miradas ajenas, es una muestra de la opresión de la mujer. Como lo son, a otro nivel y en otro contexto, los conceptos occidentales de la feminidad, asociados a la sexualidad definida en base a parámetros masculinos. Diferentes puntos de un camino por recorrer en el que el acceso a la información y a la educación son las mejores armas.

En cualquier caso, la prohibición del llamado burkini plantea serias dudas en torno a su finalidad y efectividad, ya sea en objetivos de seguridad, libertad o igualdad. Sobre todo, en un contexto en el que la nueva normativa gala se convertirá en un argumento de peso para quienes ven en Occidente un enemigo, será un nuevo obstáculo en la necesaria diferenciación entre Islam y terrorismo y contribuirá a abrir una brecha en el lado equivocado. La división no es entre islamismo –con todos los peros que puedan, desde nuestra perspectiva, suscitar sus interpretaciones- y occidente. Sino entre fanatismo y cordura.

Laura Crespo

Redactora jefe de El Imparcial

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