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TRIBUNA

Los Juegos Olímpicos y el ridículo racismo nazi

Alejandro San Francisco
martes 23 de agosto de 2016, 20:17h

La finalización de las Olimpiadas de Río de Janeiro deja una estela de tristeza, a lo que se suma la esperanza por lo que sucederá en cuatro años más. Los mejores deportistas del mundo han dado lo mejor de sí, las estrellas han estado en las noticias durante semanas, ha habido momentos deslumbrantes, resultados esperados y alguna sorpresa. Hay momentos extraordinarios, que superan nuestras expectativas: ahí están los triunfos y medallas de oro obtenidos por Usain Bolt en el atletismo o de Michael Phelps en natación; también hubo resultados que coronaron una historia, como ocurrió con la selección de Brasil en el fútbol, que conquistó la victoria que le faltaba en una galería de éxitos repetidos en los más diversos torneos internacionales.

El término de los Juegos ha coincidido con una noticia histórica de indudable valor: la constatación de que Magda Goebbels -la esposa Joseph Goebbels, el líder de la propaganda del nacionalsocialismo- era de origen judío. El padre biológico de la mujer era el comerciante Richard Friedländer, quien fue enviado al campo de concentración de Buchenwald, donde falleció a fines de la década de 1930. No está de más recordar que los Goebbels eran presentados como una familia ideal de los arios, considerando también a los seis hijos de ambos.

El jefe de la propaganda de Hitler era un hombre destacado dentro del régimen, fanático en sus convicciones y decidido en su acción. Conservaba un diario de vida donde reproducía algunas de sus ideas, así como también conversaciones personales con Hitler durante los años en que compartieron el poder. Su fanatismo antisemita era conocido y mostraba pública y privadamente el odio del régimen. En noviembre de 1937 Goebbels escribió: “Larga discusión con Hitler sobre la cuestión judía… Los judíos deben salir de Alemania, de hecho deben salir de toda Europa. Todavía llevará algún tiempo, pero debe ocurrir y ocurrirá. El Führer está absolutamente decidido a ello”. También se expresó sobre la llamada Noche de los cristales rotos, de noviembre de 1938: “Quiero volver al hotel y ver un [resplandor] rojo sangre en el cielo. La sinagoga… Sólo extinguiremos el fuego para salvar los edificios vecinos. De lo contrario, que arda hasta los cimientos. Desde todo el Reich llega información: 50 sinagogas están ardiendo, luego son ya 70. El Führer ha ordenado que de 20.000 a 30.000 judíos sean arrestados de inmediato… En Berlín arden 5 sinagogas, luego 15. La ira popular se inflama… Debería dársele rienda suelta”. Hitler reconocía su fidelidad, manifestándole la gran importancia que tenía “una implacable propaganda antisemita”. Goebbels reflexionaba al respecto: “El éxito se conseguirá mediante la repetición constante. Está enormemente complacido con nuestra intensa campaña antisemita en la prensa y en la radio”. Estos textos se encuentran reproducidos en los dos tomos de El Tercer Reich y los judíos, de -paradójicamente- Saul Friedländer (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009).

Hitler y la Alemania nazi también están vinculados a la historia del deporte mundial. Uno de los hitos más recordados de la trayectoria de los Juegos Olímpicos se produjo en Múnich en 1936. Para entonces Adolf Hitler llevaba apenas tres años en el poder y gozaba de cierto prestigio por sus logros económicos y la disminución del desempleo. Todo se preparó como un sostenido acto de propaganda: los Juegos debían ser perfectos y las victorias alemanas -de la raza aria- contribuirían a ello. Sin embargo, hubo un hombre que decidió hacer fracasar la fiesta, con su victoria en los 100 y 200 metros planos, en la posta y en el salto largo. Para mayor vergüenza del Führer, Jesse Owens era un hombre norteamericano de raza negra, es decir inferior de acuerdo a la lógica nacionalsocialista.

Los Juegos Olímpicos, felizmente, no son un buen lugar para el racismo, como no debería serlo el deporte ni la vida civil en su conjunto. Una de las manifestaciones más notables en las distintas pruebas se aprecia cuando llegan a la meta europeos y asiáticos, africanos y latinoamericanos, norteamericanos blancos y de color, cuestión que ahora ocurre también en numerosas delegaciones de Europa. La victoria va a quien corresponde, sin discriminaciones de raza ni de otro tipo, sólo vale el mérito deportivo, el esfuerzo personal y colectivo, el trabajo sistemático. Así se pudo ver una ver más en los diferentes deportes.

Porque, con o sin Juegos Olímpicos, la política racista de Hitler fue un despropósito desde un comienzo, y su promoción del odio racial y políticas de discriminación, persecución y exterminio tuvieron un costo enorme para Alemania y el mundo. Habiendo pasado siete décadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el descubrimiento de los datos de Magda Goebbels nos permiten acercarnos nuevamente al sinsentido del nacionalsocialismo y complementar nuestro conocimiento sobre esos años de miedo. Y tiene un cierto significado que coincida con la clausura de la fiesta deportiva.

Conviene recordar el final de aquella historia, narrada en distintos estudios sobre el término de la Segunda Guerra Mundial. Hitler había decidido suicidarse, y algunos lo acompañaron en esa decisión, entre ellos el propio Joseph Goebbels. Para dar mayor dramatismo a la situación, lo acompañaría su mujer y darían veneno a sus hijos. La reflexión de Magda al respecto es clarificadora y espeluznante: “Es mejor que mis hijos mueran a que vivan en la vergüenza y el oprobio. Nuestros hijos no tienen sitio en una Alemania como la que habrá después de la guerra”. Así lo narra la secretaria del Führer, Traudl Junge, en Hasta el último momento (Barcelona, Península, 2003), obra que serviría para la película La caída, dirigida por Oliver Hirschbiegel, y con una extraordinaria actuación de Bruno Ganz. En resumen, no valía la pena vivir en un mundo sin nacionalsocialismo.

Han terminado los Juegos Olímpicos y la vida continúa. Felizmente, hay muchas cosas por hacer, entre ellas recuperar la historia, que sigue alimentándose de noticias y descubrimientos que nos permiten pensar el siempre apasionante y dramático siglo XX. Entre esos temas, el ridículo provocado por el racismo siempre debe ocupar un lugar.

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