Buscando en las estanterías de una biblioteca encontré un curioso libro del año 1923, titulado “Nociones de urbanidad”, que se enseñaba a nuestros antepasados para aprender los buenos modales desde la más tierna infancia; lo que se ha calificado técnicamente como la civilización del comportamiento. En dicho año, que consta la publicación del referido libro sobre urbanidad, Ernest Hemingway viajó por primera vez a Pamplona para asistir a las fiestas y correr en los famosos encierros taurinos. Supongo que en aquella época no habría la mitad de la gente que asiste ahora a las masificadas fiestas pamplonicas y, al estar más separaditos los festeros y festeras por sobrar entonces espacio en la plaza, no se daban tantas agresiones ni abusos sexuales como ahora. Y es que actualmente ya no existe la caballerosidad ni los modales de urbanidad que aprendían los jóvenes de entonces. Entre otras buenas costumbres, se daba paso y se cedían los asientos a las señoras y no se bostezaba ni se sorbía con resoplo la sopa en la mesa. ¿A ver quién arregla ahora todo eso, en la época del botellón y las guarrerías de muy mal ejemplo que nos están ofreciendo por Magalluf y otros lugares de mala prensa? Ni siquiera los socialistas, que intentaron con el plan de estudios de Zapatero meter en vereda a los insumisos jóvenes de nuestra era con la asignatura de la educación para la ciudadanía, consiguieron nada positivo para emular aquellas buenas costumbres y mejores modales. Y es que aquí se pasa, sin ambages, de la nada al todo o viceversa.
Sin embargo, no todo era de color de rosa en aquella época cuasivictoriana. En el año 1923, el General Primo de Rivera dio el golpe de Estado en cuyo manifiesto dijo, entre otras lindezas, lo siguiente “Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos que para la patria preparamos”. Ciertamente, como se dice comúnmente, era un hombre de armas tomar. Se trataba de un discurso donde se reflejan las repetidas palabras de los salvadores de la patria que no conviene olvidar en nuestros días, para que las tengan presentes los diversos dirigentes de los partidos políticos en España que no llegan a ponerse de acuerdo para formar gobierno, ya que siempre los hay dispuestos a repetir tales hazañas con la excusa de poner orden y salvar la patria ante tal desconcierto.
No resultaría políticamente correcto en la actualidad emular las pretensiones del General Primo de Rivera quien decía, en su manifiesto del golpe de Estado, que “ante este gravísimo problema nacional, de indisciplina social y pasiones tendenciosas…, no venimos a llorar lástimas y vergüenzas, sino a ponerles pronto y radical remedio”. Han pasado ya muchos años y no sería nada conveniente volver a épocas ya superadas, ni siquiera en los temas de urbanidad de entonces; pero no estaría mal, si recuperamos algo más de buena educación en nuestras relaciones sociales. Hoy todo vale. En lugar de un código de buenas costumbres y modales, nos tenemos que conformar con que no se infrinja el Código Penal, que tampoco ya se respeta ni siquiera por las personas que tienen más enseñanza y títulos académicos. Y es que una cosa es la enseñanza y otra la educación. Por muchos títulos de enseñanza obtenidos, si no tenemos una conducta ética bien arraigada, no estaremos libres del yugo del vicio y de la indecencia. Léase aquí: políticos corruptos, banqueros estafadores, pederastas sin escrúpulos, maltratadotes machistas y una ristra interminable de acciones sancionables que pululan en nuestra sociedad como el pan nuestro de cada día. Con toda seguridad, para salvar tan denostada situación, no bastarían las reglas cuasiangelicales que se predicaban en los libros de urbanidad de nuestros abuelos. No obstante, no estaría de más que se tuvieran en cuenta algunas de las reglas de aquella urbanidad que entonces se aprendían, siquiera sea para recordar otros tiempos más inocentes, pues mucha cordura nos falta ahora para superar tragedias que cada día se nos ponen delante con actitudes imperdonables. Véanse, sino, algunas de esas perlas: “Ser honrado y no tratar de engañar al vecino; socorrer al menesteroso; no ser glotón; prestar obediencia a los mayores; pedir las cosas por favor y ser paciente; no ser presuntuoso; tratar de corregir nuestro mal carácter, aunque no sea fácil”. Si bien otros consejos de aquella urbanidad difícilmente se entenderían y aceptarían en la actualidad, por su discriminación o conformismo social, tales como: lavarse semanalmente los pies e ir bien aseados (sobre todo las niñas); estar contentos con la propia suerte, como el hombre feliz que no tenía camisa”. Y es que en toda época y lugar se cuecen habas, aunque fuera para guardar el orden, el decoro y el respeto, como era la finalidad de la urbanidad en la enseñanza de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, época dorada de la pedagogía de la higiene y urbanidad social. Más conocidas y de actualidad son las siguientes: la sonrisa amable y sincera debe ser nuestra tarjeta de visita; saber escuchar los problemas de los demás y comprender sus necesidades; negar el saludo evidencia descortesía y ofensa; en las colas debe respetarse el turno… En definitiva, educados, corteses y amables, sí; pero tontos, no. Esto último también vale para los electores ante unas posibles nuevas elecciones generales, si la ocasión se tercia. Nunca mejor dicho, pues a la tercera va la vencida; o eso, por lo menos, es lo que dicen y piensan algunos.