Menos por su ascendencia genética que por influjo literario, la vida y obra de Jorge Luis Borges está agradecida y enriquecida de España. “Recuerdo la primera vez que leí el Quijote, era un niño, fue allá por los años 1908 o 1907; desde entonces no he dejado de releerlo -dirá al recibir el Premio Cervantes, y agregará de manera incomparable para completar su gratitud-. También me conmueve mucho el hecho de que este honor me llegue de manos de un rey, ya que un rey, como un poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino sin buscarlo; es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal…”
Esa influencia española se puede advertir con nitidez a lo largo de toda la obra de Borges. Nacerá de sus lecturas infantiles, de los años vividos en Europa y, sobre todo, de su formación en España al iniciar su camino de escritor.
El acercamiento directo se produce cuando Borges se establece en Madrid con su familia y allí se relaciona con Rafael Cansinos-Assens, “Fue el primer gran escritor que conocí -recordará-. Era un erudito sorprendente, un hombre que daba la impresión de que lo había leído todo; Cansinos me pareció como el símbolo de toda la civilización, oriental y occidental”. Borges de inmediato lo aceptará como su maestro.
Cansinos Assens había nacido en Sevilla en 1882 y en la década de 1920 se mostraba como un fecundo autor; cuando Borges lo conoce y lo frecuenta, había escrito más de cincuenta libros y se destacaba además como traductor y prologuista. Era el intelectual convencido de que el arte de la literatura es una de las más complejas y severas disciplinas del espíritu, y desde ese concepto le había dedicado su vida apasionadamente.
Ese sabio maestro andaluz había descubierto que su apellido Cansinos figuraba en unos de los registros de la Inquisición, y decidió convertirse al judaísmo. Inspirado en ese hecho, el poeta Borges le rinde homenaje con un precioso soneto donde resalta su noble actitud:
La imagen de aquel pueblo lapidado
y execrado, inmortal en su agonía,
en las negras vigilias lo atraía
con una suerte de terror sagrado…
…y sintió que era suya esa dulzura
y sintió que era suyo aquel destino.
Agreguemos que la tertulia literaria que presidía Cansinos-Assens, siempre evocada por Borges como una forma de la felicidad, se realizaba los sábados en la medianoche, y hasta la madrugada, en el Café Colonial, y en ella participaban destacados representantes de la vanguardia literaria de España.
No le sucede lo mismo con la tertulia de Ramón Gómez de la Serna. Impulsado por Guillermo de Torre, que luego se convertiría en su cuñado, Borges concurre al Café de Pombo, cercano a la Puerta del Sol y rechaza de plano el personalismo de su animador. “Una sola vez me bastó para sentirme incómodo ante el estilo que imponía a su tertulia -recordaba Borges-. Allí había un gracioso, un pobre infeliz, que llevaba un brazalete del que colgaba una campanilla. Daba la mano a los concurrentes y la campanilla sonaba, y Gómez de la Serna decía invariablemente: “¿Dónde está la serpiente?”. Buscaba traidores a su causa y él suponía que eso era divertido. Se volvió con orgullo hacia mí y me dijo: “¿Seguro que usted no ha visto en Buenos Aires nada parecido? No, por suerte no he visto nada igual -respondí yo.”
Alentado por Cansinos-Assens y sus seguidores, Borges se incorporará, no por demasiado tiempo, al movimiento ultraísta; pero será el Siglo de Oro el que hará carne en él y lo tendrá como su divulgador permanente y confeso. Se referirá a Quevedo como “el más grande escritor verbal”; (“No imagino un día de mi vida sin recordar un poema de él”); dirá de Lope de Vega que es “el autor de los sonetos más dulces de la lengua española”; a Góngora lo canonizará diciendo que “nadie ha vivido como él en un mundo verbal, ni más pleno de palabras”. Pero, en especial, será Cervantes motivo de relecturas y análisis constantes, siempre reveladores (“Ya no sé si ese comienzo: ‘En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía... etc.’, es bueno para una divinidad imparcial; sé únicamente que toda modificación es sacrílega y que yo no puedo concebir otra iniciación del Quijote”).
Es bien conocido que Borges escribió muchos ensayos críticos a propósito de la obra egregia de Cervantes, pero entre esos textos resulta preciso establecer una distinción, ya que por un lado están los dedicados a la novela, tales como La conducta novelística de Cervantes (1928), Magias parciales del Quijote (1949) o Análisis del último capítulo del Quijote (1956). Por el otro, se suman los trabajos críticos dedicados a las lecturas recibidas por la novela. En este caso vale la pena subrayar que el objeto de su juicio no era el Quijote ni Cervantes, sino sus comentaristas y, en especial, los cervantistas españoles. Por eso, cuando encontramos en Borges una afirmación supuestamente adversa al Quijote no es superfluo preguntarse si nos está hablando sobre el Quijote o contradiciendo las casi infinitas lecturas críticas anteriores. Así y todo escribe como otra original forma de homenaje, con definitivo desenfado y un humor incomparable que no descarta la “tomadura de pelo” hacia ciertos profesores, su famoso “Pierre Menard autor del Quijote”, un relato ambiguo que no se refiere a un concepto concreto en el contenido, sino que es una obra maestra de la sátira sobre la crítica literaria; una textura única en su género, que incluye indicaciones, imágenes irónicas, carnavalescas, intertextuales, deconstructivas, semióticas y otras casi inclasificables.
Lo cierto es que en Borges -desde que leyó de niño el Quijote, y hasta su muerte-, la devoción por Cervantes irá en aumento. Alejado de toda postura academicista, no se fundaba en la curiosidad por saber si su lengua se adecuaba a ciertos cánones filológicos, consuetudinarios o científicos; le atraía esencialmente la lengua viva y auténtica del escritor que se había propuesto contar cosas y que lo hizo con maestría. Sucedía que Borges era un poeta que supo hallar el misterio estético en las cosas simples y cotidianas, en los sentimientos, pero sin sensiblerías; en las virtudes, pero sin la impostada moralidad; en el ingenio agudo, pero sin la ostentación erudita. Es decir, no se preocupó, verbigracia, en averiguar si don Quijote respondía a tal o cual modelo normativo. Le bastaba con la obra, quizá el más rico testimonio de singular hondura humana.
Todo lo alusivo a Cervantes, que refiere Borges, demuestra que lo consideró siempre entre sus primeros paradigmas literarios. “Cuando yo escribí mi primera historia, a los seis o siete años, lo hice tratando de imitar a los clásicos españoles, en especial a Miguel de Cervantes. Se trató de un pretendido romance que titulé La visera fatal; era una especie de absurdo a la manera del autor del Quijote.”
Cualquier lector de Borges puede constatar su admiración ante la obra de Cervantes y es fácil advertir que eso se da por la poesía que le sugiere y que de ella emana. Lo que escribió a lo largo de su vida sobre el Quijote y sobre su autor produce un conmovedor sentimiento estético y afectivo. Su cervantismo (llamémosle de alguna manera) es fundamentalmente admiración por la obra del alcalaíno, que es pura belleza y emoción hacia las cosas; por su prosa, basada en imágenes extraídas de sutiles relaciones descubiertas por la imaginación; y por el lenguaje, a la vez sugestivo y musical.
Pero, sin duda, la mejor forma de ejemplificar esta admiración de Borges hacia Cervantes es evocando los dos sonetos que le dedicó: “Sueña Alonso Quijano” y “Un soldado de Urbina”. En el último, sin nombrarlo, lo alude con maestría en cada endecasílabo:
Sospechándose indigno de otra hazaña
como aquella en el mar, este soldado,
a sórdidos oficios resignado,
erraba oscuro por su dura España.
Para borrar o mitigar la saña
de lo real, buscaba lo soñado
y le dieron un mágico pasado
los ciclos de Rolando y de Bretaña.
Contemplaría, hundido el sol, el ancho
campo en que dura un resplandor de cobre;
se creía acabado, solo y pobre,
sin saber de qué música era dueño;
atravesando el fondo de algún sueño,
por él ya andaban don Quijote y Sancho.