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TRIBUNA

Tertulia bajo una higuera

Juan José Vijuesca
miércoles 24 de agosto de 2016, 20:04h

Cuando uno se recuesta al pie de una higuera tiene la sensación de plantearse lo de la madurez. No porque se tenga complejo de higo, que no sería el caso; ahora bien, viendo como desarrollamos nuestro proceso de maduración cabe suponer que en vez de descender del mono quizás se lo tengamos que achacar al susodicho árbol frutal. No en vano en la cultura Mesopotámica lo calificaban como el árbol del Conocimiento.

Que nadie se sienta aludido por esta mi teoría, quizás no sea muy acertada, pero es que contra más observo como caen de las ramas los higos maduros, más me doy cuenta de la falta de gravedad que tenemos los españoles. Quien dijera aquello de que España es diferente a buen seguro que lo hizo con el convencimiento de saber que nosotros somos un pueblo de genética en constante contradicción.

Un buen amigo que acaba de regresar de Tanzania, después de una larga estancia poniéndose a prueba con safaris fotográficos y otras exploraciones, me viene a visitar. Le invito a tomar asiento bajo la higuera, cosa que hace pero con cierto recelo por lo de los inestables frutos. Me cuenta ufano cuán grande es el Parque Nacional del Serengueti y lo que por allí deambula. –Parece mentira lo que tenemos que aprender de los animales-, me dice. Pues sí, -le respondo.

Me alegra el que haya sobrevivido a tanta mandíbula abierta como se gasta en este tipo de viajes. Me pide que le ponga al día de todo lo acontecido en su ausencia y claro, me duelen prendas cuando le digo que Rajoy está haciendo lo imposible por acabar con esta anacrónica situación que tenemos. Que Rivera parece mover ficha cambiando ahora de equipo; que Pedro Sánchez anda reunido con unos espetos de sardinas en sálvese la playa; y los demás en modo de no tener ni pajolera idea. Añado algo más notable y es que los bares siguen abiertos, y el fútbol ha dado comienzo, luego este desmadre de la clase política no debe ser tan grave. Queda más tranquilo.

Vuelve con su historia de aventura feroz. Me cuenta que ha apadrinado un ñu, porque de siempre los ha visto muy desvalidos y son objeto de comida rápida. –Hay muchos, pero es como pescar anchoas en el Cantábrico y claro, por allí nada de protectoras de animales- Lo comprendo, -le digo-, porque yo de siempre quise tener un ñu de compañía.

Vuelvo a lo mío con la actualidad que me demanda y le cuento cosas relacionadas con eso del burkini que está en entredicho porque las usuarias portadoras se mezclan con otras mujeres occidentales en traje de baño, topless y si me apuran hasta en plenitud de desabrigo. -Pues vaya cosa- me responde, en Tanzania hay tribus en donde las mujeres son muy exigentes, la mujer forastera que allí acampe está obligada a respetar las costumbres lugareñas. Se niegan a perder su hegemonía. -Me parece razonable, unos pocos nunca pueden pretender cambiar al resto.

Le cuento que hay niños mártires al servicio del terrorismo yihadista, que son utilizados para morir matando. –Esta civilización está perdida –me dice-; en Tanzania, los niños de las tribus están alegres, juegan y aprenden con todo lo que les proporciona la naturaleza que les rodea. Su auténtico paraíso está aquí en la Tierra, unas veces bajo las estrellas y otras bajo el Sol y la Luna.

En mi afán de ponerle al día le digo que, según los expertos, agosto es el mes con menos sexo del año achacándolo al calor como factor principal. –La verdad es que no me fío de las encuestas a pie de urna, -me dice-; en nuestros tiempos un calentón era sinónimo de buen rollo y ahora nos hemos vuelto demasiado débiles con eso del clima. Creo que aquí hay demasiada cosmética y exceso de comida light, yo diría que mucho narcisismo. -Tengo que asentir.

-Hasta el mundo animal se preocupa de evolucionar –me apostilla-, allí no se compite en ideologías, se rivaliza en músculo, que es lo que por aquí le falta a buena parte de la sociedad actual y a la clase política en particular. En la sabana, un verdadero líder sabe marcar el territorio y con ello se acabaron las investiduras y tanta zarandaja.

En fin, una ligera racha de viento cimbrea las ramas y vuelven a caer los higos maduros como señal de que algo se cierne sobre nuestras cabezas. -Creo que tú y yo estamos maduros por hoy ¿no te parece? –Eso creo.

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