En el libro Lecturas españolas de Azorín, el recuadro dedicado a Pérez Galdós sigue a los referidos a Pi y Margall y Joaquín Costa. En él, Azorín hace un homenaje a Galdós, que se está quedando ciego, y está siendo atacado por su compromiso político. Azorín destaca la laboriosidad y honradez del escritor canario, y le reconoce su contribución a crear la conciencia nacional de los españoles (“les ha hecho vivir España”) así como una especial sensibilidad para trascender la superficie de los acontecimientos, la crónica de los hechos, y captar “el ambiente espiritual de las cosas”. Galdós, por todo esto, siempre merece una mirada, pienso yo, cuando trato de justificar que la lectura de estas vacaciones haya sido precisamente la Quinta Serie de los Episodios nacionales, que se refieren al tiempo que va desde la Revolución de 1868 hasta 1890.
No se trata de un texto de estructura elemental, pues el autor recurre a diversas estrategias y mecanismos que le permitan abarcar muy variados escenarios y reflejar las peripecias y evoluciones de cientos de protagonistas: los personajes se transmiten de un episodio a otro (así Vicente Halconero y Tito Liviano, trasunto de Galdós) y se recurre a figuras de ficción (así Clío o la madre Historia) para explicar saltos en la acción o en el tiempo; y quizás sobre todo para permitir al escritor, al paso de los sucesos que cuenta, formular opiniones y juicios que de ser manifestados francamente pudiesen chocar por su parcialidad o arrojo. Este análisis estructural, al que cabe añadir el problema de la función del relato histórico, (contar simplemente lo que sucedió o pretender aprender de lo que pasó), o el de la exactitud de la crónica, vertida precisamente desde la perspectiva política y moral de autor y relatada también años después de lo acontecido, pero sabiendo las consecuencias de lo que ocurrió, y creyendo que lo aprendido puede ser aprovechable para afrontar el presente, no puede pasar por alto lo fundamental de Galdós que consiste en su tremenda capacidad expresiva, su talento para contar, su simpatía y agudeza sicológica. Los lectores de Galdós saben que sus libros no pueden dejarse fácilmente.
Podría poner múltiples ejemplos de eficacia narrativa en esta serie: así la descripción del prostíbulo al que acuden significados políticos u hombres de la situación en España sin Rey (primer Episodio); o cuando Galdós describe “el carácter borrascoso y tornadizo” de Chilibrista, (la amante carlista de Tito Liviano) según imperase en ella el instinto marital, o sea, “la irresistible necesidad de aproximarse al hombre”, o se mostrase autoritaria, tozuda y de palabra muy agria, cuando imperaba en ella la soberbia: esta desconcertada cabeza era un perfecto símbolo de la vida española en el aspecto político, “y estoy por decir que en el militar”. Galdós nos conmueve cuando relata los problemas de la enfermedad de los ojos que afecta a Tito Liviano, pues sabemos que nos habla de cosas propias. Dudo que haya página alguna en la literatura española que refleje la depresión como lo hace Galdós en un pasaje de La Primera República: “Caí en la honda enfermedad que llaman pasión de ánimo, y se manifiesta con intensa desgana de todo menos de la soledad, hastío de la comida, desmayo muscular, aberraciones nerviosas y cerebrales, aborrecimiento del género humano y anhelo de morir”. Se trata, dice el personaje que va visitar a Tito Liviano, de una exacerbación del egoísmo, que se cura con la actividad, con el trato de gentes, “y el tomarse interés por las cosas del prójimo y del procomún”. De las páginas más hilarantes que he leído en mi vida son las que dan cuenta del discurso de Tito Liviano en el Durango carlistón cuando el fingido cronista “pobre peregrino que ha venido de la región del pecado (o sea el Madrid liberal) a esta comarca de la inocencia y las virtudes” les propone a sus oyentes para redimir a la mísera España, “que sería la nación preferida de Dios, si se organizase a la usanza vuestra”, instaurar una República Hispano-Pontifícia, delegación del Papa, administrada por todas las órdenes religiosas y restaurando la Inquisición. Tito Liviano, temiendo que el choteo a los maravillados durangueses fuese descubierto, desapareció de inmediato de la ciudad vasca.
Me llaman la atención algunos rasgos de la narrativa de Galdós. Así, primeramente, su intento de proceder a un relato externo de la historia española, esto es, los acontecimientos y los hechos militares, quiere decirse, los hitos de la vida política; pero al tiempo que refiriéndose a las vidas de los implicados directamente en estas circunstancias, dando cuenta de las peripecias de quienes se mueven sólo en el espacio de la historia externa. En tal ambiente pulula la gente que interesa a Galdós, los sufridores más que agentes o determinadores de los acontecimientos. Esta intrahistoria da densidad vital a los episodios de Galdós, que cuentan lo que les ha pasado a los españoles.
La mirada de Galdós, de otra parte, es una mirada tolerante, comprensiva, tremendamente empática con la suerte, la mala suerte, de los españoles: no se trata del juicio del sabio, o de la visión displicente del intelectual, que en el fondo desprecia lo que describe. Galdós sigue aferrado a su idea de España, que se formula en el primer Episodio de Trafalgar, como comunidad solidaria, como ámbito irrenunciable y después de todo feliz de la vida compartida, al margen de los representantes o el rey, lo que podríamos llamar la nación oficial. Lo que pasa es que no se ha acertado con la organización política que la patria requería. El Estado, en función de la historia española ha adquirido unas condiciones inconvenientes y ha conducido la vida política por derroteros equivocados. En el origen de nuestros problemas está la Guerra de la Independencia, que trajo el desorden, la hipertrofia de nuestros ejércitos, condenados a proseguir los enfrentamientos entre soldados para conseguir después la integración de todos en el escalafón militar. “La guerra de la independencia fue la gran academia del desorden donde los españoles cursaron la ciencia de la insurrección” (Juan Martin el empecinado, V). La vida política se ha montado únicamente orientada hacia la consecución del poder para la clase política con una identificación exclusiva del arte político con la oratoria, sin atención a las ciencias de la administración, la economía o el conocimiento histórico. Esta falta de seriedad explica la futilidad de nuestros enfrentamientos, motivados por increíbles disputas dinásticas o por conceptos nominales sobre difusas sustancialidades teóricas, así sucede que el siglo XIX es un siglo con múltiples Constituciones, pero sin constitucionalismo: todas las constituciones fueron sistemáticamente vulneradas. “Contiendas tan vanas y estúpidas como las que vio y aguantó España en el siglo XIX, por ilusorios derechos de familia y por unas briznas de Constitución, debieran figurar únicamente en la historia de las riñas de gallos. Así lo pensaba yo en aquellas horas siniestras de mi vida, y así lo pienso todavía”(De Cartago a Sagunto ,cap. XVI).
También fue frívolo el progresismo de nuestros radicales y superficial el federalismo de la Primera República. La falta de fundamento ideológico de nuestro sistema político explica la actitud popular ante sus vicisitudes: sin pena ni gloria sucedió la revolución del 68 y del mismo modo se produjo el golpe disolviendo las Cortes del general Pavía. De otro lado, advierte Galdós con palabras que suenan con inquietante timbre premonitorio, ocurre frecuentemente “que la clase política española distraída en menudencias y chismorreos, no se fije en hechos que, afectando intensamente al porvenir de la patria, se nos presentan revestidos de insignificancia traicionera”.
La Restauración, una vez que se ha consumado el turnismo, y se han integrado los carlistas, es el resultado lógico de un sistema desvitalizado, pensado exclusivamente para los que no viven de sus manos, sino del Presupuesto. Se trata de una democracia boba, que es lo que les espera a los españoles en el nuevo tiempo fundado por Cánovas: “ Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritamente en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de la Santa Madre Iglesia” Cánovas, capítulo XXVIII). Nada de extraño que nuestro escritor nacional se quedase sin el premio Nobel, con el aplauso de la clase política y sus aledaños sociales (los Halconeros, Torquemadas, Santa Cruz y don Lopes, etc..) e intelectuales del País.