Es verdad que Rajoy no gusta mucho, no está bien valorado, pero nadie, de momento, ha presentado una alternativa, ni dentro ni fuera del PP. A este respecto, cada día es más patente la animadversión, el odio, rencor, incluso resentimiento, que Sánchez tiene hacia el presidente todavía en funciones, sin embargo no se ha postulado tampoco como una opción ni ha dejado claro qué es lo que tiene pensado hacer a partir del lunes.
Lo que “no” quiere ya lo sabemos. Lo ha entendido hasta el propio Rajoy. Pero desconocemos sus intenciones ahora. Lo que es seguro es que la presión se verá incrementada sobre su cabeza en el mismo momento en el que fracase la investidura del líder del PP. A nadie se le escapa que unas terceras elecciones han dejado de ser una posibilidad para convertirse en una realidad, pendientes todos, eso sí, de lo que puedan deparar las elecciones en Galicia y País Vasco.
En el PSOE, las voces discordantes con la acción –o inacción– de su secretario general son un clamor. Alguno habla claramente de “cerrazón” y muchos apuntan ya a un Comité Federal en el que discutir y discutirle a Sánchez si esta posición del partido es lo que necesita España. El caso es que la camarilla más cercana al líder de los socialistas no ve con malos ojos unas nuevas elecciones. Entienden que Podemos está a la baja y están convencidos de que no habrá sorpasso. Esta facción no se plantea la posibilidad de perder aún más votos. Muy seguros y optimistas están.
Y digo yo: ¿A qué espera Sánchez para pronunciarse sobre sus intenciones? ¿Pinta algo Podemos en todo esto?
El problema principal para que Sánchez no se pronuncie, a parte de sus planteamientos tácticos, sigue siendo la formación que lidera Iglesias. Podemos es el problema para un PSOE que siente su aliento en la nuca y que a la baja o en alza no tiene más que esperar a que los socialistas sigan haciendo lo mismo que hasta ahora para ocupar su lugar en el hemiciclo.
Podemos ya fue un inconveniente en el intento de formar Gobierno junto a Ciudadanos y sigue siéndolo ahora que reclama al líder socialista la formación conjunta de una alternativa al PP. El PSOE no se fía y hace bien, pero esto es lo único que hace y no fiarse no es suficiente.
Es verdad también que Sánchez no lo tiene fácil. Por su culpa o no, el miedo a dejar al principal partido de la izquierda española por detrás de unos novatos está presente y ya se encargan muchos de recordárselo casi a diario. Pánico a Podemos y a que fagocite un partido histórico que vive sus peores momentos.
No menos complicado para él son las guerras internas dentro del propio PSOE, que tampoco proponen un debate sosegado. La idea de un partido que pulula como pollo sin cabeza atenaza a un Sánchez que vigila constantemente su espalda. Ya hay quien dice que espera, tras el fracaso de Rajoy, el momento de anunciar en el Comité Federal que se presenta otra vez a la investidura, que quiere hacerse valer e intentar aunar nuevamente las confluencias de Podemos y de Ciudadanos.
Y vuelvo a preguntarme yo: ¿De verdad cree Sánchez que seis meses después Iglesias y Rivera van a darle su apoyo para la formación de un Gobierno?
Muy antagónicos se intuyen los planteamientos. El referéndum de autodeterminación pedido y exigido en algunas de las confluencias podemitas son un obstáculo. Podemos, una vez más, sigue siendo el problema para Sánchez.
Nadie quiere unas terceras elecciones pero todos trabajan ya para ellas. Mientras, continúa el bloqueo institucional y no se ve la luz por ningún túnel que haga sospechar cuál puede ser la salida. Quizá las elecciones en el País Vasco y Galicia refuercen alguna posición o terminen de debilitar otras. Mientras tanto, una idea: ¿qué tal votar en secreto?