Un concepto es algo que se concibe, que junta dos realidades distintas formando una tercera, a su vez diferente a las que le han dado origen. Esto lo sabe cualquiera que haya oído hablar alguna vez de los gametos.
En el campo de la Crítica, ocurre igual: el concepto es la unión de contrarios, allí donde concurren el ser y sus límites. Éstos últimos marcan dónde empieza otro ser, que es el no-ser del anterior. Los límites son necesarios al concepto, como el marco a la obra de arte: la encuadra, resalta su identidad y la separa de todo lo demás.
En el concepto, conviven lo esencial y lo accidental, el yo y sus circunstancias, el yin y el yang, lo claro y lo oscuro, la dualidad prolija, lo propio que permite mi afirmación y lo ajeno que constituye mi negación. Son dos espacios sagrados a respetar, a un mismo tiempo afirmación y negación de lo propio. Así, se consagra una afirmación alternativa, o una alternancia en la negación, que nos obliga a callar cuando el otro habla, en mutua y cívica reciprocidad.
Cuando hablamos de intereses, lo conceptual es el contrato y el diálogo el proceso de fabricación. El yin de lo mío ha de conjugarse con el yang de lo tuyo, o viceversa. Si la dualidad no es ecuánime, el contrato no es sinalagmático, ni justo, y sobreviene el conflicto, la regresión troglodita de a ver quién puede más.
El contrato social compagina intereses contrapuestos, dando dinámica al conjunto. Si no hubiera fuerzas sociales contrapuestas, la sociedad entraría en una calma chicha, un estado comatoso, estéril y aburrido. Para vivir, es preciso dar la espalda al aburrimiento y buscar la fecundación del encuentro entre contrarios.
Es cierto que andamos. Es un andar y andar, parafraseando a Bécquer, hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual. Nos movemos en función del contrato, al encuentro fecundo de los intereses ajenos que preñen de afirmación a los propios. El diálogo es un recurso, porque obliga a escuchar, y un medio de defensa, porque nos induce a afirmarnos.
Bien a pesar de este largo preámbulo, entre nuestros próceres, hay uno que se enroca en una frase redonda y contundente -No es no- que repite como si se tratase de una verdad revelada, que la hubiera dictado, en consulta secreta, la Pitonisa de Delfos, o fuera un mantra de Tiresias, el adivino de futuros inciertos.
Ese portento de frase se la debemos a alguien que desconoce la Lógica y no sabe que lo definido no puede entrar en la definición. El padre ufano de la frase también ignora la Crítica elemental, porque su tautología no hilvana concepto alguno, no alude a contrarios, ni a su integración. La frase tampoco es un retruécano, porque esto exigiría saber Retórica, y eso ya es pedir demasiado.
No es no, tampoco nos habla de un matrimonio onanista, si tal disparate pudiera existir, aunque denuncie a un adverbio, elevado a la categoría de sujeto, que se complace, se derrama y se agota en sí mismo. La frase ni siquiera reflejaría una voluta de hoja de acanto, absorta en las profundidades de su ombligo.
Definitivamente, la frase pudiera ser una sandez propia de un sandio, una bobada digna de un bobo, una simpleza que sólo definiese al autor.
Pero, no. La frase es una burla y, a la vez, un burladero. El burladero es un lugar seguro desde donde el torero amedrentado cita al toro para que corra, pierda bríos y se estrelle contra los maderos. Esto es una finta, que se hace cuando el valor no ha llegado a tiempo. Así, el torero se burla del toro y del público. Pero, eso no es torear, sino irse a las tablas como los mansos.
Delante del burladero puede que haya un marrajo, o un buey. Todo se andará. Pero, desde atrás del burladero, el autor de la frase de marras dice que no dialoga, que sólo se habla a sí mismo, acerca de sí mismo. No anda al encuentro del contrario, porque no quiere escuchar a nadie, ni integrar diferencias, y además, así, carece de alternancia. Al huir del diálogo con tanto descaro, cabe sospechar si no estará radicalmente muerto, o tal vez exánime, sin alientos para defender intereses e ideas propias, o quizá tenga miedo de que lo engulla otro.
Esta es la clave: el miedo a diluirse en el otro, por ignorar los límites del contorno propio, el perfil de identidad, que otorga singularidad a cada uno. Quien no sabe quién y cómo es, malamente, puede ser interlocutor de nadie.
Por si faltara poco, la simpleza de dividir a la sociedad entre derecha e izquierda, como si los seres humanos sólo pudiéramos ser una cosa o la otra, en el seno de un dualismo asfixiante y hasta maniqueo, aún arrincona más a los líderes del no-es-no.
Cada persona humana es poliédrica. Yo soy multitudes, dejó dicho Walt Whitman. Y resulta que cada ser humano tiene muchos registros ideológicos con sus correspondientes contradicciones, diferentes sensibilidades, múltiples intereses y un sinfín de proyectos. Por eso, anda, hoy como ayer, siempre al encuentro del otro, para compartir un tramo del camino y confrontarse, que es una forma de hacer sinergia y llegar al concepto… Posterior al concepto, viene la ayuda mutua, que es la fórmula verdadera de la solidaridad. Luego, cabe disfrutar juntos del trayecto y del logro, que siempre será parcial y limitado. Por último, hay que separarse, porque no nacimos para ser siameses, ni eternos.
Si esto concierne a cada ser humano, qué no ocurrirá con los grupos sociales, las clases, los productores y los productivos, las corrientes de opinión y las de presión, los sindicatos, los intereses de los sectores, etc. Cada grupo es un organismo vivo y, aunque no se corresponde a la estructura de personalidad de los individuos que lo integran, tiene una personalidad grupal, igual que la Nación tiene su volkgeist, su espíritu colectivo.
El trabajo de un líder social, al final de todo, es integrar contrarios, andar a la búsqueda del concepto y garantizar el contrato. Pero, mientras camina hacia ese final, ha de representar al mayor número posible de sus conciudadanos, ser portavoz de intereses variados y acudir a la confrontación dialéctica, de donde saldrá el camino a recorrer.
El individuo que se arrincona en su esquina, mientras la sociedad le paga los emolumentos que se ha querido poner a sí mismo, se está burlando del pagador, no es leal, no cumple su compromiso, ni corresponde a la confianza que se le ha entregado, aunque sea un simple.