Entre las novedades más originales del siglo XXI se encuentra la irrupción de movimientos sociales como los indignados, así como las manifestaciones de desafecto hacia la política y los políticos. No se trata de un tema ideológico, por cuanto las críticas afectan a izquierdas y derechas casi por igual; tampoco hay detrás un tema socioeconómico, si consideramos que los problemas se dan en lugares tan diversos como Venezuela y Estados Unidos, España y Brasil, entre muchos otros que hoy sufren las dificultades de la política contemporánea.
Los casos son bastante elocuentes, aunque contradictorios. En Brasil acaba de ser destituida la presidenta Dilma Rousseff; en España ha resultado imposible formar gobierno en los últimos ocho meses; en Venezuela la administración de Maduro se sostiene más por la tozudez y la fuerza que por otras razones; en Estados Unidos, camino a su propio proceso de elección presidencial, una de las dificultades es que ni Donald Trump ni Hillary Clinton están a la altura del liderazgo que requiere la principal potencia del mundo.
Un libro extraordinario acerca de la política es el Sobre la República, de Cicerón (con una excelente edición de Álvaro D’Ors, en Gredos). Es una verdadera exhortación a la vida política activa, donde es llevado al cielo el gobernante virtuoso, quien había decidido dedicar sus mayores esfuerzos a servir al bien de la comunidad, fuente de realización personal y también de servicio público.
La cultura cristiana percibió esta realidad, y procuró plantear la importancia de la política y de quienes ejercían labores de gobierno. Se trataba de personas que debían ser virtuosas, y convertirse en un espejo en el cual pudieran mirarse los ciudadanos, verdaderos ejemplos para quienes gobernaban, servidores de Dios y de los hombres, como advertían sabiamente las Siete Partidas, de Alfonso X, el Sabio.
Pero los tiempos han cambiado, y también las expectativas. Es verdad que ya no se exige que el gobernante sea una persona con acumulación de virtudes personales, sino que la orientación es muy distante, ciertamente más interesada en los bienes prácticos que en los ejemplos morales. Un buen gobernante –para los estándares de hoy- sería una persona que mantiene cierta estabilidad institucional, que tiene un origen democrático de su poder, mantiene la economía razonablemente administrada y vive en paz con las demás naciones. Otras exigencias podrían parecer desmedidas ante la cruda realidad: no es pertinente exigir grados importantes de cultura personal, tampoco una vida austera, ni siquiera la humildad para reconocer públicamente los errores. Esto hasta sería considerado una torpeza que podrían usar los adversarios políticos para desacreditar al candidato contrario.
Sin embargo, a pesar de todo esto, emergió desde las sombras, sin liderazgos claros ni motivaciones filosóficas mayores, una gran protesta ciudadana contra la autoridades, que aumenta cuanto crecen también las demandas por derechos, en medio de sociedades más ricas de lo que nunca existió en la historia. Como suele suceder, la capacidad de satisfacer las exigencias es casi nula, y muchas veces chocan las promesas de campaña con las realidades visibles, y casi siempre el gobernante queda al desnudo por su impertinencia o impericia para enfrentar la situación.
El tema de fondo es la realidad de la gobernabilidad propia del siglo XXI, por lo que es necesario ir acostumbrándose a algunas cosas. Una situación de transparencia casi total, no tanto por la voluntad gubernativa sino por la realidad social y comunicacional. De esta manera, los gobernantes suman a los problemas tradicionales de la política otros que son propios de “la política en tiempos de indignación”, como lo ha descrito Daniel Innerarity en otro de sus sugerentes ensayos, publicado por Galaxia Gutenberg.
Es decir, a la ambición muchas veces desatada de partidarios y detractores –que podrían ser consideradas parte del juego propio de la lucha por el poder- hay que sumar otros que emergen de las protestas de la calle, las indignaciones de las redes sociales y el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que hacen más difícil y complejo el juego democrático y, adicionalmente, hacen más impredecibles la evolución de los gobiernos, los resultados de las elecciones y las posibilidades de alianzas partidistas.
Quizá deberemos acostumbrarnos a vivir una época donde la confusión sea parte del paisaje y no la excepción a la forma de hacer política. Pero también habrá que mirar con atención cuál es la mejor manera de enfrentar la nueva realidad, si con una resignación lindante en el estoicismo o con una indiferencia que muestra más torpeza que otra cosa. Los tiempos que corren son extraordinarios, y deben ser vividos como tales, por los ciudadanos de a pie y también por los gobernantes, cada uno con sus respectivas responsabilidades y derechos.
Entre las muchas cosas que valdría la pena sugerir a quienes gobiernan, o aspiran a hacerlo, o formar parte de la distribución del poder en las sociedades democráticas, podríamos mencionar en primer lugar la sugerencia de un grado más que suficiente de cultura. Esto le permitirá comparar con otras realidades, comprender mirando al pasado, pensar la labor que se realiza y no verse sumergido en un océano de dificultades insalvables. Un segundo elemento es lo que Vaclav Havel describía como la capacidad de sospechar de sí mismo, de las razones que lo mueven a estar en política, que deberían llevar primero a limpiar el camino de motivaciones espurias, como la conveniencia de los beneficios del poder, y luego a entender la política como una auténtica labor de servicio.
Podríamos agregar un elemento final. Una de las manifestaciones más visibles de la indignación ciudadana se refleja en las encuestas de opinión. Quizá antes faltara este instrumento para poder comparar las cosas, pero lo cierto es que hoy los gobiernos aparecen bastante más malos y menos populares de lo que tal vez son, o de lo que los mismos ciudadanos pensaban al elegirlos. Las encuestas deben ser un instrumento a utilizar, pero es de políticos mediocres gobernar por las encuestas, como quien se mueve según el ritmo de la opinión, dejando cada una de sus convicciones en el baúl de los recuerdos.
Los próximos años –se puede suponer- las cosas no cambiarán radicalmente, Por lo mismo es necesario tomar las medidas oportunas y adquirir las virtudes propias de un gobernante del siglo XXI. Y esto será tan importante en Latinoamérica como en Europa, en esa gran potencia que es Estados Unidos y en otros países más pequeños y pobres que también enfrentan las veleidades de la lucha por el poder.