Cuando cojo un taxi, acostumbro a preguntar al taxista sobre el ritmo y situación de la ciudad en que me encuentro. Hace casi un año, le pregunté en Barcelona a uno de ellos qué le parecía el alboroto social y político que se estaba produciendo con grupos radicalizados, la proclama de independencia y la pérdida de confianza de los partidos tradicionales. Se mantenía al margen, pero atento. El turismo permitía vivir aunque fuera eco del ruido mediático. Y consideraba necesario un poco de comunismo. Llegó a Barcelona desde Rumanía hace dieciocho años y siguiendo a una hermana suya casada allí tiempo antes. El comunismo, comentaba, no es lo ideal, pero sin control estatal se desborda el egoísmo y desconcierta la ambición. En cuanto a la independencia, mi país depende más que nunca de intereses cruzados y la corrupción se multiplicó mucho.
Meses después, en Madrid, pregunté a otro taxista si se notaba aún el impacto de la crisis y el revuelo creado por los grupos radicales de izquierdas. Los tiempos, dijo, ya no serán nunca como fueron. Antes había más gasto, movimiento. Y ahora veo a gente en el bar con una sola copa semivacía o taza de café que dura horas. Y en cuanto a la política, me descuelgo. A mí, que me digan qué he de hacer. Lo cumplo y ya está. Evito el rollo de oír a unos y otros. Dicen y hacen lo mismo aunque gesticulen de modo diferente. No me caliento la cabeza.
Otro día, y en una tienda de embutidos, comentando con el tendero la provocación soberana de Cataluña, sentenció: “Los catalanes harán lo que el resto de los españoles digamos. Como siempre”. Y el tono lo acompañaba con la rutina del envoltorio.
Comunismo a medias. Indiferencia política. Inercia nacional. Tres posiciones poco estimulantes de la realidad inmediata de España. La respuesta del taxista rumano me recordó la de otro, este político en tiempos de Ceaucescu, ante un embalse del franquismo, en Guadalajara. Vosotros, decía, no sabéis qué es una dictadura. El madrileño actualizaba también la alienación típica del ideario existencialista y marxista. Y el tendero sabía de sobra cuál es el envoltorio del país.
Hay un remanente social de inercia en la sociedad española. Mucha gente prefiere que le programen la conducta. Y se inhibe entregándose al espectáculo del momento con la única directriz de las vigencias creadas por el discurso político, la imagen mediática y la tensión comunicativa permanente. El enganche tecnológico. El objeto mediado instaura una dictadura que enerva poco a poco la capacidad de respuesta crítica. Quienes viven de esta mediación comercial, política, cultural y económica, acentúan la alienación y crean mitos subsidiarios que la refuerzan. Instauran un eco de resonancia social que invade las conciencias y las aplana. Por eso no interesa una educación y cultura fundadas, reflexivas. Las instancias oficiales las reducen a consumismo de ideas. Enmascaran la formación con una información precaria, solo tecnológica. Unos lo hacen para desenganchar las conciencias de sus atributos internos y poder incidir en ellas más fácilmente con el eslogan de partido, mercado, grupo. Y otros para evitar precisamente el trasfondo que la revisión crítica produce. Esta reducción despersonaliza al individuo y plastifica su conducta. Lo moldean según la oportunidad de las circunstancias. Y aumenta el infantilismo social. El fenómeno nini es un ejemplo de este proceso.
Uno de los resortes reductivos es la circularidad de opiniones, vigencias, frases, gestos, expectativas. Crea epiciclos ambientales, resonancias históricas que empozan el filtro de la tradición en estamentos diferenciados. Impone una retórica con visos aparentes de novedad irreversible y estable. Cualquier novedad, situación imprevista, encuentra fundamento en la convicción ya establecida. La refuerza y expande. Así sucede entre los epígonos de la tradición escolástica antigua y moderna, solapada ésta en diferentes sistemas teóricos, y en tribus cuyas creencias son inamovibles. El sistema contiene, latentes, soluciones a problemas de nuevo cuño. Es cuestión de revolver los presupuestos y afilar el discurso. Cada objeción o controversia refutada acentúa la solidez de los presupuestos ideados.
Michael Polanyi (1891-1976), químico físico y filósofo, advierte circularidad en la estabilidad de la ciencia y en análisis antropológicos de culturas tribales. Su obra Science, Faith, and Society (1947) recuerda varios aspectos analíticos de las creencias en Ortega y Gasset. Y Personal Knowledge (1958) desvela la reversión del principio racional basado en axiomas y teoremas, también tratado por Ortega en La Idea de Principio en Leibniz y la Evolución de la Teoría Deductiva (1947). La ciencia implica conocimiento personalizado. Su objetividad oculta la raíz de un convencimiento implícito y aspectos de la realidad no pensados. El lenguaje habla traslapando lo indecible por desconocido o escamoteado con presupuestos irracionales. El reconocimiento de la implicación personal –yo y circunstancia de Ortega– en el análisis de la realidad favorece paradójicamente su crédito objetivo. Los rasgos que descubre Polanyi en las creencias profundas de la población zande pueden aplicarse a la actual situación política de España.
La sociedad española se encuentra sumida en una circularidad sistemática. Los partidos políticos la reflejan circuidos en torno a la necesidad de constituir Gobierno. Han generado epiciclos que engranan argumentos subsidiarios para afrontar situaciones problemáticas. Consiguen reavivar la fragmentación social entre derecha e izquierda con léxico y bagaje ideológico trasnochado: demócratas contra corruptos, libertarios antifranquistas, pobres frente a poderosos, solidarios ante capitalistas sin escrúpulos, buenos y malos. El epiciclo de las dos mitades adversas de España. Un eco de la República y Guerra Civil de 1936. Y esto en plena refundación de Europa, cuyos planes se orientan al año 2020.
Uno de los recursos dialécticos de la circularidad, añade Polanyi, es la división de funciones y asignación de estrategias que permitan sostener y difundir el mismo entramado de presuposiciones entre gente afecta o próxima a la convicción, en nuestro caso, del partido. Surgen alianzas, círculos, ondas de refuerzo y expansión. Las siglas proliferan entonces y convergen cuando la circunstancia es propicia o lo requiere.
Un tercer mecanismo de autoafirmación sistemática es el principio de nuclearización suprimida. Impide el germen de cualquier alternativa conceptual originada por evidencia adversa. Los partidos rehacen fronteras ideológicas y revuelven la historia con antiguas convicciones robándole al presente su frescura. Otra forma de alienación.
Prueba evidente de esta circularidad y desnuclearización es el resultado del proceso de investidura del presidente de gobierno durante nueve meses. El tiempo de un embarazo, pero fallido. Los políticos revierten la cuestión nacional a otras elecciones generales con el intermedio, a título de prueba, de las autonómicas de Galicia y País Vasco en este mes de septiembre. Emplazan el debate a otra prueba de convencimiento y a expensas de la recesión económica y prestigio internacional de España. Delegan en las Comunidades Autonómicas la razón de Estado que las constituye. Otro cerco reverberado. La fragmentación del voto de izquierdas abre una expectativa de conjunto aunque nadie asuma, ante la población, una propuesta electoral unitaria. Y la derecha reagrupa también sus hilachas en esta invertebración de la política. El PSOE confía en recuperar votos perdidos dilatando el proceso electoral. El PP espera incrementarlos. La agrupación Podemos refuerza el léxico de las pasiones sociales con la división dialéctica de los tipos de gente, agrupaciones metafóricas de grupos comunistas –divide y vencerás– y apelando al remanente social del franquismo embozado y aún vigente en capas de la población. Y Ciudadanos juega al ping-pong o al tenis con unos y casi otros. Mientras tanto, los peatones asistimos peligrosamente indiferentes a la escenificación del proceso. Y la indiferencia beneficia a los partidos de consigna obligada, pues favorece la abstención y da vuelo a las propuestas minoritarias. Se recupera otro epiciclo de la izquierda histórica y del nacionalismo sectario, pero sufren los fundamentos democráticos.
El parlamentarismo desvía también peligrosamente su función al pretender con la suma de votos de la oposición lo que cada partido no consiguió en las urnas por separado. Convierte en subsidiaria la voluntad directa del electorado. Inventa una voluntad concertada que nadie ofreció como tal a los electores en diciembre de 2015 y en junio de este año, 2016. Si es cierto que la ley permite al parlamento nombrar presidente de gobierno a una persona no elegida por mayoría en elecciones generales, también lo es que el acta de diputado procede del voto directo y por división de partidos, cada uno con su líder. Está en juego un principio de vertebración fundamental de la democracia. Al fallar la convicción originaria del vínculo común, se debilita la Constitución que lo refrenda. Y esto es lo que pretende la suma del voto fragmentado: crear una mayoría de consenso no validado en las urnas.