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TRIBUNA

Las locuras de Dalí

miércoles 21 de septiembre de 2016, 20:35h

Los rasgos circunstanciales abundan también en los grandes artistas; en algunos casos inventados tan oportunamente que parecen fatales y verdaderos. El poeta Samuel Taylor Coleridge, escribió que la fe poética es una suspensión voluntaria o complaciente de la incredulidad. Sabemos que la escena de una película es una mera representación con actores disfrazados, pero aceptamos creerles como si se tratara de algo real y cotidiano. Hay demasiadas anécdotas sobre las travesuras de algunos creadores a quienes la extravagancia les ha dado buenos resultados al practicarla de manera sistemática, como un estilo de vida. Vaya, verbigracia, el caso del quijotesco Salvador Felipe Jacinto Dalí (para el universo del arte famoso como Salvador Dalí), que además de pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor, fue notable actor y admirable promotor de sí mismo.

Adornado con el más famoso bigote de todas las épocas, con un oso hormiguero y un ocelote como mascotas, su intención de impresionar no le imponía límites y lo llevaba al borde del grotesco o del mismísimo abismo, como la vez que casi muere asfixiado por dar una conferencia sobre el Surrealismo en un traje antiguo de buzo. Hay así muchas anécdotas que demuestran que don Salvador era igual de excéntrico tanto en su vida diaria como en su obra. Para que quede claro, un día llenó su auto de coliflores y emprendió un viaje a París. ¿Por qué? Bueno, sólo porque era Salvador Dalí.

Conocido y reconocido en el mundo por sus pinturas oníricas, las habilidades plásticas de este maestro se suelen atribuir a la influencia y admiración por el arte renacentista; cabe agregar que también fue un virtuoso dibujante. Luego los recursos creativos de don Salvador se extendieron al cine y a la fotografía, que lo relacionó a numerosas colaboraciones con otros artistas audiovisuales, entre ellos con el otro genial Luis Buñuel. Ambos fueron autores de Un chien andalou (Un perro andaluz), el estremecedor cortometraje mudo de diecisiete minutos, donde destacan la importancia que para ellos tenían los sueños, las visiones y los delirios en sus vidas cotidianas, reflejados en todo el movimiento surrealista, al que ambos pertenecieron.

Hace poco vi por televisión Dalí, Maestro de Sueños, una apasionada y personal pieza documental sobre esta figura clave del arte moderno, que recomiendo ver. Donde el gran artista alcanza su máxima expresión menos preciosista que grotesca. Muchas de esas escenas me devolvieron los imborrables momentos que brevemente viví junto al maestro de Figueras.

Tuve la oportunidad de conocer a don Salvador en Cadaqués, el precioso pueblo pesquero de Cataluña que ha crecido de cara al Mediterráneo y prácticamente separado, por tierra, del resto del Ampurdán. Allí diseñó su residencia, con un huevo como símbolo, y allí llegué una helada mañana para conversar con él; mejor dicho, hasta allí llegué para escucharlo porque el elocuente maestro no dejaba hablar a nadie, y menos a mí que era un intrépido y desconocido periodista que se atrevía a entrevistarlo.

Recuerdo que su secretario me abrió la puerta y al transponerla, Dalí se apareció como una alucinación, exclamando con su viva voz menos grave que impostada: “¡Viva el rey de España, protector y amo de estas tierras que le han sido otorgadas por la gracia divina de Dios nuestro Señor, amén!”. Acto seguido se enderezó ampulosamente los bigotes y me propuso probar las deliciosas anchoas de Cadaqués acompañadas con un vaso de agua. Casi enseguida llegaron unos alemanes para comprarle obras y no me llevó más el apunte. Me fui resignado comprobando que aquel apodo de André Breton: “Avida dollars”, era cierto; en especial si se trataba del vil metal del color que fuera. Eso hacía que don Salvador ignorara todo lo demás.

Me alojé en un hotelucho o flophouse de la bahía y al otro día insistí con mi entrevista. Fui recibido, aunque no en exclusivo, y pude escuchar su perorata por más de tres horas. Yo, apenas pude responder con unos discretos silencios asintiendo con la cabeza.

-Me han dicho que usted es paraguayo –disparó, mirándome de reojo desde su pedestal.

-No, maestro –respondí-. Soy argentino.

Frunciendo sus bigotazos me observó simulando asombro, y dirigiéndose a otro visitante, el conductor de televisión mexicano Jacobo Zabludovsky, que también estaba allí con el mismo propósito que yo, le dijo:

-Entonces el paraguayo es usted.

-No, maestro –se atajó Zabludovsky con timidez, dispuesto a no contradecirlo demasiado-. Yo soy de México.

-De ninguna manera aceptaré esa excusa –le recriminó don Salvador con gesto de pocos amigos-.

Usted tiene cara de paraguayo; no me engañe. Para mí ya es definitivamente paraguayo aunque lo niegue. Me cuesta aceptar a un mexicano en esta casa, ya que para nada me resultan simpáticos, pues no me han tratado bien cuando estuve allí.

Se volvió a mí y abriendo grande sus brazos, me dijo:

-Hombre, yo conocí a una prostituta argentina llamada Lulú. Era gorda y voluptuosa como un rinoceronte y con manos de pulpo. Esa tía consumaba el amor estrangulando a sus clientes. Yo soy uno de sus sobrevivientes.

Y levantando la cabeza como John Gielgud representando un personaje de Shakespeare, e inclinándola después casi hasta el suelo, despachó con voz solemne:

-Sea bienvenido, amigo argentino, compatriota de la prostituta Lulú.

Lo demás fue un show. Sobreactuando todo el tiempo don Salvador se divirtió conmigo como lo hacía con todos. Y ni hablar del atento y tolerante Jacobo Zabludovsky al que, como se dice en buen español, “le tomó el pelo” todo el tiempo, y a más no poder. Yo tampoco le interesaba demasiado; pero sí algo el hebdomadario o weekly para el que yo trabajaba. Ante el colega mexicano, que portaba camarógrafo y aparatos de iluminación, se explayó después generosamente, montando su divertido show.

Aunque creo, sin embargo, que en el fondo le caí bien ya que me invitó a ayunar opíparamente, compartiendo su estrambótica mesa al que se sumó la excéntrica Gala, su mujer. Siempre acorde a su estilo, don Salvador relató situaciones menos divertidas que dramáticas, como, por ejemplo, la felicidad que le produjo enterarse de la muerte de su amigo de juventud, el poeta andaluz Federico García Lorca. “Su alma, desde el momento en que lo asesinaron, me pertenece y habita dentro de mí”.

Al despedirme, en un gesto de extrema generosidad me obsequió una serigrafía que aún conservo. Creo que Salvador Dalí era feliz haciéndose el loco de atar ante los demás. Más allá de estos sucesos debidamente domésticos, que he registrado en otras páginas con más detalles, su creativa imaginación plástica y su capacidad para convertirse en centro de todo me sigue asombrando. Nunca conocí –ni creo que conozca- a un genio con tan auténtica impostura como Dalí.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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