Acaba de revalidar con el 47,5% de los votos y 41 escaños la mayoría absoluta del partido en el que milita, que es el que nos gobierna, bandería azul hecha unos zorros y acorralada por los jueces con unos macrojuicios de viacrucis y pies descalzos. Sale entonces en la medianoche del domingo en un hotel santiagués luciendo sus 55 años como las mises, como el más alto, el más guapo, el más elegante, el más hermoso, el más chic del Pepé, con sus 100.000 militantes tocando la gaita y llamando a su pueblo “sentidiño”. Noche loca de estriptis. Feijóo lleva años haciendo la pasarela nacional y es esta su tercera mayoría absoluta, porque él es un reverso de Rita, un antípoda de Paco Granados y un Mariano renacido, y dice que con él lo absoluto o nada, el liderazgo o nada, sus celestes 675.000 votos… o nada. La gaviota se alza más alta que nunca sobre una Costa da Morte cada vez más feudal, sin que nadie le dispute los atributos del poder.
Qué tendrá Núñez Feijóo , qué tendrá Galicia, qué tendrán Lugo y Orense donde arrasan, qué tendrá el último baluarte del fraguismo –todo políticamente muy retro, con as naos com bandeira azul sempre afondando–, con el PSdeG com o lazo ó redor do pescozo y las Mareas altas de Lluís Villares que van permeando con sus 14 escaños, que son como esos “hilillos de plastilina” que le nacen al Pepé, como dijo el presidente en funciones en 2002 con respecto al desastre ecológico del Prestige. A Feijóo no le hizo mella la foto con el narcotraficante Marcial Dorado –un pájaro de juventud–, tomada en el verano de 1995, cuando el contrabandista ya había sido detenido en dos ocasiones en relación con el caso “Nécora”, por el que acabó entre rejas. Igual que Rajoy, que en los actos previos a la campaña electoral de 2009 no sabía a qué barco se subía –el atunero Moropa, propiedad de uno de los tres clanes del narco gallego, Os Caneos–, los políticos del PP son invulnerables en la tierra de Rosalía de Castro, Valle-Inclán y Cunqueiro y salen reforzados de la instantánea indiscreta y del dossier que llega a la redacción: vuelan las cabezas en los periódicos y llueven los votos.
Proveniente de un pueblecito orensano, marchó a la gran “cidade galega” y pasó del pupitre y la Universidad al foro empresarial y el “cruceiro” del atlantismo y el Ibex 35. Galicia ni se fragmenta políticamente ni nada a dos aguas: es de derechas y no quiere que Ana Pontón del BNG ni los socialistas de Xoaquín Fernández Leiceaga le dé gato por centolla. El resto de España no entiende el miedo a las meigas y a la santa compaña de la izquierda y eso sólo se puede entender poniéndote ciego a orujo, al amor de la lumbre. Nacho Carretero cuenta en Fariña (2015) las vinculaciones del narcotráfico con el PP gallego en las Rías Baixas, con los señores do fume, los alcaldes de Ribadumia y A Guarda. Sólo entre los años 2001 y 2003, cuando Núñez Feijóo ya era consejero de Política territorial de la Xunta, entraron por Galicia 150.000 kilos de cocaína: el 85% del consumo europeo. Eran los tiempos de plomo de los narcos Pedro Vioque o de José Alfredo Bea, miembros de Alianza Popular y este último enchironado en 1991. Pero ya nadie se acuerda porque el descarrilamiento informativo es ese acto gratuito y nostálgico en el que las causas quedan cubiertas por esa pátina de polvo en un solitario y húmedo pazo.
El abrazo al Apóstol sigue dando resultados y Mariano, con sus hablares lentos y sus guerras púnicas, extrapola y saca sus cuentas por paralelismo en el arranque del otoño madrileño: cree tener cuerda para “Rato”. Porque él y su delfín articulan lo racional con lo imposible, lo sensato con el delirio, la realidad de Génova con la magia. Edgar Morin –95 años tiene ya– dijo que lo que caracterizaba al hombre no era la razón, sino la sinrazón. En los mentideros se habla de Núñez Feijóo como el sucesor de Rajoy: pasión por el Poder, la hegemonía rotunda y el romanus imperator, que el Poder, si no se ejerce, se atrofia. “Soy como soy y ya no voy a cambiar” ha dicho un venturosamente tranquilo Núñez Feijóo. Entonces vd. es como España y los españoles, presidente: un rodillo.
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