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Ciberacoso escolar

Juan José Vijuesca
miércoles 28 de septiembre de 2016, 20:51h

Permitan que mi artículo de hoy tenga sabor a nostalgia. No es la primera vez que un tema como este me pretende con arrebato, entre otras razones porque esta lacra social vuelve a tomar carta de naturaleza con el nuevo regreso a las aulas. No es para menos cuando el acoso escolar a través de las redes sociales representa ya 1 de cada 4 casos.

En este abominable tema del asedio escolar en sus diferentes versiones, no cabe en cabeza juiciosa tanta crueldad como se despacha hoy en día una buena parte de niños y niñas cuando aún no se aúpan siquiera a la adolescencia. Digo crueldad, maldad, bestialidad, violencia o salvajismo, por decirlo en diferentes tonalidades, porque es lo que vienen practicando estas criaturas como medio de integrismo gremial para hacer la vida imposible a la víctima en cuestión. Para ellos este malévolo juego se asocia a una muy peligrosa hazaña, de manera que una vez elegido el blanco de su caprichoso recreo el resto es cosa de participar según el rol de cada cual.

Disculpen si mi exacerbada opinión me lleva a pronunciamientos de asqueo, pero tener mártires a partir de los siete, ocho, o diez años gracias a que un cortejo de paniaguados sigan haciendo buenas unas rancias y destempladas leyes, más protectoras del canalla que de lo contrario, sin que nadie sea capaz de adecuar lo penal a la cruel realidad de lo que está sucediendo en colegios, centros docentes y en la propia sociedad, como digo, me parece del todo repugnante. Aquí todo se derrumba cuando un niño o niña, perseguida, acosada, maltratada, violentada y al final, destruida física y psicológicamente, acaba en el abismo del suicidio o en una convivencia nada deseable por los tiempos que guarden sus propias secuelas. Después, el consuelo del olvido y a otra cosa.

Este juego que se gastan ciertas criaturas al albur de la pedagógica tapadera que representa ir al colegio, hace que para muchos padres y madres crean que con la escolarización, la mochila y el móvil, ya está resuelta la jornada. Miren ustedes, no confundan y sobretodo no descarguen su responsabilidad familiar únicamente sobre las espaldas de cualquier educador ejemplar o autoridad en la materia, ese no es el trato. Aquí hay que juzgar al menor con unas leyes menos contemplativas y a sus abúlicos protectores con una ley de abandono de obligaciones más equitativa y contundente. En el manual de padres de familia viene bien explicado en el capítulo de responsabilidades, créanme.

De toda esta barbarie en ciclo de precocidad, a nadie se le escapa la cantidad de casos conocidos por los diferentes medios; ahora bien, en silenciosa penitencia se guardan cientos de hechos con idéntica analogía para quienes sufren esta lacra. No exagero, y si no vean lo prostituido que está el ambiente que nos rodea con hijos que extorsionan y maltratan a sus padres, o delincuentes, maleantes, incluso violadores, cada vez más jóvenes. Asusta, ¿verdad?

Todo ello es reflejo de un juego tan opaco como dependiente. Me refiero a la servidumbre que hemos creado alrededor de las redes sociales, sin duda un arma arrojadiza tan útil para lo correcto como mortífera por su largo alcance. El ciberacoso guarda para sí el cultivo de un diabólico juego que en manos de inocentes usuarios puede ir escalando posiciones enriqueciendo su hedonismo hasta convertirse en una adulta extremidad de la perversión.

En fin, nadie dijo que una vida como la nuestra sirviera para comparar a nuestros hijos con los de otros; pero ser gordo o delgado, rubio o moreno, alto o bajo, llevar gafas o corrector dental, calzar un 26 o un 31 cuando se tiene la edad que se tenga, equivale a la igualdad en respeto y a dejar de dar por la arcada con eso del percentil de unos y las dioptrías de otros. Así pues, con la vida de los demás tolerancia cero, que en este país repugna la mansedumbre de tanta contemplación y la falta de castigo ejemplar que merecen quienes juegan con el fuego de la vergüenza indecente. Ya está bien.

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