Las hojas de los arces del parque junto a mi casa han empezado a tomar ese color anaranjado que anuncia la llegada del otoño. Entonces me he dado cuenta de que se acabó el verano. Se acabó, como todos los años. Baroja escribía con un lema sobre su mesa: “Omnes vulnerant, ultima necat”, que refiriéndose a las horas viene a ser “Todas hieren; la última mata”. Eso lo saben muy bien las hojas de los arces de mi parque, y se lo dicen unas a otras cuando el viento de octubre las mece. Anticipan delicadamente su caída. Se lo dicen en japonés, que para eso son hojas de arce.
El verano ha pasado envuelto en sangre y humo. Sangre por el dolor, humo por la confusión. Empezó con el Brexit, ese Limerick (pequeños poemas burlones irlandeses) del querer y no querer. No te quiero porque te quiero y te quiero porque no te quiero. Me voy, ya me estoy yendo, pero me quedo, me quedo aunque me voy y me voy, me voy, me estoy yendo. Aunque me quedo, porque por irme, por irme, me quedo. Un limmerick y una copla a los que solo les falta un clavel y un lunar sobre el labio.
Luego vino la sangre francesa, esa sangre pastosa y confusa. ¿Fue la yihad, el isis, o fue un loco con un camión? El paseo de los ingleses por el que paseaba Scott Fitzgerald es ahora el paseo de la demencia. Por él desfilan cien políticos dando instrucciones y un monje irlandés loco que escribió un cuento sobre países de gigantes y de enanos. Un monje que antes de perder la cordura afirmó mirando a un arce: “Pronto seré como ese árbol”.
Pero por donde pasea la locura también se esconden otras cosas y, como el mundo pronto será como un árbol, la gente empezó a buscar pokemones. La gente del mundo. Con su teléfono móvil por delante, barrían avenidas, paseos y playas en busca de esos pequeños seres completamente imaginarios. ¿Completamente? No sé, porque mientras las hordas internacionales buscaban pokemones las nacionales buscaban un presidente de gobierno. O un candidato. Armados con sus opiniones de última tecnología, los españoles buscaban por las playas y los riscos a esos otros seres imaginarios, los presidentes de gobierno. Los buscaban en los pliegues de la siesta, bajo las toallas de playa extendidas en la arena, en los baños de los chiringuitos, en las verbenas de anís y pasodoble.
Es difícil saber qué querían hacer los españoles con los posibles presidentes de gobierno, igual que es difícil saber qué es lo que quería hacer toda esa gente con los pokemones. Sí, ya sé que ha habido un ganador, el mayor cazador de pokemones del mundo (curiosamente no era un español entrenado en la caza de perdices), pero los demás, esos que no han ganado, ¿qué han hecho con los millones de pokemones que cazaron? ¿Los tienen en casa, en jaulitas? ¿Los han donado a ONGs para que los manden a África? ¿Se los han comido? Y eso mismo me pregunto sobre los candidatos a presidente de gobierno. ¿Qué han hecho los españoles con ellos? ¿Los tienen en jaulitas? ¿Se los han comido?
Me imagino que comerse a un candidato a presidente de gobierno puede ser muy indigesto (casi tanto como comerse a un presidente), pero una vez cazado… Parece sin embargo que hay gente que piensa que está bien comérselo, y más si fue elegido en unas primarias. Es una garantía de calidad. A Sánchez le han salido muchos caníbales, si es que se pueden llamar así. La gente de su propia tribu y de otras le persigue para comérselo, quizá porque, de todos los candidatos, es el que más chicha tiene. Casi dos metros de altura dan para mucho. Saber inglés y ser modesto, da para más. Rajoy también es alto, y aunque no es modesto tiene retranca de jugador de dominó. Pero no sabe inglés. Por el momento, casi nadie quiere comérselo. Sánchez quiso sin embargo hacer un caldo con sus huesos, lo que no deja de ser una forma eficiente de aprovechar lo cazado. Los caldos sirven de fondo de cocina, se pueden congelar en cubiteras, y los que cocinamos sabemos que un buen caldo siempre nos saca de un apuro.
Entre pokemones y candidatos de gobierno acabamos el verano. Yo he cazado pocos, la caza siempre me ha encogido el corazón desde que, por inconsciencia infantil, maté a un pájaro que no me había hecho nada. Tan solo cometió el absurdo error de estar posado en una rama. Agonizó en mi mano, con unos colores esplendorosos, y esa muerte me vacunó contra la caza. Fue hace mucho tiempo. Un verano. En esa época, a los pokemones no se les cazaba todavía. A los candidatos a presidente de gobierno, quizá sí.