Lección del Escorial
jueves 19 de junio de 2008, 19:06h
He pensado muchas veces en el alivio que refleja el Diario de don Manuel Azaña cuando regresaba algún domingo de su excursión en coche al Escorial, en el tiempo en que ostentaba la Presidencia del Consejo de Ministros. Le reconfortaba la oportunidad para el apartamiento, la reconcentración placentera en la época de formación de su juventud “¡Cuantos recuerdos!, treinta y tres años han pasado. ¡Qué de cosas adquirí y perdí aquí! Alcalá y El Escorial: he aquí las raíces primeras de mi sensibilidad…”, anota el Presidente. Compartía la fascinación de Ortega por el paisaje de la sierra madrileña, que don José concentraba en el bello jardín de la Herrería, monte de espesura, “en invierno cobrizo, áureo en Otoño y de un verde oscuro en estío”, modulando la impresionante fábrica del monasterio, cárdeno siempre.
Me ha asombrado invariablemente, en cambio, la incomodidad de Josep Plá ante el Escorial, cuya inserción paisajística no comprende, y que su sensibilidad rechaza. Debió ser una primavera extraordinariamente severa la de 1921, que le lleva a apuntar en su dietario al para mí mejor prosista español del siglo XX, que lo que le parece un “cuartel de otro mundo” queda colocado en una hondonada dilatada , “muy castellana, áspera, estéril , de roquedales escenográficos a flor de tierra”.
Mi fascinación por el Escorial tiene otra causa que la estética o emocional. Para mí es el testimonio de la solidez de una forma política que todavía nos impresiona a muchos. Solemos acompañar la idea del verdadero Estado con la disposición de una nación, como comunidad espiritual homogénea que le corresponde, y de una forma jurídica que es la perteneciente a la estructura del constitucionalismo revolucionario. El Estado de los Austrias que se gobernó en sus mejores años desde este paraje no reposaba en una comunidad homogénea, mas bien acogía en su núcleo esencial a un pluralismo nacional europeo, pero era una organización política solvente y estableció una maquinaria de poder de eficacia y capacidad indudables. El estudio de este artefacto singular reclama el esfuerzo inaplazable de nuestros constitucionalistas e historiadores.
Quizás esta es la lección secreta que Azaña no pudo olvidar del Escorial, la de la potencia de un instrumental político bien concertado, aunque su republicanismo no le permitiese reconocerlo, cuando afrontaría años después la gran tarea de “la transformación total del Estado y el encauzamiento de una nueva sociedad española”.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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