Ni yo mismo sé a cuento de qué me viene al recuerdo aquella película cómica protagonizada por el inefable Fernando Fernán Gómez, basada en una novela homónima de Wenceslao Fernández Flores. Por buscar una relación coherente y de actualidad, tal vez encaje con lo sucedido al dimitido Pedro Sánchez.
El argumento de la película está basado en un hombre corriente de naturaleza bondadosa, pero que por ciertas adversidades un buen día toma la decisión de cambiar su postura ante la vida. Cree que el origen de sus desgracias reside en haberse comportado siempre con honradez y anuncia su intención de volverse un hombre malévolo. A partir de ahí la analogía entre Carabel y Pedro Sánchez gana en parecidos fruto de las aspiraciones y ambiciones que cada uno persigue, -léase duelos y quebrantos-, pero cuyos resultados, no obstante, no sirven para despejar el camino a ninguno de los dos. En el caso de Pedro Sánchez hubiera sido el hacerse con las ansiadas llaves de la Moncloa, mientras que Carabel pretende con ahínco una caja fuerte que si bien la consigue le resulta imposible abrirla.
Carabel intenta por diferentes medios hipnotizar a quienes poseen las llaves de la caja, pero ni por esas; su técnica no es del todo brillante y fracasa esta nueva maniobra. En el caso del secretario general del PSOE algo parecido ha tenido lugar dentro y fuera de su partido, de tal manera que su táctica de hipnosis tampoco le ha dado el fruto necesario. Felipe González, hombre despierto y lúcido, astuto estadista de la otrora buena democracia, supo no caer en el hechizo profundo cuando resultó engañado por Pedro que le negó tres veces con la mentira esa de la abstención para dejar gobernar a Rajoy.
A partir de ahí el vislumbre de posibles acuerdos con formaciones del llamado frente popular era casi un secreto tan disfrazado como el lobo de Caperucita y claro, la sede de Ferraz se convirtió en una réplica del Álamo para Pedro Sánchez, pero resultó que en esta ocasión el enemigo crítico ya estaba dentro del fuerte y a pesar de su “No es No”, pero esta vez aplicado sobre sí mismo, no tuvo ni tiempo para caer con las botas puestas. Simplemente dimitió y se rindió en compañía de todos los suyos.
El final para Carabel resulta más placentero y de película, claro está, o sea, consigue un trabajo honrado, con un sueldo a final de mes, se casa con su prometida y abandona definitivamente cualquier pretensión malévola. Y aquí acaba la historia a base de comer perdices para uno y sin Moncloa para otro, pero es lo que tiene la magia del celuloide, que no siempre el final es del agrado de todo el mundo.