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TRIBUNA

¡Los bárbaros políticos exigen cortesía!

viernes 07 de octubre de 2016, 15:35h
Actualizado el: 10/07/2016 15:57h

as atrás Alfonso Guerra pedía respeto a las formas, a propósito de la defenestración de Pedro Sánchez en un poco cortés Comité Federal. Hoy el PP, muy atento a las formas, pretende esquivar su acusación en el juicio de la trama Gürtel de corrupción. La escucha de conversaciones entre los implicados en la trama es formalmente ilegal y contraria al estado de derecho, lo que debería servir para invalidar la investigación entera que partió de esas escuchas. Sin duda las formas son de enorme importancia, el abuelo de G.K. Chesterton acusaba a la juventud de despreciar las formas, decía, cuando las formas son la civilización.

No puedo estar más de acuerdo y, sin embargo, no ya el respeto sino la sumisión a formas vacías o abstractas sólo puede conducir a un mortal formalismo. Las formas son la estructura misma de la civilización, pero cuando hemos perdido de vista hace tiempo el contenido de esa civilización, la substancia material que las formas estructuran, queda el reseco armazón de un organismo en descomposición.

Las formas de la cortesía, pero también el estado de derecho, sólo tienen valor contando con la realidad substancial a la que configuran y sobre cuyo fundamento estas formas tienen sentido. Y mucho me temo que hace tiempo que, entre nosotros, puede darse por desaparecida esa substancia. Esa substancia es la materia de las costumbres y maneras de una sociedad, procedentes de un pasado del que uno es siempre deudo y heredero. En defensa de esa realidad tienen sentido las maneras que rigen el trato mutuo o las formas de un derecho que ha de servir a la preservación del orden común. Pero los españoles hemos perdido o, mejor, a los españoles se nos ha hurtado el derecho humano fundamental, en palabras de Ortega: el derecho a la continuidad. No han llegado a nosotros sino ruinas apenas de aquellas viejas maneras.

Estoy diciendo, sencillamente, que las formas suponen al pueblo y le sirven, las formas de la cortesía tanto como las del derecho. Pero el pueblo bien formado posee una consistencia real que no tiene la desvertebrada sociedad española contemporánea. Y a la pérdida de su forma, a su deformación, ha contribuido de muchos modos la democracia coronada que hoy agoniza. También en este caso, como para toda auténtica realidad la pérdida de la forma supone la pérdida misma del contenido.

La corrupción ilegal – pero acaso inherente al sistema de partidos – coexiste con la corrupción sancionada por una legalidad que no puede esconder el escándalo de la injusticia. El colapso del sistema educativo que es incapaz de suplir a instituciones antropológicas elementales, como la familia, en cuyo seno se da forma primera a la persona y que se encuentran también en estado crítico. Añadamos la ausencia de cualquier forma de patriotismo en una sociedad desnacionalizada al extremo del desprecio de sí mismo. Sumemos el colapso de una verdadera meritocracia en el pantano de la clientela y el nepotismo… La suma podría prolongarse.

No basta con exigir formas, cuando hay que erigir la nación, cuando hay que esculpir sobre la inepta materia de esta realidad deformada una nueva forma. Entiéndase bien que no se trata de promover una revolución sino de conservar y alentar lo que quede de civilización, de proteger lo que quede de la substancia viva de un pueblo. Defender lo que quede entre nosotros de vida común, de comunicación efectiva, para ponerla a salvo de la profunda corrupción de su forma a la que está sometida. Se trata de defender la formalidad elemental del pueblo español de la barbarie de unos partidos políticos repletos de individuos – evitemos los nombres propios – que semejan cíclopes de maneras delicadas.

En España hay que sumar a la corrosión general de las formas, efecto de una modernización reductivamente tecno-económica, la auténtica deflagración de las fuerzas de cohesión de la sociedad, visibles precisamente en el espectáculo de un rígido formalismo sin cortesía y un derecho sutilmente ajeno a la justicia. A la vista del público nos podemos esforzar por conservar los modales, pero será más difícil paliar el asco que nos invade ante convenciones sin corazón o ante la jurídica violación de la justicia.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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