Placer: “La forma menos odiosa de desánimo”. Ambrose Bierce, ‘El diccionario del diablo’
Existen dos formas muy distintas de disfrutar de la vida: por gusto, pero también por la ausencia de disgustos. Disfrutamos con el placer, pero también lo hacemos por el malestar evitado, muchas veces sin quererlo y de forma pasiva. Dice la RAE que el malestar es “desazón o incomodidad indefinible”, y creo que el adjetivo ‘indefinible’ le viene al pelo en este contexto, ya que muchas veces no somos capaces de reconocer las contraindicaciones de lo placentero. No hay indicaciones claras de uso para lo ‘bueno’.
Cuando uno va de viaje lo hace animado por la satisfacción de conocer un nuevo destino, probar comida diferente, tener una experiencia excitante o descansar, quién sabe, pero en cada viaje encontramos dificultades e inconvenientes de todo tipo (una cama o una almohada incómoda, una cultura interesante pero dura y difícil de digerir) que nos hacen apreciar lo que tenemos en casa. Disfrutamos al marcharnos, pero también al regresar, cuando pensamos que ‘como en casa no se está en ninguna parte’ o cuando somos conscientes de la suerte que hemos tenido de haber nacido en nuestro país. ¡Qué alivio!
El otro día, bicheando por internet, vi anunciada la venta de una casa preciosa en el campo, con un jardín maravilloso y con una piscina -tipo estanque- idílica. Al ir pasando las fotos del anuncio y mientras disfrutaba del diseño rústico de la vivienda, le pregunté a un compañero de trabajo: “¿qué te parece este pedazo de casa?”; él respondió sin dudarlo: “me parece que son un montón de problemas”. Profundizando un poco más en uno de mis temas fetiche, ‘menos es más’, el sentir popular es creer que tener más, viajar más, conseguir más parejas sexuales o llegar ‘más lejos’ nos trae, sobre todo, una mayor satisfacción, pero, como se pueden imaginar, cada cosa viene acompañada de una ristra de problemas colgados del brazo. Muchos más de los que nos imaginamos. Cuantas más cosas, más problemas y, por lo tanto, más sufrimiento. Curiosamente las personas también tendemos a asociar el sufrimiento sólo con la aversión a lo malo, es decir, o bien queremos que no nos pasen cosas ‘malas’, o bien deseamos que desaparezcan lo antes posible. Sin embargo, también hay otro tipo de sufrimiento bastante menos evidente que se produce con la avidez por lo ‘bueno’, es decir, por desear cosas o experiencias etiquetadas como ‘buenas’ o querer que no se desvanezcan nunca las fortunas de las que estamos disfrutando. Lo segundo, la avidez, crea la misma cantidad de miseria que la aversión.
Lo curioso del caso es que nadie que ‘no tenga cosas’, en ningún momento piensa que disfruta sin querer. Por el alivio y la ligereza que producen no tener problemas asociados a tal o cual logro, ya que los humanos tendemos a pensar que ‘más es mejor’ y que el deseo no solo no crea sufrimiento sino que es estupendo. Queremos y necesitamos más dosis de aquello que nos gusta (dinero, coches, ropa, casas, comida, viajes, seguidores, prestigio, éxito, hijos, aparatos de tecnología, sexo, barcos, drogas, y de todo). Y aún más curioso resulta comprobar como hasta que no se consiguen estas maravillas, no se sufren las consecuencias. Pobre del belga premiado en el Euromillones del martes, 168 millones de Euros. “Un montón de problemas”, como diría mi compañero. Las molestias adyacentes nos castigan casi siempre en la sombra ya que muy pocos asimilan la realidad tal y como es, más es más, de todo, problemas y sufrimiento incluidos. ¿Verdad que les gustaría haber conseguido ese gran bote? Pues eso, no aprendemos más que con tropiezos, unos más caros que otros.
¿Cómo resolver tal dilema? Pues yo creo que no hay manera alguna, ya que los del ‘más’ siempre se sentirán por encima de los del ‘menos’, los ‘primeros’ sufrirán por tener mucho, los ‘segundos’ por quererlo y los de ‘tercera’ por las desdichas propias de su posición. Todos en el mismo bote, unos delante y otros detrás. No se va mejor en un asiento que otro, todos por el mismo río, todos al mismo océano. En lo malo y en las desgracias, sin embargo, parece más fácil ponerse de acuerdo.
“La paradoja de la fraudulencia consistía en que cuanto más tiempo y esfuerzo invertías en resultar impresionante o atractivo a los demás, menos impresionante o atractivo te sentías por dentro: eras un fraude. Y cuanto más fraude te sentías, más te esforzabas en transmitir una imagen impresionante o agradable de ti mismo para que los demás no descubrieran a la persona vacía y fraudulenta que realmente eras”. David Foster Wallace, "El neón de siempre"