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TRIBUNA

La siempre novelada historia

miércoles 19 de octubre de 2016, 20:57h
Actualizado el: 19/10/2016 21:03h

Cualquiera sea el enfoque filosófico o la intención ideológica, me asiste la certeza de que los que se empeñan en explicar hechos del pasado como una verdad científica, sujeta a esquemas precisos que pueden predecir la direccionalidad del futuro, aventuran teorías engañosas. En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper, advierte que el principal error que puede cometer un estudioso del pasado es aceptar ciertas reglas determinantes que permiten predecir la evolución del hombre. “Lo que llamamos historia no es otra cosa que una cronología del crimen internacional y de los asesinatos colectivos; aunque también la de algunos intentos políticos para suprimirlos, o ignorarlos”, puntualiza con tono irónico. En ese volumen, Popper critica a los llamados historicistas, y pone en evidencia esas ideas especulativas que persiguen meros beneficios políticos.

Los teóricos de la artificiosa entelequia conciben a la historia como una verdad científica irreductible, no establecida sólo en el análisis del pasado, sino además del presente, para predecir fenómenos futuros. Afirman que este método tiene la capacidad de anticipar acontecimientos sociales, e inspirados en algunas nobles ideas de Benedetto Croce y Leopold von Ranke, consideran la realidad como producto de un devenir histórico que alcanza la categoría de “ciencia del espíritu”. Según el historicismo, la filosofía es un complemento esencial de la historia y su tarea consiste en establecer una teoría pretendidamente definitiva.

Con el correspondiente respeto a Croce y von Ranque, creo que las acepciones propias de la denominada ciencia histórica se pierden en su propio laberinto al proponer efectuar una exploración sistemática de los hechos históricos. Sin ánimo de caer en la añeja polémica, yo sigo convencido de que la historia es, en sí misma, una jugada de dados, una empecinada apuesta al pasado, un desfile de contradicciones, la mayoría de las veces meramente descalificadores, entre los que se cuenta el riesgoso revisionismo.

Llamamos historia a la narración de cualquier suceso ocurrido en el pasado, incluso los imaginarios o subjetivos. Creer que esos hechos tienen una dirección racional, que los historiadores –y por ende los sociólogos, economistas o ideólogos- pueden detectar por anticipado, me parece un absurdo. El futuro no se puede predecir, y de allí su encanto o su fatalidad; la evolución del hombre en el pasado no permite deducir una direccionalidad en el acontecer humano. Si bien es cierto que la acumulación de los conocimientos influyen en la historia, también es lógico suponer que no hay manera de predecir, por métodos racionales, la evolución del conocimiento científico. Por consiguiente, como defiende Popper, no es posible anticipar el curso futuro de una historia que improbablemente será, en buena parte, determinada por inventos o hallazgos técnicos y científicos que no podemos conocer con antelación.

Menos riguroso que sarcástico, con acento literario, Oscar Wilde bromeaba que “la historia no es más que una serie de crónicas policiales, y que los historiadores son falsarios que describen con precisión hechos que nunca ocurrieron”. Solemne en sus conceptos, Thomas Carlyle consideraba que la historia se confunde con la justicia, y que los vencedores son aquellos que merecen la victoria. De allí su culto a los héroes. Juegos de conceptos, acaso triviales y jocosos, pero también inteligentes formas de sintetizar.

¿Qué es, entonces, la historia? ¿Es posible manejarla con normas precisas, con criterio científico, o es una improvisación múltiple y constante? La historia no tiene demasiada lógica ni leyes direccionales que le otorguen exactitud y es menos una cronología exacta que una novelada fantasía. Imprecisa, rudimentaria, infiel, la organizan siempre los historiadores mediante puntos de vista o interpretaciones por lo general parciales y subjetivas, cuando no ideologizadas. Ese animado causal que ofrece la apariencia de un orden, no es sino una suma de contradictorios sucesos que, para poder entenderlos, las ciencias sociales reducen a síntesis y arbitrarios esquemas. Al historiar se puede ser generoso o avaro, ingenioso o imaginativo; casi nunca objetivo. La historia, en todos los casos, es una ínfima versión, una caricatura de los hechos reales, que reflejan apenas un átomo del universo inacabado que es la vivencia que la rodea, ese “todo” que se hace y se rehace incesantemente y que no se agota en lo cultural, lo social o político, lo económico o religioso. La verdadera historia, la real, la total, no es abarcable ni asequible al conocimiento o al razonamiento del hombre.

Pero, por qué no concebir la historia como una manera de novelar el pasado, o de encantarlo literariamente, otorgándole interés. En ese camino encontramos que los mejores historiadores son los novelistas, que describen pormenores de una época pretérita con sus debidas quimeras. Quizá, si queremos enterarnos de la cotidianeidad del siglo XIX, lo mejor es leer la comedia humana de Balzac, quede modo casi exhaustivo nos muestra a la sociedad francesa de su época.

Toda historia, en el fondo, tiene algo de ficción, a veces, de solapada forma de ficción. Hubo una larga época en que las páginas de Plinio eran leídas en busca de exactitudes; hoy nos encantan por sus imaginativas maravillas. Heródoto de Halicarnaso, considerado como “el padre de la historia” por Cicerón, crédulo hasta la ingenuidad, describió con minucia todo aquello que se le refería, obviamente sin constatarlo. Su historia, como toda historia, no pasa de ser una atrayente saga del pasado. Plutarco, el sacerdote de Delfos, cuya asombrosa memoria retenía, al parecer, todos los versos que había leído, no dejó su historia, pero tuvo el raro privilegio de vivir en dos sitiales de la época antigua: Atenas y Roma, coincidiéndolas. Fue, además, el artífice de ese pormenor de la historia, que es la biografía.

Hay quienes apostamos a que la historia sea libre, recurrente, insólita y, por lo tanto, incontrolable y capaz de sorprendentes ingeniosidades. Ahora bien, el hecho de que no existen leyes que la controlen no significa que no haya ciertas tendencias en la evolución humana. En campos específicos, las ciencias sociales pueden establecer que, bajo determinadas condiciones, ciertos hechos ocurrirán quizá inevitablemente. Así, la emisión de moneda sin respaldo financiero, o los desmesurados endeudamientos, traerán consigo, sin duda, el fenómeno de la inflación. Otro tanto puede ocurrir con la violencia, predicha por los analistas, que rebota muy a menudo en sociedades que parecían haber alcanzado elevados niveles de civilización.

Thomas de Quincey escribió en sus Apuntes biográficos, que “la historia es una disciplina tan infinita como indefinida, ya que hechos similares pueden combinarse o interpretarse de diversas maneras”. Algo que Voltaire, con su habitual acerado estilo, anticipó en una famosa página de sus Cartas filosóficas, donde afirma que “los sucesos que refiere la historia son imprecisos siempre, cuando no deleznables”. Opinión compartida por Edward Gibbon, casi con idéntica irreverencia; su History of the Decline and Fall of the Roman Empire, esa larga y atrapante novela, protagonizada por generaciones humanas, aceptada como la más grande obra histórica escrita en lengua inglesa, es la muestra más insigne del sobrio pesimismo y del agnosticismo militante del siglo dieciocho hacia la historia oficial. Cuando Gibbon se refiere a la tarea de historiar, abunda en interpretaciones críticas y afirma, de manera explícita, que “la historia depende de la voluntad del historiador y que, quizá algún día, no podrá ser escrita por excesos en la acumulación de datos, por lo general imprecisos”. No menos contundente es Géza Róheim en su Relato de un esquizofrénico. “Ciertas historias son imposibles de contar –puntualiza-. Esto se debe a que la amplitud de hechos es tanta y variada que no hay forma de abarcarlas”.

Por otro lado, es bueno tener en cuenta que el pasado es de arcilla y podemos modificarlo fácilmente; de hecho, siempre lo hacemos. Recordarlo, es a veces como recordar un sueño. La historia es otra forma del sueño que apenas refiere un matiz, un hilo, de esa gran trama que es la vida humana. “La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme”, deslizó Joyce, casi al azar, en Ulyses. De Quincey, Vico, Abeljandún, Spengler, Gibbon y Popper perciben que la historia encierra un dibujo, evidente o secreto. El cacique Toro Sentado comentó alguna vez ante un atónito interlocutor que “la historia es una falta de respeto para con los muertos”. No le faltaba razón.

El concepto que han tenido sobre la historia escrita los grandes pensadores es coincidente. Como la novela, la historia es una organización arbitraria de la realidad humana, que defiende a los hombres contra la angustia que les produce intuir el mundo o la existencia como un mero desorden.

Menos confiables que minuciosos, otra especie que ha contribuido a la historia desde las historias personales, han sido y son los libros de memorias, que sirven a sus autores para poner, por lo general, la casa en orden; en un orden favorable, se entiende, ya que hasta los mea culpa tiene como fin último el favorecer a los arrepentidos. Pocos, muy pocos, son los que se atreven como Rousseau o Montaigne a mostrar sus heridas descarnadamente; una mayoría las oculta. En casi todos los casos, como bromeaba Wilde, esos textos de memorias están escritos por “quienes han perdido la memoria o no tienen nada que valga la pena recordar.”

Finalmente me atrevo a argumentar que la historia, empírica o ideológica, es un impreciso fenómeno del conocer humano, pues no hay una sola forma de ver la realidad si ambas llegan al mismo resultado. Siendo prisioneros de ritos o de costumbres -otras de astucias o perversos intereses-, los hombres condicionamos el pasado de acuerdo a nuestras preferencias. Schopenhauer creía, con sobrada razón, que la historia no evoluciona de manera concisa o rigurosa y que los hechos que refiere “no son menos casuales que las nubes, en las que nuestra imaginación vislumbra extrañas configuraciones de animales o de monstruos.”

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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