El sistema educativo español es poca cosa ante el sistema social en el que, por lo demás, está integrado. Una hora de televisión desmonta con facilidad un año de educación. Poco puede hacer la educación reglada ante los procesos salvajes de socialización de una sociedad enajenada.
Se habla a menudo de la educación en España y casi constantemente de los costes del sistema educativo, entendiendo por tales únicamente sus costes económicos. Se alega que la gestión privada de la inversión pública en educación reduciría esos costes. Admitiendo que así fuera, lo cual es ya mucho admitir, podría suponer costes quizás menos previsibles por resultar más difícilmente cuantificables. Pero desde una comprensión netamente económica de la vida humana esos costes no económicos se conciben como secundarios, irrelevantes o despreciables. Sin embargo, acaso signifiquen la substancia misma de la educación.
Disponemos de un sistema en que coexisten centros educativos de diferente naturaleza. Por una parte, un pequeño porcentaje de centros estrictamente privados, hasta donde el Estado lo tolera, puesto que no sólo sus planes de estudio deben recoger los contenidos fijados por el Estado, sino que también su visión del mundo y del hombre han de compadecerse con los fundamentos que establece nuestra constitución. Desde luego el margen de acción de los directores y gestores es mayor en estos casos y lo es especialmente en lo relativo a la metodología y organización de la labor docente. Por otra parte aparece un porcentaje mayor de centros concertados y públicos, más homogéneos en la medida en que están más estrechamente vinculados a su común fuente de financiación, sin perjuicio de diferencias importantes fundadas en el carácter privado de la gestión de tales recursos en el caso de los centros concertados.
Estas diferencias no son despreciables pero, en la medida en que la educación como tal trasciende al sistema educativo, unos y otros padecen problemas comunes cuya raíz se hunde lejos de la acción de los centros de enseñanza. El viejo tema del currículo oculto, contenidos no programados y acaso inconscientes que de un modo implícito sirven para modelar la subjetividad de los jóvenes, ha de extenderse más allá del centro educativo a todos los momentos de la vida social. De hecho el espacio de la educación formal quiere tener el carácter de una atmósfera artificial, pero no puede competir en eficacia con el mundo social en que habitan los jóvenes y de hecho es una atmósfera saturada de elementos del entorno.
Ese mundo social, sin duda complejo y muy diverso, está tomado en su integridad por una afección muy singular: la desconfianza. La modernización social significa siempre y en todo lugar un proceso de individualización, efecto de la liberación de los lazos que mantuvieran sujetos unos hombres a otros. Hace tiempo que la conciencia individual se erigió en última instancia soberana en nuestras relaciones sociales. Es natural que, en consecuencia, se haya hecho de la sospecha – propedéutica de la crítica - el camino real de la inteligencia y así el modelo del magisterio se encuentra hoy día en la hipercrítica actitud de los llamados maestros de la sospecha. Nada se exigirá más en el aula que una actitud crítica o que esa curiosa capacidad de “pensar por uno mismo”. Este fenómeno tiene un efecto directo sobre la vieja relación entre el maestro y sus discípulos, devenidos entretanto profesores y alumnos: la desconfianza mutua. Una desconfianza que exige una judicialización preventiva de sus relaciones. La escuela adquiere así forma de anómalo tribunal. No me refiero ya a los exámenes, sino a los expedientes, sanciones fundadas y arbitradas por instructores, siempre con abundancia de gerundios y “otrosíes”. La multiplicación de los recursos administrativos y la medicalización son efectos de esa misma ausencia de confianza.
Pero desde una comprensión clásica y socrática del magisterio no ya la confianza, sino el afecto mutuo son requisitos imprescindibles de un potente vínculo educativo. Diríamos muy socráticamente que el amor caracteriza la relación entre el maestro y sus discípulos, pero aquí muchos sospecharían hoy una oscura alusión. Cuando una suspicacia de comerciantes ha tomado el orden social la educación se formaliza y reseca. Es, por lo demás, realmente difícil destruir esa atmósfera que acompaña al revolucionario mundo moderno pero cabe, paradójicamente a título individual, responder a la sospecha con el amor. Éste es hoy un gesto verdaderamente revolucionario: En 1945 escribió E. Jünger en sus diarios:
“sobre esta desconfianza entre los seres humanos edifican su dominio los tiranos”