ORIENTE EXPRESS
España y la resolución de la UNESCO
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 23 de octubre de 2016, 18:21h
El pasado jueves 13 de octubre el Comité Ejecutivo de la UNESCO, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, aprobó una resolución sobre Jerusalén que soslaya por completo el vínculo histórico entre la ciudad y el pueblo judío. Promovida por Argelia, Egipto, El Líbano, Marruecos, Omán, Catar y Sudán, el texto se titula “Palestina ocupada”. A lo largo de sus tres páginas, se refiere a los lugares de la Ciudad Vieja de Jerusalén solo por sus nombres árabes. La resolución condena las “agresiones” israelíes contra la libertad de culto de los musulmanes y deplora la “constante irrupción” de radicales de extrema derecha y personal uniformado en la Explanada de las Mezquitas. Las afirmaciones equivocadas, las medias verdades y las omisiones deliberadas son tantas que prefiero centrarme en dos aspectos de fondo.
El primero es la ocultación de toda referencia a los lazos históricos de Jerusalén con el pueblo judío. Cuando uno lee la resolución, parece que la ciudad fue fundada con la conquista islámica y que solo las instituciones dedicadas al culto musulmán tienen derechos sobre ella. La ciudad santa para tres religiones parece patrimonio de solo una de ellas; paradójicamente, la más reciente de las tres en términos estrictamente históricos.
En efecto, cuando los ejércitos del califa Omar asediaron la ciudad santa entre 636 y 637 de nuestra era, el pueblo judío ya llevaba más de mil años en ella. La Biblia menciona a Jerusalén 821 veces. De ellas, 656 en el Antiguo Testamento. La bendición de Números, 6, 24- 26 es uno de los textos sagrados más antiguos de la historia de la Humanidad. Dice así: “Yahveh te bendiga y te guarde. Ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio. Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz”. Un fragmento de ella fue encontrado en Jerusalén y su antigüedad se remonta al año 600 antes de Cristo. Cuando el profeta Muhammad huyó de La Meca a Medina, estas líneas ya llevaban en Jerusalén unos mil doscientos años.
Durante veinte siglos, las miradas de los judíos de todo el mundo se vuelven hacia Jerusalén durante el rezo. En cada boda, se recita el salmo 137, que dice: “¡Jerusalén, si yo me olvido de ti, que se seque mi diestra! ¡Mi lengua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo, si no alzo a Jerusalén al colmo de mi gozo!”. En cada Pascua, se pronuncia el voto que ha mantenido durante dos mil años viva la esperanza del retorno: “LeShana Haba'ah B'Yerushalayim “, “el año que viene en Jerusalén”. Recuerdo el día que mi madre me enseñó el sentido de esas palabras: Jerusalén no es solo un lugar físico sino también teológico. El profeta Isaías (56, 7) cuenta que así dice Yahveh: “Mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos”. En ella se ha de manifestar el Mesías de acuerdo con la enseñanza del judaísmo. Por eso, por cierto, debía subir a ella Jesús tal como cuentan los Evangelios. Judíos y cristianos saben que este lugar no es como los demás sitios del mundo. No solo es sagrada para el islam. En esta resolución se intenta hurtar a los judíos tres mil años de su historia como si los musulmanes tuviesen derechos exclusivos sobre ella.
Por supuesto, una resolución de la UNESCO no puede cambiar treinta siglos de historia. Sin embargo, no se debe minusvalorar su gravedad. Este texto -su vocabulario deliberadamente islámico, sus omisiones clamorosas- revela un sesgo antiisraelí que, lejos de contribuir a la resolución del conflicto, lo agrava y enquista. Pretende dar carta de naturaleza a los intentos de negar la vinculación histórica de los judíos con la ciudad como si fuesen un pueblo ajeno que la ha invadido. La UNESCO ha borrado tres mil años de historia, arte y cultura en tres páginas lamentables.
El Consejo Ejecutivo lo integran representantes de 58 países. A favor de esta resolución votaron países como Egipto, Argelia, Sudán, Marruecos, Irán, Pakistán, Mozambique, Brasil, China o Rusia. Los votos en contra fueron de Estados Unidos, Alemania, Holanda, Estonia, Lituania y Reino Unido. Se abstuvieron 26 países; entre ellos España.
Esta abstención española es un error y una injusticia. Los miles de judíos expulsados de nuestra tierra en 1492 se dispersaron por todo el Mediterráneo y muchos encaminaron sus pasos a Jerusalén. Allí conservaron la lengua judeoespañola y el recuerdo de Sefarad durante más de cinco siglos. Familias antiquísimas de la ciudad como los Navón -uno de cuyos hijos más ilustres fue presidente del Estado de Israel y de la Autoridad Nacional para la Cultura del Ladino- testimonian ese vínculo fortísimo entre los judíos sefardíes y la ciudad santa. España no debería haberse abstenido porque ese silencio va contra su propia historia, que es la de los miles de judíos que se establecieron en Jerusalén cuando fueron expulsados de su hogar, que era España.
El sistema de Naciones Unidas nació para buscar la paz en el mundo, pero estas resoluciones que instrumentalizan los organismos internacionales en beneficio de algunos solo sirven para agravar los conflictos. Ahora, Naciones Unidas está un poco más desprestigiada entre los israelíes -ya ven, siempre se puede empeorar- y su resolución ha dado alas a la propaganda palestina.
Nuestro país no puede permanecer impasible ante una resolución que no resuelve nada y lo complica todo. La manipulación de la historia mediante la omisión de tres mil años de presencia judía en Jerusalén trata de deslegitimar a una de las partes en un conflicto cuya resolución está paralizada desde hace años. Así no se gana autoridad moral ni credibilidad alguna. El nombre de España -cuya vinculación con el judaísmo y el islam es estrechísima- no puede participar con su silencio en las mentiras que este texto cuenta ni en la omisión de la verdad histórica. La abstención ha sido un error y sería una prueba de grandeza y altura de miras reconocerlo y corregirlo.
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Analista político
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