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TRIBUNA

Ser bueno, ¿tiene premio?

viernes 28 de octubre de 2016, 20:40h
Actualizado el: 28 de octubre de 2016, 20:55h

“El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido”. Groucho Marx

Cada vez que voy al cine me siento engañado. No hay duda alguna de que las películas están cada vez mejor publicitadas, pero tampoco de que están mucho peor producidas y de que la calidad de los guiones está en absoluta decadencia. Desde hace una década aproximadamente, la industria del cine (Hollywood y comparables) se ha volcado a vender las películas con toda su artillería financiera y mediática, pero también ha pasado por alto el dicho que dice que ‘detrás de una buena película siempre hay un buen guión’, y no al revés, ya que con un buen guión también se puede hacer una pésima película. Digamos que ‘ellos’ lanzan una peli (mala) a través de una campaña de marketing que les cuesta casi tanto como producir la película, y se pasean por el mundo entero con su majestuosa nave espacial llena de celebrities estelares junto a un deslumbrante -y engañoso- tráiler, disparando rayos publicitarios -e hipnóticos- multicolores. Si tocan bien la flauta, muchos ratoncitos les seguirán un par de semanas y acabarán por recaudar 2 veces lo invertido, luego se irán de rositas con la música a otra parte y vuelta a empezar.

Como no quería comenzar a escribir sobre la falta de honestidad como de costumbre, es decir, con políticos y gestores de grandes corporaciones como antihéroes, he pensado que la industria del cine sería otro buen ejemplo para mostrar cómo funciona la mentalidad colectiva actual, donde el fin justifica los medios y parece que engañar, mentir o robar y, en menor medida, ser deshonesto o maleducado no solo no tiene castigo, sino que se ignora o se potencia.

Respeto, solidaridad, honradez, disciplina, lealtad, paciencia, justicia, voluntad, libertad, amor, compasión, humildad, empatía, sacrificio, prudencia. Estos principios los compartían tanto las religiones ancestrales como cualquier persona de bien, muchos políticos y empresarios incluidos, pero ahora no están de moda y las personas ‘de éxito’ ya no practican casi ninguno de ellos salvo, quizás, la disciplina, la voluntad y el sacrificio para conseguir metas con recompensas materiales, principalmente. Antes, se negaba la palabra al mal educado y al deshonesto, sin embargo ahora se le aplaude siempre y cuando haya tenido éxito material. El eslogan “yo no soy tonto” va más allá de conseguir una oferta o el precio más bajo, “yo no soy tonto” connota un egocentrismo absoluto que me recuerda a las excéntricas estrellas del Pop & Rock que, cuando se van de gira, piden una planta entera del hotel para ellos, unas sábanas de seda del Himalaya, 10 botellas de champan 110% Chardonnay de Nueva Zelanda y que nadie les mire a la cara cuando se dirijan a ellos, por ejemplo. Aunque les parezca un ejemplo exagerado, el nivel de ensimismamiento y falta de civismo es tan alarmante como los ingredientes cotidianos que alimentan el estofado mental: inmediatez, exhibicionismo y materialismo que potencian las redes sociales, las aplicaciones de los móviles y la adoración global al becerro de oro. Nada nuevo en el horizonte, en realidad, pero al menos antes los deshonestos eran una minoría mientras que ahora son ídolos de una pequeña (jóvenes) gran mayoría.

La pregunta que me gustaría hacerles es la siguiente: hoy en día, ¿tiene algún valor ser buena persona? Parece una pregunta absurda, pero creo que no lo es, ya que ni yo ni la mayoría de las personas a quien he preguntado hemos podido responder con cierta soltura. Una posible respuesta sería que sí, que “ser bueno es algo que, sobre todo, nos recompensa de forma personal y espiritual, pero que también podría tener su recompensa material”, otros respondieron que “ser bueno, es lo correcto” o con un simple “pues claro”. Difícil, ¿no creen?


Pero, ¿están ustedes seguros de que, de verdad, queremos ser buenos, respetuosos, honorables y generosos? Yo, a veces, tengo mis dudas. Por la irreverencia que mostramos cuando no cedemos el paso, abusamos cuando tenemos oportunidad o cuando no damos las gracias al que nos ayuda; por la indiferencia que nos ha vuelto ciegos ante los pobres, los débiles o las desgracias de desconocidos, amigos y familiares; por la inmoralidad de los que explotan y se aprovechan de sus semejantes con la excusa de un mayor beneficio material o de aquellos que solo cuidan a quien pertenece a su círculo social; por la desobediencia de los consentidos que sólo velan por sus intereses. En su casa, en el trabajo, en la ciudad y en el campo; por la deslealtad de los que no sienten agradecimiento alguno por los que les han ayudado en la vida; por la impaciencia que nos invade por minutos, cada uno de los que pasamos atendiendo a nuestros ordenadores y móviles; por la injusticia del éxito material y el reconocimiento (envidiados) de los más osados y tramposos; por el desánimo que produce no ver beneficio alguno en jugar limpio; por el sometimiento a una rueda sistémica que solo gira en un sentido, el contrario del que nos sana; por el odio que nos invade al ver que casi todo la gente que nos rodea es egoísta e interesada; por el desprecio que sentimos por el prójimo, que nos acaba enfermando; por la comodidad del tedio que se alimenta de la falta de gratificación inmediata; y por la imprudencia de aceptar que la ignorancia que nos contamina es el único camino posible en la vida .

Y nuestros hijos, ¿cómo crecerán con semejantes raíces?

“En todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras”. Bertrand Russell

NOTA: Ya sé que no hay ningún champán 110% Chardonnay en Nueva Zelanda, el máximo nivel que he podido encontrar ha sido el 105.5% ;-)

Nacho López

Asesor Financiero

NACHO LÓPEZ, dedicado al mundo de la banca de inversión y comercial, al mercado de capitales, al análisis y al asesoramiento bursátil, ha trabajado en los principales bancos españoles y en otros internacionales de primera línea.

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