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TRIBUNA

El amor, esa vieja receta

Juan José Vijuesca
miércoles 02 de noviembre de 2016, 20:34h

Quiero saber lo que es el amor. Alguien lo dejó caer y como toda ingrávida cuestión quedó suspendida en el aire. Pregunta tan fácil como controvertida si la queremos responder con la fidelidad de lo que somos. Permitan que me aventure entre los sentimientos ajenos, los míos hace tiempo que no me pertenecen desde que escribo en profundidad.

Digamos que el amor es el único equipaje que se nos concede en el momento de nacer, de ahí la importancia que tiene un ser vivo. Nunca sabremos la cantidad exacta de amor que se deposita y se destruye mientras haya quien cercene la voluntad de otros por venir al mundo. Somos la materia más vulnerable y a la vez la más deseada; así pues, arrebatar la herencia que atesoramos como un bien intangible, pero inagotable, es sin duda lo más codiciado por las mafias del desamor.

La universalidad que se concentra en un simple gramo de esta herencia no entiende de ideologías, doctrinas, ni deidades. Es un simple elixir a modo de ungüento que solo basta con rozar la piel de quien lo necesita para despertar la dignidad humana de lo oculto u olvidado. Si hace ahora tantos años de nuestra primera existencia, les aseguro que ésta no fue precisamente por la voluntad de quienes desterraban a un simple embrión, tuvo que ser porque el amor se apoderó de la energía y gracias a ese lapso hoy estamos en este mundo. Curioso que existan quienes traten de descubrir lo que no nos pertenece ni a nosotros mismos, porque el amor no tiene dueño, al igual que tampoco lo tiene quien careciendo de él espera una desprendida señal de afecto. De manera que el amor es propiedad de la única razón por la que estamos aquí y para lo que venimos al mundo.

La humanidad no sectaria quiere, pero otros no dejan expandir el antídoto capaz de combatir el tormentoso afán de instaurar un apocalipsis. El amor tiene el poder de un simple gesto, una simple caricia, mientras que la palabra de la incuria se ha posicionado en lo radical de la maldad y trata en destronar la ternura de las buenas voluntades. De vez en cuando lo anónimo sale a demostrarnos que el amor tiene la fuerza de lo fácil y la debilidad de la controversia. Hace poco asesinaron a una misionera española en Haití, Isabel Solá Matas, alguien que llevaba varios años regalando a los más necesitados lo único que nos hace invencibles cuando el amor abandera la cruzada frente a la ignominia de los apóstatas. Ese es el amor que da respuesta y a la vez contradice, porque esa persona, como tantas otras, capaz de dar su vida a cambio de nada y a miles de kilómetros de los suyos, nos enseña a entender que a veces la humildad la tenemos tan próxima que no sabemos ni que existe.

No tomen estas mis reflexiones como un dogma de fe, ustedes mismos son dueños de su propio vértigo y de él emanan los propios actos de generosidad frente a las palabras huecas y llenas de falsos linajes. Nadie es dueño de nadie, créanme, solo lo prescindible es lo que nos conmina a la frigidez y al desafecto. La vida no sería vida si no la viviéramos pensando que en cada momento y en cada lugar hay siempre alguien a quien amar. De manera que no renuncien a lo único que de verdad nos hace ser humanos por encima de cualquier política, filosofía e incluso religión.

La grandeza y la miseria se complementan con un simple giro, alineación o movimiento de una de esas fallas que circundan nuestro subsuelo, o sea, algo que ni siquiera vemos y que sin embargo nos permite vivir sobre una superficie que a diario nos hace guardar el equilibrio. Por desgracia nuestro poder sobre la tierra se balancea sin necesidad de mayores temblores ni terremotos, basta una infiel palabra, un gesto falaz o un desprecio para que el orbe se estremezca entre nosotros.

Cuán importante es haber nacido a pesar de cuantas mutilaciones viene sufriendo el ser humano y no obstante, pendientes de nosotros, existen millones de personas en el mundo, carentes de lo más básico para vivir, pero siendo capaces de regalar lo que por amor incondicional guardan como sus mejores galas. En fin, no olviden que lo eterno anida en una mayoría silenciosa que no necesita articular palabras para entenderse y ser entendido. Para mí, ese es el verdadero amor.

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