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TRIBUNA

Trumpismo por el mundo

Natalia K. Denisova
sábado 05 de noviembre de 2016, 16:35h
El mundo va mal. Occidente ha entrado en otra crisis política que lo está llevando al borde del abismo. Si en las crisis anteriores Estados Unidos supo esquivar los peores peligros, ahora son ellos los que sufren en primera línea esos males, porque unos pocos días antes de las elecciones americanas, las encuestas reducen al mínimo las diferencias entre la candidata demócrata, Hillary Clinton, y el republicano Donald Trump. Éste puede ganar. En vísperas de las elecciones, muchos miopes analistas, que se referían a Trump como si se tratara de un payaso, ahora empiezan a estudiar quién es Trump y a quién representa. Llegan tarde, señores. Ya ha pasado el tiempo de hablar y analizar las aventuras del excéntrico Trump. Ahora lo único que les queda es dar pataletas como niños por el enojo ante algo inminente: contar permanentemente con líderes o fuerzas políticas tan estrambóticas como las que representa el millonario yanqui.

¿Acaso el señor Trump es el único político que vive del escándalo? En España, hay una aglomeración de fuerzas, llamada Podemos, cuyos representantes hacen el ridículo todos los días en las instituciones democráticas a las que ellos llaman no democráticas. Si se tratara de una persona, sería un interesante caso del trastorno psicológico que sufre Podemos. Mientras que los representantes de la ciudadanía, es decir, la gente que acata ley, los ciudadanos normales, tratan con la ley en la mano a los internados en el Centro de Internamiento de Aluche, o sea como personas con problemas de irregularidad para vivir en España, la alcaldesa de Madrid, lejos de tratarlos como “delincuentes” o bordeando la ley, se porta con ellos como el loco don Quijote con los galeotes: les otorga el perdón universal por todos sus “pecados”.

Comportamientos “populistas”, como el de Carmena y los podemitas, al margen de lo real, hay por toda Europa. Los países cambian, la circunstancia también, pero el meollo del problema parece ser el mismo. En Francia, el Frente Nacional determina la lucha por el liderazgo en el partido de centro-derecha francés, entre Nicolás Sarkozy y Alain Juppé, porque Marine Le Pen es favorita para los comicios. El discurso duro y abiertamente racista de Le Pen contra los islamistas ha conseguido mucho apoyo entre la población francesa, asustada por los datos de las encuestas según las cuales más de un tercio de los musulmanes que viven en Francia tienen perfil “ultra y rigorista”. En Alemania, Angela Merkel se enfrenta a la Alternativa para Alemania (AfD), un partido abiertamente nacionalista. Además, tiene que hacer concesiones a los representantes de su propio partido que promueven las medidas que cierran el acceso de los europeos a las prestaciones alemanas e intentan priorizar a los refugiados cristianos frente a los musulmanes. Mientras el UKIP en Gran Bretaña ha conseguido ya la salida de la Unión Europea y ahora parece que ha encontrado un inmejorable portavoz, la líder de los conservadores, Theresa May. Dado esto, la propia formación radical desaparece porque sus medidas están recogidas por May. Este proceso va acompañado por la radicalización de la población que de nuevo ha tomado las calles: cualquiera puede recibir una buena paliza en el mismo centro de Londres, ya no hablemos de lo que pasa en los pueblos, sólo por hablar otra lengua que no es la inglesa.

Hasta aquí no hay discrepancias: muchos analistas y periodistas se han dado cuenta de la expansión del populismo más peligroso que, en muchos casos, roza el racismo. Sin embargo, nadie se pregunta cómo ha podido suceder que una gran parte de la población europea y estadounidense apoye a las fuerzas políticas que arrasan con lo políticamente correcto. El Brexit ha demostrado que muchos indocumentados lo consideran una simple arbitrariedad de un pueblo poco ilustrado. Pero hay indicios de que el malestar de la población europea de a pie, lo que los populistas evocan como el pueblo, lo está pasando mal: los pueblos pequeños se ven desbordados por los inmigrantes o refugiados, las grandes ciudades están bajo la permanente amenaza del terrorismo islamista, y todos sin excepción se encuentran aquejados por el régimen de los impuestos y de la política laboral. Es decir, antes de insultar a los ciudadanos europeos, preguntémonos, ¿qué hacen los partidos y líderes “tradicionales”, si quieren, que se definen como liberales y demócratas? En Francia desmontan un campamento de seis mil migrantes, afincados en Calais sin pensar en ninguna medida de integración para ellos. En Alemania la vida de muchos pequeños pueblos se ha visto afectada por la llegada masiva de refugiados que, lejos de integrarse en las formas de vida de Alemania, solo reclama derechos a las prestaciones y, por supuesto, condiciones de “vida digna”. Y no es casual que en Inglaterra, que antes se proclamaba la más fervorosa seguidora del cosmopolitismo barato, ahora se produzcan ataques a los extranjeros y a los propios británicos de origen polaco o paquistaní.

Con estas “idealistas” y revolucionarias políticas es posible que un ciudadano normal, un trabajador que paga sus impuestos y cumple las leyes, pronto verá que su vida ha sido invadida o determinada por una decisión arbitraria del político de turno. Las instituciones tradicionales, los políticos y sus partidos se mostraron ciegos ante la realidad, mientras que esa misma realidad le pasaba factura, durante años y años, a los ciudadanos de a pie, que tuvieron que adaptar su vida cotidiana a las medidas arbitrarias y discriminatorias de sus gobernantes. Esa contradicción es la base de aparición y desarrollo de los trumpismos. Ahora, el martes día 8 de noviembre, el protagonista del chiste, según el cual, no hay mayor desgracia que ser un hombre blanco de mediana edad en los EEUU, va a responder. No está lejos la hora de la verdad de las demás fuerzas políticas occidentales.
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