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La farsa electoral en Nicaragua

lunes 07 de noviembre de 2016, 11:32h
Ayer se celebraron elecciones en Nicaragua, pero no es necesario esperar a los resultados. El actual presidente del país, Daniel Ortega, se ha garantizado que solo sea posible un vencedor: él mismo. Se alzaría así con su tercer mandato consecutivo, acompañado esta vez por su mujer, Rosario Murillo, que aspira -mejor decir que ya tiene seguro-, al cargo de vicepresidenta. Y no es solo a su esposa a quien tendrá a su vera, sino a varios de sus hijos a quienes ha ido colocando en cargos públicos o al frente de empresas, proporcionando todo ello a la familia Ortega pingües beneficios. Parece que el líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) luchó para que cayera la dinastía somocista con el propósito de instaurar la de los Ortega.

Si gana las elecciones, y es indudable que sí, Daniel Ortega podrá prácticamente perpetuarse en el poder. Algo que ha ido fraguando con empeño digno de mejor causa. Quien califica a los narcoguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como “hermanos” y tiene a Fidel Castro y Hugo Chávez como santos patronos, fue intensificando su deriva autoritaria hasta dar el pasado verano un verdadero golpe de mano despojando a la oposición de sus escaños parlamentarios.

La maniobra, que le ofreció en bandeja de plata el Tribunal Electoral, controlado por el presidente sandinista, le ha permitido llegar a la cita electoral con el camino despejado y convertida Nicaragua en un país de prácticamente partido único. Sin oposición de peso, sin permitir que hubiera observadores internacionales en los comicios, sin la menor transparencia, las elecciones nicaragüenses son una farsa. El revolucionario Daniel Ortega encaramado al poder ha demostrado que su pensamiento es claro: la mejor revolución empieza por uno mismo.
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