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TRIBUNA

Nihilismo de botellón

jueves 10 de noviembre de 2016, 20:17h

Una niña de doce años ha muerto tras consumir una gran cantidad de bebidas alcohólicas de alta gradación. Es la más reciente y terrible noticia entre muchas, que vienen apercibiéndonos de la naturaleza destructiva de ciertos hábitos sociales. Todos sabemos que la industria turística, motor fundamental de nuestra economía, utiliza reclamos y llamadas que atraen una gran cantidad de clientes del llamado abiertamente “turismo de borrachera”. Todos conocemos la existencia de áreas desoladas y aparcaderos en que se vierten centenares, si no miles de personas, para beber y pasar la noche. Se habla de botellódromos para nombrar estos espacios. Pero bastará una plaza desangelada o un descampado, apenas retirado de las zonas residenciales, para recoger sin acoger a unas decenas de bebedores. Todos sabemos, en suma, del cambio de hábitos en los modos de beber y en la naturaleza misma de la bebida: son el signo atroz de cambios en nuestros modos de convivencia. Se habla de patrones nórdicos, importados, frente a modelos mediterráneos, tradicionales en nuestras latitudes.

Desde las instituciones se pide atención a las familias y se recomiendan cursos específicos para padres en los que aprenderían las técnicas precisas para afrontar los comportamientos de riesgo de sus hijos adolescentes o pre-adolescentes. Se alerta a las familias y a la sociedad, como si entre ambas hubiera continuidad y no contradicción, de la necesidad de reforzar determinadas pautas educativas. Se imparten y se impartirán cursos en los Centros Educativos sobre los peligros de una iniciación temprana al consumo de bebidas alcohólicas. El alcohol y su metabolismo se convertirán en objeto de estudio en las aulas, sus efectos nocivos sobre uno u otro órgano tratarán de servir para producir aversión hacia las actuales formas degradadas del convivium: de una convivencia de la que, sin embargo, siempre formó parte la comida y la bebida en común.

Los propios padres no nos vemos capaces de evitar que nuestros hijos se entreguen a comportamientos destructivos y solicitamos atención por parte de docentes y terapeutas. Aparecerán nuevamente determinaciones higiénicas y sanitarias contra estas costumbres auto lesivas. Parece, sin duda, una situación de emergencia. Pero la policía no puede actuar en muchas zonas, dado el número de concurrentes, y la ley es violada con completa impunidad. En esas condiciones la solución penal no parece posible. ¿Es siquiera deseable? Siendo imposible aplicar la ley, habría que abdicar y retirar una legalidad diariamente escarnecida. El problema radica en que, en el actual estado de emergencia, el recurso a la educación – paciente, sistemática, reflexiva – resultará angustiosamente lento.

Pero podría suceder que también a medio o largo plazo se viera frustrada la esperanza puesta en una educación que, acaso tampoco en este campo, pueda lograr sus objetivos. Las razones de su fracaso son diversas. Unas son generales y el fracaso en este punto sería enteramente semejante al fracaso de la educación en otros campos: no cabe esperar cambiar problemas sociales de una profundidad radical mediante la prédica abstracta, o la mera recomendación sanitaria o pedagógica. Habría que alcanzar la profunda raíz de esos comportamientos peligrosamente negativos. Mostrar los riesgos para la salud, que son generalmente conocidos, tiene un efecto menor sobre estos comportamientos, sin que por ello debamos abandonar el esfuerzo. Pero la raíz elemental de esas formas de negación de sí mismo está lejos de ser tocada por nuestras recomendaciones pedagógicas, higiénicas o sanitarias, esa raíz – a mi juicio – cava a un nivel de realidad más profundo.

Una queja alarmante se extiende entre la población, una queja que puede resultar especialmente dolorosa cuando la expresan voces jóvenes, la queja de asfixiante aburrimiento. No es la desidia ocasional, sino un aburrimiento substancial que arroja un manto de ceniza sobre la existencia. Es la atonía del tedium vitae, la paradójica emoción del hastío, una cansada indolencia que se expresa en un carácter adusto, que esconde una tristeza abismal. El fondo del que nace esa queja es históricamente más profundo que nuestros análisis psicológicos, higiénicos o sanitarios. Un niño de doce años no debiera beber en ningún caso y no sólo por los efectos insanos del alcohol, pero – llegado el momento – la bebida y la comida son medios fundamentales de la convivencia.

Pero son justamente los modos de nuestra convivencia los que han sufrido una profunda erosión. Como enseñaban viejos maestros hemos de beber siempre porque estamos felices, jamás porque estamos tristes. Sin embargo, la felicidad – que fuera una categoría política fundamental – ha sido relegada a los libros de autoayuda. Pero esa felicidad capaz de sobrepujar el hastío no está al alcance de nuestra pedagogía, ni de nuestra medicina. Tampoco parece posible la restauración – siquiera fuera en pequeño grado – de las formas elementales de la convivencia, cuya descomposición padecemos. En tales condiciones, desgraciadamente siempre será mejor no beber.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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