En los años inmediatos la abnegada musa de la Historia tendrá un trabajo desmesurado. A la vista del incesable acrecentamiento de las voces en reclamo del pronto juicio de la Historia para revalidar sin apelación ulterior sus opiniones o hacer justicia definitiva a sus actitudes en los mil frentes de la tesitura temporal de la España del otoño de 2016– (aunque siempre con especial atención a la Política…) -, es dable pensar que, sin un reforzamiento de los equipos de estudiosos e investigadores contemporaneístas y una entrega stajanovista a su labor, la esperanza contenida en tan anhelante llamada tardará en materializarse. En pocas ocasiones del pasado hispano habrá sido, en efecto, más unánime y apremiante la invocación a Clío como reparadora de entuertos y suprema instancia de voluntades y afanes torcidos o malinterpretados por los coetáneos, que solo en sus competentes servidores encontrarán la comprensión y respuesta adecuadas.
Un día será la anhelosa reivindicación expuesta por un cualificado parlamentario en la tribuna del Congreso de los Diputados, a propósito del imponderable sacrificio llevado a cabo por uno de los pilares de la todavía muy joven democracia española a fin de poner término a una situación altamente perjudicial para los intereses nacionales, la que pondrá como testigo de la noble y patriótica conducta de una de las grandes formaciones políticas de la nación a la más rígida y menos influenciable de las musas. Otro, un exgobernante, sometido a fortiori por resolución de los tribunales a una revisión de su largo mandato autonómico, demandará el pronto auxilio de los servidores de Clío para limpiar sus controvertidas actuaciones de cualquier sospecha de tabidez. Y otro también, la actualidad más percutiente nos informará que uno de los hombres públicos del, con todo, abrillantado periodo de la Transición con mayor formación cultural y más asistido de los saberes historiográficos, el antiguo y muy honorable Presidente de la Generalitat Jordi Pujol, consume sus largas veladas en allegar pruebas que corroboren su honestidad al frente de la venerable institución, idolatrada por las gentes del Principado desde tiempos muy lejanos. Obsesionado, según confesión propia y reiterada, por su “puesto en la Historia”, este político contemporáneo, de envidiables conocimientos en el terreno de Clío, se desvela hodierno al pensar en su veredicto y se afana ahincadamente en facilitar el trabajo de los historiadores con dossiers y una abrumadora documentación de su paso por un poder ejercido y usufructuado a fondo…
La judialización que impera e invade cualquier ámbito de la vida nacional del presente ha llegado así al de la Historia que debiera ser respetado, por el bien de la colectividad española, de cualquier intromisión ajena a su naturaleza epistemológica. Por fortuna, las vocaciones en su campo mantienen un elevado nivel en cuanto a la cantidad, pero no así en el de la calidad. “Los páramos y desiertos” que los críticos del franquismo observan en el panorama cultural de la dictadura, se quedan hoy tamañicos en no pocos escenarios de la vida intelectual, en particular, en el territorio de las Humanidades. Por desgracia, el de la historiografía no constituye ninguna excepción. La forma, esto es, el lenguaje y la expresión escrita ofrecen un paisaje eversivo; el escrutamiento del fondo, por superficial que sea, tampoco descubre una realidad más alentadora. Los estragos de varias décadas de incuria y autocomplacencia suicidas se entrojan ahora. Empero, las generaciones que llaman a la puerta de nuestra actual convivencia exigen que las recibamos con mesurado optimismo. La responsabilidad, el trabajo bien hecho, la ilusión por un mundo mejor, enseña precisamente la Historia que hacen de torcedor positivo de cualquier coyuntura adversa. Así ha sido siempre y así seguirá siendo a poco de que nos adentremos en el tajo de un porvenir más radiante. En su solar probablemente las futuras hornadas de historiadores consagrarán vigilias sin fin para otorgar el tributo debido a la verdad y la justicia.