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TRIBUNA

Un país desmotivado

José Manuel Cuenca Toribio
jueves 17 de noviembre de 2016, 21:47h

A muy primera hora de la jornada laboral de un lunes preinvernal, en un destartalado y viejo aunque hermoso edificio de una ciudad superprovinciana, pese a su pasado imperial, un joven, diligente y bienhumorado miembro de la mensajería institucional, ante una festiva invocación al trabajo de uno de sus colegas, afirma con sencillez y rotundidad: ”Sí, al trabajo por un país al que otros destruyen cada tarde…”. Marchado este a cumplimentar su oficio, un integrante de la conserjería dirá con su peculiar modestia y agudeza: “El país está desmotivado…”; prosiguiéndose después entre los estimulantes componentes del departamento citado un breve diálogo sobre los “males de la patria”, provisto de sustancia doctrinal y penetrado de un noble, estremecido relente espiritual.

Cuando, apenas pasado uno de los tractos nacionales más frustrantes de un año sin gobierno y el porvenir inmediato se anuncia como un nuevo despeñadero, episodios como el descrito invitan a la esperanza. Por frivolizada que se encuentre la vida pública protagonizada por sus Cámaras parlamentarias y todo el Establishment, el buen pueblo español, las gentes que personifican a diario lances como el acabado de narrar, merecen por fuerza otro futuro para sus existencias laboriosas, cinceladas con la honestidad y entrega a su misión en una sociedad aturullada y dimitida de las grandes empresas, pero no por entero ocluida a la regeneración.

¿En qué momento del año próximo oiremos el pistoletazo de salida para carrera tan reparadora como irremplazable? El misterio envuelve a un trance –se repetirá- completamente inexcusable y a cada hora transcurrida de urgencia perentoria. La iniciativa habrá de tomarse por los estamentos dirigentes, por una vez conscientes, tras varios meses de irresponsable holganza, de la trascendencia de su actuación. Es mucho lo que está en juego; y el porvenir de las generaciones juveniles constituye el último refugio al que se acoge la noción de lo sacro, de tan apabullante vigencia en las antiguas sociedades, de hoja de ruta mejor confeccionadas que las actuales. Lo mejor de tan enaltecida nación como fuera la España de otros siglos está aún por llegar, y sus elites hodiernas deben, con rectitud y magnanimidad a un tiempo, acompasar los relojes de su responsabilidad con los de la inquietud y esperanza de la inmensa mayoría de sus conciudadanos. (Si así, por vía en verdad un tanto milagrosa, fuese, el joven mensajero aludido al principio de este artículo, al término de un horario iniciado todos los días a las seis de la mañana, retornaría a amistarse con la ilusión; y asimismo, el ejemplar conserje también referido en idéntico lugar, sobreponiéndose a su excruciante y dignamente ocultado dolor por la suerte de su ser más querido, volvería a creer en el país en que tuviera, pese a todo, la dicha de nacer…).

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