www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Woody y Clint

Natalia K. Denisova
sábado 19 de noviembre de 2016, 19:13h

Hace unos meses los críticos de cine, sobre todo, los de El País, se decantaban por la película de Woody Allen Café Society. Según estos “críticos”, esta obra representaría un magnífico retrato, entre “magistral y agridulce”, de la condición humana. Sin embargo, cuando yo la vi, quise irme después de los primeros quince minutos; todos los personajes de Allen eran de cartón-piedra y, además, nos daban lecciones con voz meliflua de lo que sucedía en la pantalla. Me acordé del pintor Orbaneja, de El Quijote, que pintaba de tal manera a un gallo que siempre tenía que poner su nombre para que la gente no lo tomara por algún otro bicho. Sin duda, hay que felicitar a Allen por el bellísimo cuento que ha logrado montar, pero no lo llamemos el cine: la realidad no se encuentra allí, el mundo real se escapa de Woody Allen, espantada por sus artificiosas fantasías.

La desilusión de los críticos llegó a principios de noviembre con el estreno de la nueva obra de Clint Eastwood. Sully, simplona, plana y tediosa, según El País; sin embargo, a mí me ha encantado. Es un peliculón. Y parece que también le ha gustado a otros cuantos millones de espectadores, porque ha recaudado en un tiempo récord 163 millones de euros, triplicando así el presupuesto de la película. Parece que la “simplona” película de Eastwood ha logrado atraer a un público bastante amplio. ¿Por qué será? ¿Nos falta criterio e inteligencia a quienes nos gusta la película de Eastwood? Lo dudo.

Yo fui a ver Sully, sencillamente, porque me gusta como su director retrata la realidad.La bandera de nuestros padres, Las cartas desde Iwo Jima, El francotirador, y otras tantas obras de Eastwood repiten el mismo esquema, el mismo modo de hacer: una historia real, el protagonista de la historia y la cámara bien puesta para hacer una reconstrucción exacta de los acontecimientos. Mostrar lo real en la pantalla. Eso es cine y poesía. Eso es lo que les resulta simplón a los críticos ávidos de las sofisticaciones y malacostumbrados por las innovaciones tecnológicas o vestuarios espectaculares de cuentos de hadas holliwodienses. La realidad de Eastwood no les gusta a los correctos “críticos” de El País. Pobres. ¡No saben nada de poesía ni de cine ni de realidad!

La capacidad de captar la realidad de Eastwood es lo que me ha llevado al cine. Quise asomarme al otro lado del Atlántico para enterarme qué sucede en la América que ha elegido a Donald Trump. Y confieso que esta película no me ha defraudado. Me ha enseñado muchas cosas. Detrás de una sencilla historia de un piloto con cuarenta años de experiencia, se ven todos los problemas de la sociedad actual americana y, sin duda, europea. Sully está al borde de perderlo todo por conseguir una proeza, aterrizar un avión averiado en el río Hudson sin causar ni una víctima. Cuando se da cuenta de lo sucedido se ve en una vorágine inexplicable: la gente de a pie lo saluda y celebra su hazaña, mientras que las comisiones, los sindicatos, los medios de comunicación le hacen dudar de su decisión. ¿Y si él, en vez de salvar 155 personas, arriesgó sus vidas más todavía al no regresar al aeropuerto? Todos los expertos de una comisión que investiga el accidente cuestionan su decisión, las simulaciones en “condiciones reales” demuestran que podía regresar al aeropuerto de origen. Sin embargo, el sentido común y los testimonios materiales del protagonista desmontan la falacia de los supuestos “expertos”… No les desvelo el final, pero sí el leitmotiv de la película: “Hemos hecho nuestro trabajo.” Es una frase de Sully, el protagonista, antes de conocer la resolución de la comisión oficial. Esa frase es más que un pensamiento, es una forma de ser del americano medio, ha hecho su trabajo, o sea, su decisión fue certera. Con este convencimiento se enfrenta a las instituciones instaladas fuera de la realidad y desmonta sus argumentos, que en vez de aclarar, tratan de ocultar lo sucedido.

La película de Eastwood es magnífica, pero será destruida por los “críticos” de la especie de El País. No merece menos, porque los críticos, excepto casos contados, forman parte de los medios que se han olvidado de la realidad que los rodea. Lo melifluo y políticamente correcto es lo que saben evaluar. Lo demás es simplón. El heroísmo civil puede ser simplón, señores especialistas cinematográficos, pero es tan simplón como la realidad que nos rodea. Optar por el cuento de hadas de Allen o la épica de Eastwood no es mera cuestión de gustos, es la cuestión de optar por vivir en la realidad o estar construyendo a todas horas castillos en el aire.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(0)

+
0 comentarios