TIRO CON ARCO
La epifanía Trump
domingo 20 de noviembre de 2016, 20:07h
Actualizado el: 24 de noviembre de 2016, 21:58h
Discutíamos una amiga y yo –lo hacemos por deporte- sobre un artículo que yo le había mandado. Trataba del Tema con mayúsculas durante estos días, la victoria de Donald Trump, hype absoluto en la prensa de opinión y análisis. Comentaba mi amiga un detalle del artículo, y era la satisfacción que producía en los analistas el fracaso de todas las opiniones, los sondeos, las encuestas y, en fin, de la tendencia mayoritaria.
A veces me pasa a mí también. La satisfacción del aguafiestas, y consiste en llevar razón y demostrar que todo el mundo estaba equivocado. Pero la victoria de Donald Trump, como la del ‘Brexit’, o el ‘no’ a la paz en Colombia, fascinan por otra razón, que es la satisfacción contraria: la de sentir que en el mundo todavía quedan cosas imprevisibles, que esto no se ha acabado.
“Sin alarmas y sin sorpresas, por favor”, según cantaba un abúlico Thom Yorke a punto de terminar el siglo pasado, como si estuviera pensando en todo el milenio que se avecinaba. Todavía no hemos llegado a Marte, y la Tierra está excesivamente cartografiada: basta mirar Internet para llegar a los confines más inhóspitos del mundo. Da la sensación de que las emociones, el ser humano, también están cartografiados, y el tiempo por venir, todo decantado del lado más probable. Y cuando no sabemos qué va a pasar, miramos el comportamiento de la Bolsa, que todo lo anticipa, como los antiguos consultaban las tripas de las aves en busca de los augurios del futuro.
“Nuestros pensamientos están inundados de imágenes de lugares en los que nunca hemos estado y sin embargo conocemos, de personas que nunca hemos conocido pero con las que no obstante estamos familiarizados, y en gran medida tenemos en cuenta al vivir nuestra vida”, escribe Karl Ove Knausgard, en la primera parte de Mi Lucha, “esa sensación que nos ofrecen de que el mundo es pequeño, densamente encerrado en sí mismo, sin aperturas hacia nada más, resulta casi incestuosa, y aunque yo sabía que era profundamente falsa, ya que en realidad no sabemos absolutamente nada, no podía no obstante librarme de ella”.
Entonces sucede lo que nadie esperaba y se produce una especie de epifanía. Quizá queda mundo, quizá todo no sea tan racional. Es horrible, sí, pero no estaba en la agenda.
Como niño viví en el mundo de la aventura y la fantasía: desde Simbad el Marino hasta las películas del Oeste americano, de las hazañas de Robin Hood hasta las odiseas espaciales, todos aquellos mundos lejanos en el tiempo y el espacio me parecían fascinantes en contraste con la grisura de la realidad contemporánea. Si de mayor me quejara por vivir en tiempos convulsos estaría traicionando al niño que fui. Vamos. A tope.