Mas apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente, que esta España brava y plena de yangüeses se ha quedado sin Quixote. A lo cual sin endechas esta “España Invertebrada” va a remolque de lo que pechia a tal, es decir, de una sociedad, cosida por la política, que ya no se enjabelga con Rocinante, sino con la deuda pública, el déficit, el hambre y la luz de las velas en que ancianas a la final salen ardiendo. Veo yo tamaña injusticia que esta Brava España se haya quedado sin el ingenioso hidalgo, pues en el Quixote es donde se percuta la inmortalidad de un pueblo, el nacionalismo como piadoso cielo, el patriotismo como ferida curada con ungüentos. Que España ha dejado de ser inmortal y en horamaza brujulea en obispos, aristócratas, empresarios y diputadillos de las instituciones donde putidoncellas acabronan el actual estado de La Mancha, que ya es Castilla y el sur del norte o el norte del sur. Nos hemos quedado, mientras quien espera el alba, sin quijotismo y por estos andurriales ya no se narran las historias de Grisóstomo y Marcela, muerto aquél por culpa de la belleza de una pastora, según nos cuenta Cervantes, de cuyo cuarto centenario de su muerte aquí no hay quien recupere la pluma de ave con que se escribió “El ingenioso hidalgo don Quixote”. España se ha quedado sin bastimento.
Y dígome esto porque esta nación o país o tierra o polvo enamorado ha defenestrado el ardid del idealismo y el romanticismo, características propias del hijo de Cervantes literario. Todo en España es demasiado realista y sanchopancista, por lo que me repugna la idea de no conocer a ciencia dada cuál va a ser la revolución de los caballeros andantes que deshaga agravios, censure entuertos o clame por el bien de la pobreza maldiciendo a estos delincuentes de Gürtel o del NO-DO que supone ver, al son de la pianola, los juzgados plenos de investigaciones contra fraudes y ínsulas comisionadas al 3% mas políticos que deberían ser espadados por Amadises o por Tirantes el Blanco. Que España ya no es Palafoxes, ni siquiera Nuzas, ni Gurreas de Aragón, ni Guzmanes de Castillas, ni tampoco enhoramala Meneses de Portugal. A los cabreros no les interesa en lo más mínimo Dulcinea del Toboso, espejismo de las virtudes españolas en donde hallarse y encontrarse más allá de la gentilidad -esto es, del paganismo-.
España se ha quedado sin quijotismo y ya puede volver Ortega a escriturar sus “Meditaciones del Quijote”, que es lo que ahora y todavía yo también estoy meditando. Esta brava España no sabe de aventuras afortunadas ni de buen yantar o de refocilarse con un secarral inmortal que ya es la propia tierra española. Existe demasiada corrección en tanto en cuanto a las informaciones y politiquerías y Cristóbal Montoro y todos los ejemplos de esta España contemporánea que ya sólo sirve para que los seis pastores vistan con pellicos negros, coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa, que ya son el duelo y el desamor. España no se ama a sí misma como se amaba nuestro Quixote, perdido el seso pero sexualmente y literariamente símbolo de una nación que ha solicitado asilo y siesta en la más abyecta pérdida de toda su Historia en un pis. Levantemos de nuevo a Quixote y abracemos la esperanza de que algún día esta brava España se disperse, entre céfiro y jodiendas fermosas, en los fuertes fechos. Pues desde hace una década Celtiberia va de mano en mano sin ser armada caballero con la consecuencia cortesana de dilatarse por muchas y diversas partes del mundo. Sin Quixote, España sólo es el suicidio de Crisóstomo.