El Camp Nou acoge este sábado el primer enfrentamiento entre los colosos del fútbol español del curso en un contexto y encuadre particulares. Los capitalinos se relamen en la cima de la clasificación, con seis puntos más que su enemigo ancestral -es decir, con dos partidos de distancia-, circunstancia que condimenta con pimienta azteca la motivación de catalanes y madrileños, pues unos, los locales, se ven acuciados por el precipicio que significaría asumir la crisis que viene asomando y los otros, los visitantes, atisban un horizonte más que despejado, de asaltar el altar culé, para centrarse en la jurisdicción continental e intercontinental que le presenta diciembre. Por si resultara insulso el mero hecho de pugnar por cada balón dividido con la némesis paradigmática, hasta el desaliento, se entrecruzan, además, inercias más o menos inteligibles y corroboradas con la realidad. Este 4-D se confirma, por tanto, como la fiscalización del punto de cocción de los clubes más ricos y pomposos que se desempeñan en este deporte. Ante la mirada de cientos de millones de pares de ojos.
Luis Enrique, que ha moldeado su tono arisco, de factura defensiva, a última hora, dirige un transatlántico que ya ha repudiado 12 puntos desde que arrancada el actual ejercicio en agosto. Y lo hace, a estas alturas todo son hipótesis con el Clásico como báscula, entre la radicalización de su variante personalista, que incluyó al aterrizar en Can Barça, o un impasse de desconcierto marcado por la concatenación de bajas. El camino al que conducen ambas posibilidades es el hecho consumado, visibilizado en Anoeta y el Pizjuán con especial ardor: el centro del campo se torna en anécdota y la verticalidad se impone como registro al juego de toque. La clave de la fórmula legendaria de asociación perpetua, la medular del sistema, yace, en intervalos cada vez más asiduos, intrascendente, arrinconando el fuego lento por el balón al espacio. Y que la calidad individual improvise y determine el resultado. La fluida coordinación entre líneas, relajada en fase defensiva (por eso encaja el Barça tanto en estático como a la contra) y que trazaba sinfonías con Xavi en el verde, no acaba de engrasarse, a pesar de la incorporación de los laterales en cada posesión.

Todo ello, añadido a la distancia entre la nuez del esquema y el tridente, se traduce en la pérdida del control del partido. Del dictado del compás sobre el que se baila. Y esa era la mayor ventaja competitiva del Barcelona. Lucho quiso (y consiguió) enriquecer el modelo añadiendo presión y revoluciones tras robo, deshaciendo la obligatoriedad de pasar por la horizontalidad estética del tiqui-taca. Y le cayó el triplete en su estreno. Pero, dos años más tarde, la ilustre terna no se implica tanto cuando toca ajustar el repliegue, los interiores (Rakitic, Andre Gomes, Arda o Denis) no suman soltura y conexión a las circulaciones, y los automatismos en ambas fases figuran oxidados para abandonar a Busquets a su suerte en cada imprecisión. Sólo el descenso de metros de Messi, renovado mediapunta, y la amenaza que supone descuidar a Neymar en mano a mano con el lateral rival de turno se yerguen como soluciones. El colapso de los pasillos centrales y la brava intensidad que le han presentado algunos contrincantes han provocado que el Barça desdeñara su identidad monopolística del tempo, dominadora del devenir, para britanizarse. Los balones con objetivo Luis Suárez para que el charrúa genere, con su delicioso cuerpeo, segundas jugadas y los movimientos de juego directo hacia La Pulga o Ney, en los costados, iniciados con simpleza desde la cueva (Piqué es protagonista), relatan tendencias hacia el robo y salida convertidas en costumbre. Es esta la radicalización mencionada.
Pero el técnico asturiano maneja un as de efecto fuera de pronóstico: Iniesta regresa tras seis semanas de ausencia. El manchego se destacó, en esta temporada, como demiurgo del juego combinativo entre líneas al que se mira con nostalgia en la Ciudad Condal. Es probable que juegue y que esté fuera de ritmo, pero su presencia podría desanudar las teorías de desfragmentación sobre las que zozobra el Barça en las últimas citas. Su inclusión estácapacitada para sellar la distancia entre líneas y fraguar, con más aplomo, la olvidada reclamación sobre la exclusividad del esférico. Pero también está en potestad de acelerar las transiciones y horadar, aún más, las ruinas del fútbol propositivo ortodoxo que encumbró a los barceloneses en el pasado lustro. El tipo de uso de tan exquisita influencia corresponde a la decisión del técnico. Entetanto, Umtiti podría sentar a Mascherano y Sergi Roberto volvería a asumir la alternativa ante el peor de los marcajes, el de la dupla Marcelo-Ronaldo. Sin ayudas, en ambas trincheras, hay argumentos sobrados para que el espectador se regocije y los técnicos se tiren de la cabellera. En cualquier caso, a este lado del ajedrez parece hierático el 4-3-3.
Enfrente tendrá el Barça, además, una prueba física y de compromiso. Porque la visita del Real Madrid supone una guerra de guerrillas desde el prisma anatómico, a pesar de la baja nuclear de Gareth Bale (su presencia complicaría aún más el esfuerzo para suturar la espalda del ecuador local). Este apartado, el del fuelle, ejerce como nexo entre ambos contendientes, como también lo hace el del control de los partidos. Ambos equipos sobreviven a una trayectoria guadianesca, aunque uno esté a punto de registrar la mejor racha de partidos invicto en la historia de la entidad y el otro trate de uniformar de catarsis esta recepción del líder liguero.

El Real Madrid padece también, aunque no en similar proporción (pero lo hace, he ahí lo extraño del rotundo favoritismo cacareado desde algunas mesas de analistas), la irregularidad e inconsistencia en su aproximación al dominio de los encuentros. Casemiro, que retorna a la convocatoria a punto, podría ser de la partida como pegamento de magnetismo indudable en el déficit del apartado recién expuesto, pero, como el astro de Fuentealbilla, quizá esté fuera de eje para afrontar la exigencia mental y física del certamen. Los merengues siguen el galope de la estadística, pero no de las sensaciones. Porque su certeza en cuanto a la efectividad (ya sea en vuelo o a balón parado) es simétrica con la facilidad con la que cede metros, la pelota, los vatios y cada pulgada de electricidad competitiva en apagones que le cuestan, de momento, sólo sustos. Los fantasmas tradicionales, esos que saludan cuando los delanteros y los interiores no son rigurosos y solidarios con sus laterales, siguen frescos y vigentes, por eso Zidane recurrirá, presumiblemente, al 4-4-2 que solidifica la ilusión y hambre de Lucas Vázquez. Como el Barça, el Madrid descarrila de cuando en cuando y se entrega a combates de ida y vuelta anárquicos, partido tácticamente, en los que puede salir cara muchas veces. Pero en el Camp Nou y contra un faraón necesitado de reconciliarsecon el sabor de la gloria, no convendría, siquiera, lanzar la moneda al aire. Cualquier torsión táctica lejana del peso en el centro del campo sería muy aventurada.
En la Ribera del Manzanares quedó constancia del buen momento asimilable a la elástica madridista en los grandes escenarios. El último derbi liguero en el Calderón asistió a un ejercicio de aplomo coral exponencial (si se analizan los cursos precedentes), con Kovacic e Isco resplandecientes en sus atribuciones. Sin fisuras en la atención al equilibrio, el Madrid propuso e impuso su paleta (en estático y al contragolpe, como su oponente de este sábado), con un aroma a jerarquía y personalidad que ahonda en la decisión directiva de no convulsionar la lista nominal de un vestuario ganador y apostar por la continuidad. Pero todo lo que ha rodeado a ese chispazo de fútbol colectivo es silvestre, sufrido, por más que los puntos hayan llegado al redil de tres en tres. Modric volverá a verse conducido a efectuar un número de escapismo distributivo como faro referencial del juego capitalino, con Benzema empujado a buscar huecos en la mediapunta y Ronaldo urgido a rendir arriba y abajo. Ramos apunta a titular, como única modificación con respecto al recuerdo, ya lejano, del derbi. Y Marcelo y Carvajal se distinguen decisivos en la argucia de la búsqueda de las superioridades exteriores, cruciales, en los dos lados del campo.
La acumulación de minutos y el desarrollo de la trama decidirá si se trata de un debate por la posesión o, más bien, una confrontación de estilos. Si el cauce discurre hacia un soliloquio inocuo o una charla entre dos dandis con similar atractivo (en combinación o en transición, según demande la escena) en la que ya ninguno mira por encima del hombro. La vigencia de la enciclopédica dictadura teórica del dominio del centro del campo o su moderno rebate nihilista de colectivos atléticos. El caso es que las dudas estilísticas y de ejecución que rodean al Barcelona presentan al aficionado un plato más interesante de lo esperado, para ser otoño todavía. Al fin y al cabo, amén de las tripas del guión, se cruzarán los dos candidatos al Balón de Oro, la mayor amalgama de calidad técnica concebible en la actualidad en un partido de clubes, las cuentas pendientes latentes que alzarán los grados de la mezcla y el futuro y presente de buena parte de los exponentes de cada posición. El aliciente de lo antagónico de las inercias (más engañoso de lo que rigen los guarismos) y el advenimiento de un socavón precoz en esta liga redondean un menú que volverá a ralentizar, hasta parar, el giro del planeta. LaLiga expondrá al mundo su mejor ejemplar. Inversores, acólitos o simples simpatizantes, sírvanse un pedazo de lo poco que no ha deglutido la modernización del balompié: la genuina rivalidad.
Onces probables:
Barcelona: Stegen; Alba, Umtiti/Mascherano, Piqué, Sergi Roberto; Iniesta /Andre Gomes, Busquets, Rakitic; Messi, Suárez y Neymar.
Real Madrid: Navas; Marcelo, Ramos, Varane, Carvajal; Isco, Casemiro/Kovacic, Modric, Lucas Vázquez; Benzema y Ronaldo.