El primer libro que compré al llegar a Londres fue La ética protestante y el espíritu del capitalismo, del sociólogo alemán Max Weber. Quería comprender en qué momento, del horizonte de la antigua ciudad medieval, los campanarios de iglesias y conventos fueron reemplazados por chimeneas y rascacielos. La “modernidad”, de acuerdo con Weber, no se produjo por sí misma con los inventos industriales ni con los descubrimientos o las ganancias mercantiles. La cultura moderna no es sino la lucha contra la cultura eclesiástica, que abandonó al hombre a una soledad espiritual y a una confusa superioridad bélica, cuyo punto más crítico provocó las dos guerras mundiales del siglo pasado. Una teología diluida nos ha inyectado una fe en el progreso. Ya no sabemos dónde está lo razonable, si en las plazas comerciales o en los templos de peregrinación, si en las universidades secularizadas o en el misterio de las apariciones marianas.
El año entrante –2017– se cumple el quinto centenario de la publicación de Las 95 tesis de Lutero, clavadas en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. Desde entonces, el contagio luterano suprimió en varios puntos de la cristiandad el culto de la Virgen María. Los pueblos germanos y anglosajones, secularizados de Roma, se sintieron escogidos por Dios –sin ninguna mediación– para expandirse hacia Norteamérica y fundar los “Estados puritanos de América”. Ya no tuvieron centro sino rumbo. Hay pueblos en Texas y California de los cuales se ha borrado toda plaza central. Están sobre la carretera –on the road.
El 12 de diciembre de 1531, catorce años después del cisma luterano, se selló un pacto que contrarió todas las tesis del monje alemán. Al flanquear las faldas del Tepeyac, un pequeño cerro situado al norte de Ciudad de México, el indio Juan Diego oyó entre los matorrales una voz sagrada: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No soy yo por ventura vida y salud? La misteriosa aparición invitó a Juan Diego subir a la cumbre del cerro, donde halló rosas multicolores que cortó y recogió en una manta. Al desenvolverla frente al Obispo Fray Juan de Zumárraga –reticente a reconocer el milagro–, de la manta se regaron todas las rosas y se dibujó en su tela el retrato en colores de la Virgen morena. Casi quinientos años después el cerro del Tepeyac, sede de la Basílica de Guadalupe, compite con el Vaticano entre los más visitados por la cristiandad.
Visité la Basílica por primera vez en compañía de un profesor que había vuelto a la verdadera fe. Al subir a la cumbre del cerro, mirando hacia el sur de la megalópolis mexicana, el campus de la principal universidad (la UNAM) se adivinaba envuelto entre el smog. “Aquí está la razón”, me dijo el profesor. “Allá, la sinrazón”. Cada vez presiento que su frase guarda mucho de verdad. La Ilustración y la Academia, en general, carecen de misterio. Se rigen por el totalitarismo de la “razón”. El misterio de la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego, en cambio, sigue alimentado la imaginación y la fe de cantidad de humildes y eruditos (ambas palabras deberían ser sinónimos).
Los pueblos contagiados del cisma protestante, como Inglaterra y Estados Unidos, necesitan aislarse.